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La razón más profunda de por qué comía en exceso

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02/01/2023 | por Rajel Shoshana

Nunca sospeché que la comida no era la raíz de mi problema.

La primera vez que recuerdo haber tenido un atracón de comida fue en sexto grado. Después de la escuela, fui a casa de mi amiga Susan, quien metió al horno un paquete de galletitas con manteca. Nos comimos todo el paquete de galletitas calientes antes de que su mamá llegara.

Luego la pubertad trajo olas de inseguridad respecto a los cambios de mi cuerpo. No era la única. Mis amigas de mi edad también estaban obsesionadas con su imagen corporal, haciendo dietas y tratando de encajar socialmente. Logré mantener mi peso bajo control hasta la universidad, cuando finalmente estaba sola y tenía absoluto control sobre mis alimentos, ya sea llenando el mini refrigerador de mi habitación o comiendo en la cafetería.

Más adelante, a los 20 y tantos años, estaba atascada en lo que mi hermano llamaba el 'Triángulo de las Bermudas'. Con sobrepeso y deprimida, pasaba de mi habitación, al refrigerador y al sillón, comiendo sin pensar, para anestesiar el dolor emocional, decenas de donuts, cajas de galletas y litros de helado.

En algún momento durante esa década confusa, me postulé para ser miembro de Mensa, la sociedad de alto coeficiente intelectual, y pasé los requerimientos de entrada. ¿Esto fue un acto de ego o de baja autoestima? Probablemente ambas cosas, pero ahora era oficialmente inteligente.

Toda esa aguda materia gris no podía ayudarme a sentirme mejor, dejar de comer en exceso y perder peso. Mis años de intentos fracasados incluyeron ayunos de jugos, acupuntura en las orejas, píldoras de dieta, terapia, grupos de apoyo, ejercicio excesivo e innumerables dietas que incluían sopa de col, bananas, pomelo y altas proteínas. Si era tan inteligente, ¿cómo no lograba descubrir la forma de salir de esto? ¡Quizás si tan sólo encontrara la dieta adecuada! Aún creía en mis propios recursos. Sin embargo, no tenía idea de cómo enfrentar mis problemas.

La comida nunca fue el problema

No sabía que la comida no era la raíz de mi problema. Irónicamente, logré darme cuenta de esto ocurrió gracias a una cena de acción de gracias de nuestra agencia local de hermano/hermana mayor. Me di cuenta que otra hermana mayor había perdido mucho peso (45 kilos para ser exactos) desde el año anterior y le pregunté como lo había logrado. Kathy me contó que  OA (comedores compulsivos anónimos) había cambiado su vida.

Intrigada, escéptica y nerviosa, entré a mi primera reunión de OA en enero de 1986.

Me gustaría poder recordar lo que sentía. Sólo sabía que no tenía poder sobre la comida y quería recuperarme. OA me señaló que hay un Poder Superior, pero no lo definió por mí. El mayor regalo de haber asistido a un programa de los 12 pasos fue encontrar mi propio Poder Superior, que no sabía que me faltaba. Como una joven mujer profesional asimilada, yo nunca pensaba en Dios.

Llenar el vacío interior

Fue una oportunidad de buscar un Poder Superior de acuerdo con mi propio entendimiento. Los pasos sugieren entregar nuestra voluntad y nuestras vidas en las manos de Dios, tal como lo entendamos. ¿Cómo iba a hacer eso? No tenía ninguna pista en mi banco de memorias de la escuela judía de los domingos, que incluía temas aburridos como historia del judaísmo e Israel. No podía imaginar a los miembros de mi tribu hablando de cosas como Dios y rezar.

Entonces, ¿a quién acudí pidiendo ayuda? A los bondadosos cristianos sureños que, sin avergonzarse ni pedir disculpas, hablan de estos temas. Mis exploraciones incluso me llevaron a un curso cristiano no confesional, de estudio de la Biblia sobre el Génesis, en donde simplemente me desconectaba cada vez que aparecía el nombre de Jesús. A fin de cuentas, no buscaba convertirme, sólo descubrir.

Pero al año siguiente, el estudio bíblico se centró en el Nuevo Testamento y ya no lo podía ignorar. Así que dejé el curso. Mientras tanto, como siempre amé el estudio, decidí ver si la sinagoga de mi juventud ofrecía cursos de educación para adultos. Habían pasado muchos años desde que había cruzado por ese umbral.

Hasta el día de hoy me siento profundamente agradecida por el rabino que encontré. Era joven, brillante, cálido y cercano. Le importaba profundamente Dios, el judaísmo, los judíos e Israel. Mientras daba clases en la biblioteca de la sinagoga, mi mente se esforzaba para seguirle el ritmo. Sus palabras y pasión entraron en mi corazón.

Para mi sorpresa, comencé a desear más conexión y comencé a asistir a los servicios. Pronto estaba disfrutando de un Séder de Pésaj con el Rabino y su familia. Luego me quedé despierta toda la noche de Shavuot, estudiando Torá en el sótano de su casa con otros buscadores.

Estaba llenando mi vacío interno no con comida, sino con cimientos basados en mi Poder Superior, el Dios de mi tradición. El impulso de comer en exceso era una señal para prestar atención a algo en mí misma, ya fuera un miedo, resentimiento u otro sentimiento que intentaba esconder. Los 12 pasos me ayudaron a enfrentar esos sentimientos. Esos pensamientos de comida y antojos también señalaban una necesidad de salir de mí misma y conectarme con otras personas y con Dios.

El judaísmo me brindó una abundancia de alimento para mi alma. Mi exploración judía es interminable, sigue informando mi vida hoy en día. A menudo pienso: “No sabía que nuestra tradición tenía esto”.

El sinuoso camino de vuelta a casa

El viaje que comenzó hace 36 años ha incluido una fuerte conexión con mi tradición, muchos viajes a Israel y una doble ciudadanía. Mi yo de 20 y tantos años y 22 kilos más de peso, nunca se hubiera imaginado esta dirección.

Estoy agradecida de que mis problemas alimenticios y la desesperación me llevaran de regreso a casa. No podría haberlo hecho sola. El plan Divino fue brillante.



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