La razón por la que algunos judíos de Europa Oriental sobrevivieron a la guerra

28/01/2026

6 min de lectura

En el verano de 1941, el régimen soviético deportó a decenas de miles de ciudadanos lituanos a campos de trabajo helados e inhóspitos. Irónicamente, eso fue lo que permitió que algunos judíos de Europa Oriental sobrevivieran a la guerra.

A Mordejai y Iaakov Perlov les tomó casi tres días excavar una tumba doble en la tierra congelada. Los hermanos habían regresado del campo maderero en lo profundo del bosque, donde trabajaban como esclavos, y encontraron a sus padres, Leib y Malka, muertos en la cama. Ambos habían fallecido por agotamiento y hambre. Entre ellos, aún con vida, se encontraba su hermana de siete años, Tova.

Unos meses antes, comenzando el 14 de julio de 1941, decenas de miles de ciudadanos lituanos fueron arrestados por las fuerzas soviéticas ocupantes y deportados a diversos gulags distantes dentro de la Unión Soviética. Entre ellos había intelectuales, empresarios, maestros y exfuncionarios del estado. La supuesta razón de su deportación era que eran "enemigos del estado" que debían ser "reeducados". Esa "reeducación" consistía en trabajar como esclavos para el imperio soviético, que buscaba desarrollar las vastas y despobladas regiones del norte y este de Rusia.

Los judíos no fueron deportados específicamente por su identidad, pero representaron una alta proporción de los arrestados y enviados al exilio, en la mayoría de los casos sin volver jamás a ver sus hogares. Entre ellos estaba la familia Perlov, junto con el hermano de Leib, Lázer, su esposa y sus dos hijos. Leib y Lázer eran socios en un próspero negocio de madera y molienda de harina en la ciudad de Raseiniai (en ídish, ‘Rasein’). Se cree que uno o más de sus empleados, por rencores personales, los denunciaron como “explotadores capitalistas”.

Leib y Malka Perlov, con sus hijos menores Iaakov y Tova.

Familias enteras fueron deportadas, otorgándoles sólo una hora para empacar pertenencias que no excedieran los 100 kilos y comida suficiente para un mes de viaje. Todo lo demás fue confiscado y sus casas saqueadas. Luego fueron cargados en vagones de ganado y transportados a campos de trabajo en zonas tan remotas e inhóspitas que escapar era prácticamente imposible.

Los Perlov fueron enviados a Ust-Lokchim, un asentamiento rudimentario convertido en campo de trabajo esclavo en una de las repúblicas constituyentes de la URSS, la República Komi. Ubicada al oeste de los Montes Urales y parcialmente dentro del Círculo Polar Ártico, era una región vasta y casi deshabitada, donde las temperaturas oscilaban entre cero y -50 °C durante seis meses al año. No había infraestructura ni servicios básicos, y el 85% del terreno estaba cubierto por bosques y pantanos. Se estima que alrededor de un millón de personas fueron forzadas a trabajar allí durante la era soviética, en minas, yacimientos petrolíferos y otros proyectos de desarrollo.

En Ust-Lokchim había una amplia mezcla étnica, incluyendo unas 50 familias judías. Al llegar, todos los mayores de 15 años eran enviados directamente a trabajar talando árboles y transportando balsas de troncos por el río Vychegda hacia los puertos de Kotlas y la capital Komi, Syktyvkar. Mordejai Perlov, aunque aún no tenía 15 años, fue incluido en este grupo. Su hermano Iaakov, que tenía 11 años al llegar, comenzó a trabajar en cuanto pudo para recibir los 200 gramos extra de pan diarios. La jornada comenzaba alrededor de las 4 de la madrugada. Tras 12 o 13 horas de agotadora labor (en verano entre nubes de mosquitos y en invierno bajo temperaturas bajo cero), las personas hacían fila por su pan, que devoraban al instante para evitar que se lo robaran, y se iban a dormir de inmediato.

Troncos flotando por el río en la República Komi. La imagen proviene de las memorias (Israel, 2004) de otro residente judío de Rasein, Moshé David Jayat, quien, al igual que los Perlov, fue deportado a Ust-Lokchim como trabajador esclavo.

En Ust-Lokchim no había atención médica y pocos de los deportados tenían experiencia con trabajos físicos. Como resultado, en uno o dos meses, especialmente los ancianos comenzaron a morir de desnutrición, enfermedades y agotamiento. Entre las víctimas de las condiciones extremas se encontraban Leib y Malka Perlov, así como el hermano de Leib, Lázer.

Cerca del momento en que murieron sus padres, Mordejai recibió una carta de un amigo, Itzjak Ziv, que había logrado escapar de Ust-Lokchim hacia Syktyvkar. Él le urgía que intentara unirse a él. Esto significaba un angustioso viaje a pie, sin comida ni refugio y con el peligro constante de ser capturado, pero Mordejai decidió arriesgarse. En ese momento, Iaakov estaba a varios días de camino más adentro del bosque.

Mordejai fue acompañado en su intento de fuga por dos amigos polacos no judíos: Arthur Pilsudski y un tal Pakalchuk. El padre de Arthur era primo del renombrado mariscal Józef Piłsudski, ex primer ministro de Polonia y célebre luchador por la independencia polaca. Sería una conexión útil. Los tres viajaron hacia el sur, refugiándose en graneros cuando no podían seguir y obteniendo comida como podían. Por su aspecto pequeño y desnutrido, parecían niños y quienes los veían creían que eran de algún otro asentamiento. Tras dos días y noches, llegaron a Syktyvkar. Afortunadamente, dos familias judías que habían evitado los campos los acogieron. Junto con Itzjak, comenzaron un curso para operar y mantener calderas en una escuela técnica rusa.

En 1944, cuando el rumbo de la guerra empezó a cambiar, la URSS y Polonia firmaron un acuerdo para repatriar prisioneros polacos. Los cuatro jóvenes se presentaron en el consulado polaco (Pilsudski y Pakalchuk habían dado a Mordejai e Itzjak un curso acelerado de polaco básico para hacerse pasar por polacos). Gracias a la conexión con el mariscal Piłsudski, lograron alojarse en el consulado, donde trabajaron como empleados organizando ayuda para ciudadanos polacos repatriados. También recibieron ropa, comida y alojamiento, y obtuvieron ingresos adicionales vendiendo en el mercado negro.

Con su situación mejorada, Mordejai pudo contratar a un hombre con una lancha motorizada para traer a sus hermanos desde Ust-Lokchim a Syktyvkar. Sólo Tova llegó, ya que Iaakov seguía trabajando en el bosque. El reencuentro fue breve: las actividades del consulado estaban terminando y Mordejai y sus amigos serían trasladados a Ucrania. Mordejai tomó entonces la dolorosa decisión de colocar a su hermana en un orfanato local para niños polacos, prometiéndole encontrarla tras la guerra.

Itzjak Ziv (izquierda), Tova y Mordejai, Alemania, 1946.

Poco después, él, Itzjak, Pilsudski y Pakalchuk fueron trasladados a un sovkhos (una granja estatal) de remolacha entre Kursk y Vorónezh. Allí vivieron y trabajaron durante 18 meses, hasta que, mucho después del fin de la guerra, finalmente fueron “repatriados”, llegando a Łódź, Polonia, con otros exiliados. Unos dos meses más tarde, Tova fue enviada a un orfanato local. Al enterarse de su paradero, Mordejai, junto con Itzjak y un compatriota de Raseiniai llamado Abke, entraron al edificio una noche y la sacaron.

Mordejai pasó varios años en el naciente estado de Israel, sirviendo entre otras cosas como oficial en la Guerra de Independencia de 1948. Luego se estableció en Sudáfrica, donde fue un empresario exitoso y formó una familia. Tova se instaló permanentemente en Israel. La vida de Iaakov tomó un rumbo completamente distinto. Él permaneció en Ust-Lokchim y se casó con una mujer nativa de Komi, con quien tuvo diez hijos. Los tres hermanos Perlov se reencontraron finalmente en 1991, tras la caída de la Unión Soviética. Con el tiempo, Iaakov y varios de sus hijos (su esposa ya había fallecido), también se trasladaron a Israel, donde Iaakov pasó sus últimos años.

Iaakov, Tova y Mordejai Perlov, Israel, 2006

Las deportaciones de junio de 1941 fueron sólo una de las innumerables atrocidades cometidas por el régimen soviético durante la era estalinista. Irónicamente, también fueron la razón por la que algunos judíos de Europa Oriental sobrevivieron a la guerra. El 22 de junio de 1941, apenas una semana después de que comenzaran las redadas soviéticas, Hitler lanzó la Operación Barbarroja, la invasión masiva de la URSS. En los meses siguientes, se calcula que el 85% de los judíos de Lituania fueron sistemáticamente masacrados por los invasores alemanes y sus colaboradores lituanos, y cuatro de cada cinco de los que quedaron correrían la misma suerte en los años siguientes.

Un día después de la invasión alemana, la ciudad natal de los Perlov fue capturada, y en los dos meses siguientes casi todos sus residentes judíos (unos 2.000) fueron aniquilados. Si la familia Perlov hubiera seguido allí, es improbable que alguno hubiese sobrevivido. El trato bárbaro del régimen soviético que los arrancó por la fuerza de sus hogares los colocó, sin saberlo, a una distancia segura de las fábricas de muerte nazis.

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