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La responsabilidad del líder

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Haazinu (Deuteronomio 32 )

por Rav Jonathan Sacks

Cuando las palabras cobran alas, se transforman en un cántico. Eso fue lo que pasó aquí, en Haazinu, cuando Moshé, al ver frente a él al Ángel de la Muerte, se preparó para despedirse de su vida. Nunca antes habló con tanta pasión. Su lenguaje es vívido, incluso violento. Él quiso que sus últimas palabras nunca fueran olvidadas. En un sentido, él estuvo articulando esa verdad durante cuarenta años, pero nunca antes lo hizo con tanta emoción. Esto es lo que dijo:

Oigan, oh cielos, y hablaré,

Y que la Tierra escuche las expresiones de mi boca…

La Roca, Sus actos son perfectos,

Pues todos sus caminos son justicia.

Un Dios confiable y sin iniquidad,

Justo y recto es Él.

Él no es corrupto; la deficiencia es de Sus hijos,

una generación perversa y retorcida.

¿Así le pagan a Dios,

Pueblo vil y carente de sabiduría?

¿Acaso no es Él tu Pare, tu Amo?

Él te creó y te ha establecido. (Deuteronomio 32:1-6)

No culpes a Dios cuando las cosas marchen mal. Eso es lo que Moshé sintió con tanta pasión. Él dijo: no creas que Dios está aquí para servirnos. Nosotros estamos aquí para servirle a Él y a través de Él ser una bendición para el mundo. Dios es recto; nosotros somos complejos y engañosos. Dios no está para aliviar nuestra responsabilidad. Dios nos convoca a asumir la responsabilidad.

Con estas palabras, Moshé da un cierre al drama que comenzó con Adam y Javá en el Jardín del Edén. Cuando ellos pecaron, Adam culpó a la mujer y la mujer culpó a la serpiente. Así fue cuando Dios comenzó la creación, y sigue siendo igual en el siglo veintiuno del calendario secular.

La historia de la humanidad fue en gran medida una lucha por escapar de la responsabilidad. Los culpables fueron cambiando. Sólo permaneció la sensación de ser una víctima. No fuimos nosotros. Fueron los políticos. O los medios de comunicación. O los banqueros. O nuestros genes. O nuestros padres. O el sistema, ya sea capitalismo, comunismo o cualquier cosa intermedia. Pero sobre todo, es la culpa de otros, de quienes no son como nosotros, los infieles, los hijos de Satán, los hijos de la oscuridad, los que no fueron redimidos. Los perpetradores del peor crimen contra la humanidad en toda la historia estaban convencidos de que ellos no eran responsables. Solo "obedecían órdenes". Cuando todo lo demás falle, culpa a Dios. Y si no crees en Dios, culpa al pueblo que cree en Él. Ser humano es buscar cómo escapar de la responsabilidad.

Eso es lo que diferencia al judaísmo. Eso es lo que lleva a que algunas personas admiren a los judíos y a que otros los odien. Porque el judaísmo es la convocatoria de Dios hacia la responsabilidad humana. De este llamado, no puedes ocultarte, tal como lo descubrieron Adam y Javá cuando lo intentaron, y como lo descubrió Ioná cuando se encontró en el vientre de la ballena.

Lo que Moshé dijo en este cántico de despedida puede ser parafraseado de esta manera: "Amado pueblo, los he guiado durante cuarenta años, y mi tiempo está llegando a su fin. Durante el último mes, desde que comencé con estos discursos, estos devarim, he tratado de decirles las cosas más importantes de su pasado y de su futuro. Les suplico que no las olviden.

"Sus padres fueron esclavos. Dios los sacó a la libertad. Pero esa era una libertad negativa, jofesh. Esto significa que no había nadie para darles órdenes. Esta clase de libertad no es intrascendente, porque su ausencia sabe a pan sin levadura y hierbas amargas. Cómelos una vez al año para que nunca olvides de dónde vienes y Quién te sacó de allí.

"Pero no pienses que sólo el jofesh puede mantener una sociedad libre. Cuando todos son libres para hacer lo que desean, el resultado es anarquía y no libertad. Una sociedad libre requiere jerut, la libertad positiva que llega sólo cuando las personas internalizan los hábitos de autocontrol para que mi libertad no se logre a costa de la tuya ni la tuya a costa de la mía.

"Por eso les he enseñado todas estas leyes, juicios y estatutos. No son reglas arbitrarias. Ninguna de ellas existe sólo porque a Dios le gusta dar leyes. Dios dio leyes a las mismas estructuras de la materia, leyes que generaron un universo vasto, maravilloso, casi insondable. Si Dios sólo estuviera interesado en dar leyes, Él se hubiera limitado a las cosas que obedecen esas leyes, es decir, a la materia sin mente y a las formas de vida que no conocen la libertad.

"Las leyes que Dios me dio y yo les di a ustedes no existen para el bien de Dios, sino para el nuestro. Dios nos dio la libertad, la cosa más rara, valiosa e insondable de todas, fuera de la vida misma. Pero con la libertad viene la responsabilidad. Esto significa que debemos correr el riesgo de actuar. Dios nos dio la Tierra, pero tenemos que conquistarla. Diuos nos dio los campos, pero debemos ararlos, sembrarlos y cosecharlos. Dios nos dio cuerpos, pero debemos cuidarlos y sanarlos. Dios es nuestro Padre; Él nos creó y nos estableció. Pero los padres no pueden vivir la vida de sus hijos. Sólo pueden instruirles cómo vivir.

"Por lo tanto, cuando las cosas marchen mal, no culpen a Dios. Él no es corrupto, nosotros lo somos. Él es recto; nosotros somos los que a veces somos complicados y retorcidos".

Esta es la ética de la responsabilidad de la Torá. Nunca se le ha otorgado una estimación más elevada a la condición humana. Nunca fue confiada una vocación superior a criaturas mortales de carne y hueso.

El judaísmo no ve al ser humano como irremediablemente corrupto, machado por el pecado original, incapaz de hacer el bien sin la gracia de Dios, tal como ocurre con otras religiones. Esa es una forma de fe, pero no es la nuestra. Tampoco vemos la religión como una cuestión de sumisión ciega a la voluntad de Dios. También eso es una forma de fe, pero no la nuestra.

No vemos a los seres humanos como los veían los paganos, como juguetes de dioses caprichosos. Tampoco los vemos como algunos científicos, como mera materia, la forma en que un gen produce otro gen, una colección de sustancias químicas movidas por impulsos eléctricos en el cerebro, sin ninguna dignidad ni santidad especial, habitantes temporales en un universo sin sentido que cobró existencia sin ninguna razón y que un día, también sin ninguna razón, dejará de existir.

Nosotros creemos que fuimos creados a imagen de Dios, libres tal como Él es libre, creativos tal como Él es creativo. Existimos en una escala infinitamente más pequeña y más limitada, pero seguimos siendo el único punto en toda la expansión del espacio en donde el universo cobra conciencia de sí mismo, la única forma de vida capaz de dar forma a su propio destino; con la posibilidad de elegir, por lo tanto ser libre y responsable. El judaísmo es la convocatoria Divina a la responsabilidad.

Esto implica que no debes verte a ti mismo como una víctima. No creas, como creían los griegos, que el destino es ciego e inexorable, que una vez que nuestro destino fue revelado por el oráculo de Delfos, ya fue sellado desde antes de que naciéramos; que como Layo y Edipo tenemos fijado un destino, por mucho que intentemos escapar de sus ataduras. Esta es una visión trágica de la condición humana. En cierta medida es la visión que compartieron Spinoza, Marx y Freud, el gran triunvirato de judíos con ascendencia judía que rechazaron el judaísmo y todas sus obras.

En cambio, tal como Viktor Frankl, sobreviviente de Auschwitz, y Aharon T. Beck ,cofundador de la terapia cognitiva conductual, nosotros creemos que no estamos definidos por lo que nos sucede, sino por cómo respondemos a lo que nos sucede. Eso mismo está determinado por cómo interpretamos lo que nos sucede. Si cambiamos la forma en que pensamos, lo cual podemos hacer gracias a la plasticidad cerebral, entonces podemos cambiar la forma en que sentimos y actuamos. El destino nunca es definitivo. Puede haber un mal decreto, pero la penitencia, la plegaria y la caridad pueden evitarlo. Y lo que no podemos lograr solos, podemos hacerlo juntos, porque creemos que "no es bueno que el hombre esté solo" (Génesis 2:18).

Así fue que los judíos desarrollaron una moralidad de la culpa en lugar de lo que tenían los griegos, una moralidad de la vergüenza. Una moral de la culpa distingue claramente entre la persona y el acto, entre el pecador y el pecado. Debido a que no estamos completamente definidos por lo que hacemos, hay en nosotros un núcleo que permanece intacto: "Dios mío, el alma que me diste es pura". Sin importar cuál error hayamos cometido, podemos arrepentirnos y ser perdonados. Esto crea un lenguaje de esperanza, la única fuerza lo suficientemente fuerte como para derrotar una cultura de desesperación.

Ese poder de la esperanza, que nace cada vez que el amor y el perdón de Dios dan lugar a la libertad y la responsabilidad humana, es lo que ha hecho del judaísmo la fuerza moral que siempre ha sido para aquellos que tienen abiertas sus mentes y sus corazones. Pero con una pasión que todavía nos quema, Moshé dijo que esa esperanza no surge de la nada. Tiene que ser trabajada y ganada. La única forma de lograrlo es no culpar a Dios. Él no es corrupto. El defecto está en nosotros, Sus hijos. Si buscamos un mundo mejor, debemos construirlos. Dios nos enseña, nos inspira, nos perdona cuando fracasamos y nos ayuda a levantarnos cuando caemos, pero nosotros debemos hacerlo. Lo que nos transforma no es lo que Dios hace por nosotros, sino lo que nosotros hacemos para Dios.

Los primeros seres humanos perdieron el paraíso cuando trataron de evadir la responsabilidad. Sólo lo recuperaremos si aceptamos al responsabilidad y nos convertimos en una nación de líderes, cada uno respetando y haciendo lugar para aquellos que no son iguales a nosotros. A la gente no le agradan las personas que les recuerdan su responsabilidad. Esa es una de las razones (obviamente no la única), de la judeofobia a lo largo de los siglos. Pero no estamos definidos por aquellos a quienes no les gustamos. Ser judío implica estar definido por Aquél que nos ama.

El misterio más profundo no es nuestra fe en Dios, sino la fe que Dios tiene en nosotros. Que esa fe nos sostenga mientras escuchamos el llamado de la responsabilidad y corremos el riesgo de sanar algunas de las heridas innecesarias de un mundo herido, pero aún así, maravilloso.




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