La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


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Antes de la emancipación de los judíos de Francia, muchos defensores de la igualdad de derechos se presentaban como amigos de los judíos mientras promovían activamente la eventual eliminación de todo lo judío.
En 1775, un grupo de judíos de la ciudad francesa de Thionville, en Metz, demandó a la administración local y a sus gremios de comerciantes por negarles el derecho a establecer una imprenta. En ese momento, los judíos franceses enfrentaban muchas restricciones para ganarse la vida, pero pensaban argumentar en el tribunal que un decreto real del 20 de agosto de 1767, que permitía tanto a extranjeros como a ciudadanos franceses establecer ciertos negocios, también debía aplicarse a ellos. Para representar su causa, los judíos contrataron a un abogado no judío, Pierre-Louis Lacretelle.
Lacretelle, en efecto, abogó por los judíos. Sin embargo, un examen más detenido de su argumento muestra que no lo motivaba el amor por los judíos, sino el deseo de que desaparecieran como nación a través de la asimilación.
En el tribunal, Lacretelle admitió abiertamente que él creía que los judíos engañaban en sus negocios y daban préstamos usureros. Sin embargo, culpaba a la persecución cristiana y a las restricciones comerciales de los “vicios” económicos de los judíos.
Él propuso la siguiente solución:(1) “Abramos nuestras ciudades para ellos; permitámosles expandirse por nuestra tierra; tratémoslos, si no como compatriotas, al menos como hombres”. Además, Lacretelle abogaba por una legislación que impidiera a los judíos participar en el préstamo de dinero: “Forcémoslos a cambiar, así como nosotros cambiamos su condición”.(2)
Lacretelle afirmaba que una vez que se concedieran a los judíos oportunidades igualitarias, también “adoptarían nuestras costumbres y nuestras leyes, y se colocarían de buen grado bajo nuestro feliz yugo”.(3) Más aún, en gratitud por las oportunidades recibidas, Lacretelle anhelaba “el cumplimiento de las esperanzas que aún los separan de nuestra religión”.(4) En otras palabras: la conversión de los judíos al cristianismo.
El profesor Maurice Samuels, director del departamento de francés de la Universidad de Yale, en su libro El derecho a la diferencia: el universalismo francés y los judíos, distingue entre distintos tipos de asimilación: económica, política, cultural y religiosa. Él resume de esta manera la postura de Lacretelle:
Lacretelle exige la asimilación económica de los judíos y recomienda medidas legales para ‘forzar’ a los judíos a cambiar sus prácticas comerciales. Él espera una asimilación cultural… y política… pero no las exige. Finalmente, espera una asimilación religiosa —que los judíos algún día se conviertan al cristianismo— pero coloca esta posibilidad en un futuro lejano y la considera completamente voluntaria por parte de los judíos: eventualmente podrían convertirse por gratitud al buen trato.
Lacretelle sólo ofrecía su amistad con la condición de que los judíos se asimilaran, al menos en cierta medida. En ese sentido, no era muy diferente de los misioneros cristianos que se hacen amigos de los judíos con el fin de “salvarlos”.
El profesor Samuels escribe:(5) “En la súplica de Lacretelle a favor de los judíos de Metz, encontramos la esencia de la ideología de la regeneración, que ofrece derechos a los judíos pero exige —o espera— a cambio la asimilación”.
Pierre-Louis Lacretelle
El concepto de “regeneración” (reformar a los judíos para hacerlos aptos para la ciudadanía francesa) ganó popularidad en las décadas siguientes. Siguió siendo tema de debate público incluso durante el reinado de Napoleón. Aunque no todos los partidarios de la emancipación esperaban que los judíos se convirtieran al cristianismo, muchos deseaban verlos asimilados en alguna medida.
En 1777, un escándalo público atrajo la atención hacia los judíos. François Hell, un juez en Alsacia, Francia, admitió haber falsificado recibos para los campesinos locales, alegando que quien poseía el recibo había pagado su deuda a un judío cuando en realidad la deuda seguía sin saldarse.
Aunque los judíos de Alsacia eran las víctimas, fueron puestos a la defensiva cuando Hell publicó un panfleto antisemita titulado Observaciones de un alsaciano sobre el asunto actual de los judíos de Alsacia, avivando los sentimientos antisemitas.
Un comerciante judío con dos clientes, aprox. 1700, por Jan van Grevenbroeck. (Museo Correr, Venecia, Italia, Bridgeman Images).
Un historiador y escritor alemán, Christian Wilhelm Dohm, salió en defensa de los judíos. Su libro Sobre la mejora civil de los judíos abogaba por la igualdad de derechos para los judíos. Originalmente escrito en alemán, se tradujo al francés en 1782.
Supuestamente siendo un defensor de los judíos, Dohm expresó sentimientos muy negativos hacia ellos. El profesor Samuels resume la visión de Dohm:(6)
Al igual que Lacretelle, Dohm subraya las cualidades negativas de los judíos, su atraso económico y su aislamiento social… Dohm veía a los judíos como un lastre económico porque no producían nada. Los caracterizaba como una nación de intermediarios cuyas prácticas usureras drenaban la riqueza de los agricultores y artesanos honestos. Este atraso económico, además, tenía un efecto negativo sobre su carácter moral y les impedía desarrollar un sentido de deber cívico…
Dohm culpaba a la opresión cristiana a lo largo de los siglos del estado degradado de los judíos, describiendo cómo habían sido forzados a desempeñar el papel de prestamistas e intermediarios al ser excluidos de otras profesiones más productivas.
La solución propuesta por Dohm era eliminar las restricciones y permitir a los judíos poseer tierras y participar en los gremios. Samuels concluye:(7) “Esta nueva libertad, esperaba, mejoraría la moralidad de los judíos y fomentaría un sentido de solidaridad con los no judíos. Su objetivo era la ‘mejora cívica’, que es otra forma de decir regeneración".
Significativamente, a diferencia de Lacretelle, Dohm no esperaba que eventualmente los judíos se convirtieran al cristianismo. Las reformas que proponía eran puramente en el área política y económica.
Christian Wilhelm Dohm
En agosto de 1789, la revolucionaria Asamblea Nacional Constituyente proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, afirmando:(8) “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden basarse en el bien común”.
Sin embargo, los judíos pronto descubrieron que los derechos igualitarios proclamados no se aplicaban a ellos. De inmediato presentaron peticiones ante la Asamblea. Esta estableció un comité para considerar su situación.
Uno de los defensores más vocales de la igualdad de derechos para los judíos fue el abate Henri Jean-Baptiste Grégoire. Dos años antes, él había sido uno de los tres ganadores de un concurso de ensayos patrocinado por la Academia de Metz sobre el tema ¿Hay una forma de hacer a los judíos más útiles y felices en Francia?
En su ensayo ganador, además de defender los derechos igualitarios, Grégoire pedía explícitamente la asimilación y conversión de los judíos:(9)
La libertad religiosa completa otorgada a los judíos será un gran paso hacia su reforma y, me atrevo a afirmar, hacia su conversión; pues la verdad nunca persuade tanto como cuando se presenta vestida de dulzura… Al alentar a los judíos, ellos adoptarán insensiblemente nuestra forma de pensar y actuar, nuestras leyes, costumbres y modales.
Sin embargo, en su Moción a favor de los judíos presentada ante la Asamblea Constituyente, Grégoire relajó sus exigencias, ya no vinculando diferencias religiosas, como las leyes dietéticas judías, con los derechos políticos: “Y además, ¿qué importa esa diferencia dietética para la tranquilidad política?”(10) Incluso admite que, a pesar de sus “vicios”, los judíos “también presentan razones para ser elogiados”.(11)
Un debate especialmente acalorado tuvo lugar en diciembre de 1789. Otro defensor de la igualdad de derechos para los judíos, Stanislas Marie Adélaïde, conde de Clermont-Tonnerre, pronunció el famoso Discurso sobre las minorías religiosas y las profesiones dudosas.
Decreto proclamando la emancipación de los judíos. Musée d'art et d'histoire du Judaïsme, Wikimedia Commons
Aunque como sus predecesores, Clermont-Tonnerre critica a los judíos por los préstamos con interés, culpa de esto a las leyes restrictivas y proclama:(12) “Démosles tierras y una patria y dejarán de prestar dinero: esa es la solución”.
Él continúa con la nueva tendencia de dejar de ver las diferencias religiosas y culturales como un obstáculo para la ciudadanía francesa. Si bien critica a los judíos por ser una nación aparte, admite que sus elecciones de con quién compartir la mesa o con quién casarse no violan las leyes francesas.
Sin embargo, Clermont-Tonnerre se opone firmemente al autogobierno judío:(13) “A los judíos como nación, nada; a los judíos como individuos, todo… Sus jueces no deben ser reconocidos, sólo deben tener los nuestros; no debe haber protección legal para el mantenimiento de las llamadas leyes de su corporación judaica; no debe haber ningún cuerpo político ni orden dentro del estado; deben ser ciudadanos individualmente”.
Otro defensor de la igualdad de derechos de los judíos fue Maximilien Robespierre, el célebre revolucionario francés. Aunque él, como los demás, culpa a la persecución de los “vicios” judíos, la idea de regeneración no forma parte de su argumento. Para él, conceder igualdad de derechos a los judíos es simplemente lo justo: “Creo que no podemos privar a ningún individuo… de los sagrados derechos que le otorga el título de hombre”.(14)
El profesor Samuels sostiene que la Revolución Francesa fue un punto de inflexión en el debate sobre el estatus legal de los judíos. La revolución cambió el enfoque del debate de los judíos en sí, a la definición de lo que era un ciudadano francés y quién podía calificar como tal.
Pero este cambio de enfoque no significó el fin de la discriminación contra los judíos. La mayoría de los participantes del debate de diciembre de 1789 se opusieron a otorgar derechos civiles a los judíos.
Los debates continuaron en los años siguientes, mientras la idea de que los judíos se convirtieran en ciudadanos con iguales derechos impregnaba el ambiente revolucionario. Finalmente, justo antes de que se disolviera la Asamblea Constituyente, se emitió el decreto de emancipación para los judíos en septiembre de 1791.
Postal con una antigua sinagoga en Thionville, Metz, Francia.
Los judíos finalmente se convirtieron en ciudadanos franceses, pero continuaron siendo blanco de la retórica antisemita. La “cuestión judía” estaba lejos de haber sido resuelta cuando Napoleón la reavivó 15 años más tarde.
Si Napoleón fue amigo o enemigo de los judíos ha sido tema de debate entre los historiadores, pero algo es claro: no todos los que afirmaron abogar por los judíos resultaron ser aliados dignos de confianza.
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