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La sabiduría de Taylor Swift

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25/12/2013 | por Emuna Braverman

Me pregunto, ¿qué pensarán mis hijos?

Todos tenemos esos momentos, esas elecciones en nuestros años de adolescencia o al principio de los 20 que nos gustaría deshacer. Algunos de nosotros fuimos afortunados y las consecuencias no fueron tan severas. Otros fueron menos afortunados. Pensamos que éramos inmortales. Pensamos que nada importa más que el aquí y el ahora. Pensamos que éramos rebeldes y que nuestros gustos y valores nunca cambiarían. Creíamos que nuestros padres eran anticuados y sobreprotectores. El futuro parecía tan lejano.

Pensé en eso el otro día cuando me encontré con una cita de la famosa cantante de 22 años, Taylor Swift. Mientras que los detalles de su (hasta ahora fracasada) vida amorosa parecen adornar constantemente las portadas de las revistas sensacionalistas y de celebridades, ella parece haber evitado algunos de los excesos de sus pares. ¿Cuál es su secreto? "Quiero ser una madre algún día, lo cual gobierna mis decisiones… me pregunto a mí misma: ¿Qué pensarán mis hijos cuando lean sobre lo que hice a esta edad?".

Brillante. Que gran herramienta. Puede aplicar a cualquier cosa, y realmente da perspectiva. Incluso si nuestros hijos no leen sobre nosotros en Internet, incluso si no somos noticia de primera plana, el ejemplo aún sirve. Ellos preguntarán sobre nuestras vidas. Ellos tendrán curiosidad por nuestras elecciones.

¿Qué pensarán mis hijos? Esta es una pregunta que uno puede hacerse en cualquier etapa de la vida. Podemos hacerla, como lo hizo la Srta. Swift, en anticipación al futuro. Podemos hacerla cuando nuestros hijos son jóvenes, (especialmente) cuando son adolescentes, e incluso cuando son adultos que se fueron de casa. Ellos aún están observando. Nos ayuda a estimar cuán apropiada es nuestra conducta, a mantenernos en línea.

Por supuesto, el mayor control sobre nuestras acciones debería ser el conocimiento de que Dios ve y sabe todo. Como dice el Talmud: "Reflexiona sobre tres cosas y no caerás en las garras del pecado. Ten claro lo que está por sobre tuyo: un ojo que ve, un oído que escucha, y un libro en el cual todos tus actos son registrados" (Avot 2:1).

Pero a veces eso es demasiado difícil, demasiado abstracto. Pensar en nuestros hijos es más tangible. Nos mantiene en la realidad. Nos mantiene con los pies en la tierra.

¿Quiero que mi hija me vea gritándole a la vendedora por su incompetencia? ¿Quiero que mi hijo presencie cómo yo miento sobre nuestras edades para conseguir boletos más baratos? ¿Quiero que mi hija imite mis malos hábitos alimenticios y mi obsesión con la apariencia física? ¿Quiero que mi hijo conduzca a toda velocidad como lo hago yo cuando las calles parecen vacías? ¿Me gustaría ver a mi hija dándole órdenes a su esposo de la forma en que yo le doy órdenes al mío? (Estos son sólo ejemplos, ¡no revelaciones personales!). ¿Quiero que mi hijo abuse de sus subordinados de la forma en que su padre lo hace en la oficina? ¿Quiero que mi hija use faldas cortas y apretadas? Entienden la idea.

Los ejemplos pueden ir de lo trivial a lo extremo. ¿Quiero que mis hijos ayuden en la casa? ¿Quiero que ellos traten al mesero con cortesía, a la señora de la limpieza con bondad? ¿Quiero que ellos den de su tiempo y de sus recursos financieros a otros? ¿Quiero que ellos se abstengan de utilizar lenguaje vulgar? ¿Quiero que ellos tengan una idea de su potencial y un impulso y deseo por alcanzarlo?

No puedo forzarlos a nada. No puedo obligarlos a ser buenos. No puedo manipular su conducta. Pero puedo cuidar la mía. Puedo intentar modelar las cualidades que me gustaría que ellos emulen. Puedo alentarlos a ejercitar autocontrol, a detenerse y pensar antes de actuar. Y puedo sugerirles que sigan otra máxima de Pirkei Avot: un hombre sabio es aquel que prevé las consecuencias de sus acciones. Una persona sabia reconoce que los tatuajes de una joven de 21 años (u otros ejemplos) no serán dignos de una madre y mujer de negocios de 40. Una persona sabia piensa sobre cómo sus acciones afectarán no solamente su futuro propio sino también al futuro de aquellos que ama, su familia actual y su futura familia cuando sea apropiado.

Una persona sabia se detiene para decir, ¿qué pensarán mis hijos?




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