¿Encontraron realmente el Arca de Noé?


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Sucot nos recuerda que la verdadera seguridad no se encuentra en el ladrillo y la piedra, sino en la presencia protectora de Dios.
Cada otoño, cuando llega la época de la cosecha y el mundo se prepara para el invierno, sucede algo extraordinario en las comunidades judías de todo el mundo: las familias abandonan sus hogares seguros y se mudan a refugios temporales hechos de ramas y hojas. Parece el peor momento posible: cambiar los techos sólidos por el cielo abierto justo cuando el clima comienza a volverse más severo. ¿Qué sabiduría impulsa esta práctica aparentemente extraña?
La respuesta transforma nuestra comprensión de la protección, la abundancia y nuestra relación con lo Divino.
Desentrañemos esta fascinante tradición y preparémonos para Sucot, la festividad conocida como “el tiempo de nuestra alegría”.
Durante milenios, la supervivencia humana dependió de la agricultura. La época de la cosecha, que coincide con Sucot, brindaba una sensación tangible de abundancia. Imagina la satisfacción y el confort de un agricultor que recoge montañas de trigo y canastos llenos de frutas y verduras. Hoy carecemos de esa conexión directa con los ciclos de la tierra, sin embargo, nos sentimos aún más protegidos en nuestros hogares climatizados, con lujos disponibles cuando los necesitamos. Fortalecemos nuestras casas, aumentamos nuestros ahorros y nos decimos que estamos preparados para cualquier cosa.
Pero este confort conlleva un peligro oculto: la ilusión de que controlamos nuestro destino, de que nuestras paredes y nuestra riqueza pueden protegernos de la imprevisibilidad de la vida.
Sin embargo, basta echar un vistazo a la historia mundial, particularmente a la historia judía, para encontrarnos con una verdad incómoda pero innegable: ningún refugio físico garantiza realmente nuestra protección. Una y otra vez, las comunidades judías alcanzaron posiciones de prosperidad, solo para enfrentarse a una expulsión repentina y a la pérdida total de sus bienes materiales. Estudia la historia de casi cualquier país europeo y verás el mismo argumento: prosperidad judía seguida de exilio, un ciclo que se ha repetido durante los últimos dos milenios.
Si no podemos encontrar protección y alegría duraderas en nuestros hogares y posesiones, ¿dónde podemos encontrarlas?
En la sucá.
¿Qué? ¿En una cabaña hecha de material vegetal desechado?
Sí. De acuerdo con el Talmud,(1) nuestras sucot conmemoran las Nubes de Gloria que protegieron al Pueblo Judío durante sus 40 años de travesía por el desierto. Quizás te preguntes: “¿Nubes... como protección? ¿Eso es lo mejor que Dios podía hacer?”. Pero ese es precisamente el punto. La protección no proviene de la nube; proviene de Dios. Estas nubes etéreas servían como un recordatorio diario de que la supervivencia del pueblo no dependía de fortificaciones físicas, sino de la providencia divina. Y lo mismo ocurre con nuestras sucot.
El Zóhar llama a la sombra de la sucá “La Sombra de la Fe”. En el judaísmo, la fe no significa aceptación ciega. Emuná se traduce como “confianza” o “dependencia”: dar el salto de vivir de acuerdo con una verdad que has comprobado mediante la razón y la experiencia.(2) Al habitar durante siete días en una sucá completamente vulnerable, interiorizamos la verdad de que nada en este mundo puede realmente garantizar nuestra protección, nuestro bienestar y nuestra felicidad. Ni nuestro hogar, ni nuestro sistema de alarma, ni nuestro gobierno, nada. Nuestra seguridad proviene de una única fuente: Dios. Como dice el rey David en los Salmos: “Si Dios no protege la ciudad, en vano vigilan sus guardianes” (Salmos 127:1).
Abandonamos el confort para habitar en una cabaña cubierta de hojas, completamente expuestos a los elementos, viviendo la realidad de una confianza absoluta en Aquel que está Arriba.
Como todas las mitzvot, habitar en una sucá transforma la comprensión intelectual en una experiencia vivida mediante acciones concretas. Abandonamos el confort para habitar en una cabaña cubierta de hojas, completamente expuestos a los elementos, viviendo la realidad de una confianza absoluta en Aquel que está Arriba.
Una última idea para llevarnos a casa: la Torá nos ordena pasar los siete días de Sucot en un estado constante de alegría. ¿Qué tiene que ver la alegría con sentarse en una sucá?
La respuesta es que no existe una alegría mayor que vivir con verdadera emuná. Si conoces a una de esas pocas personas que viven con una confianza sincera en Dios, serás testigo de una serenidad extraordinaria. Las crisis no las devastan; la incertidumbre no las paraliza. Han descubierto el secreto supremo de la vida: descansar en manos infinitamente más capaces que las propias.
Esa es la realidad con la que intentamos conectarnos al habitar en una sucá durante siete días. Durante esos siete días, vivimos bajo la “Sombra de nuestra Fe” y, en la medida en que confiamos en Dios y sentimos Su abrazo amoroso, experimentamos una sensación equivalente de alegría y paz interior.(3)
Y digo “abrazo” literalmente.
Una sucá kasher requiere, como mínimo, dos paredes completas y una tercera pared de un palmo de ancho. Extiende tu brazo hacia afuera y luego dóblalo como si abrazaras a un amigo. ¿Qué ves? Brazo superior, antebrazo y mano = dos lados completos y un palmo. Por eso el Arizal enseña que una sucá es, literalmente, un abrazo de Dios.
Este Sucot, anota las tres mayores fuentes de estrés de tu vida: presiones económicas, preocupaciones de salud, conflictos en las relaciones, lo que sea que te mantenga despierto por la noche. Luego, mientras estás sentado bajo el frágil techo de tu sucá, entrega conscientemente cada preocupación a Dios, diciendo: “Pongo esto en Tus manos”. Después, dedica unos minutos simplemente a sentir qué significa confiar en Su protección divina en lugar de depender únicamente de tus propios esfuerzos. Cuando inevitablemente vuelvas a preocuparte por estos asuntos durante la semana, practica nuevamente entregárselos a Dios.
Que este Sucot te dé el valor de confiar en tu fe, de abandonar la falsa seguridad de tu hogar y descubrir la profunda serenidad que surge de habitar en el abrazo Divino.
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