La solución virtual para las relaciones

28/04/2026

4 min de lectura

Nuestro teléfono se ha convertido en nuestro escape habitual para luchar con la frustración, la soledad, el aburrimiento, la insatisfacción o la agitación general. Somos como esos ratones que aprietan una palanca una y otra vez, ignorando nuestras verdaderas necesidades.

¿Qué impulso es más fuerte: el placer o el hambre?

Muchas personas responden que el hambre, porque señala una necesidad biológica vital.

Pero consideremos este famoso experimento: a unos ratones se les colocó un electrodo en el centro de placer del cerebro, que liberaba dopamina al presionar una palanca. Los ratones empezaron a presionar repetidamente la palanca. Se volvieron adictos al placer, ignorando necesidades básicas como comer y beber.

¿Con qué frecuencia actuamos como esos roedores, buscando una dosis de placer e ignorando lo que realmente necesitamos? ¿Y por qué sentimos tanto impulso de hacerlo?

Quizá podemos encontrar respuestas en el libro Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, en el que las personas afrontan una realidad distópica tomando una droga llamada soma, que las mantiene calmadas y distraídas de la fealdad del mundo que las rodea. Este libro, escrito hace 90 años, fue lo suficientemente visionario como para prever un mundo muy similar al actual, lleno de excesos, descontento y alienación. ¿Qué le queda a una persona sino escapar estimulando los centros de placer del cerebro?

Nuestro mundo moderno ha superado con creces al soma de Huxley. Ya no necesitamos una droga química para alcanzar el placer. Ahora viene de algo que todos llevamos en el bolsillo: nuestro teléfono. A menudo, lo usamos para escapar de la frustración, la soledad, el aburrimiento, la depresión, la insatisfacción, la impotencia o la agitación general.

Si nos hace sentir mejor, ¿qué tiene de malo?

El problema aparece cuando nos convertimos en esos ratones proverbiales, que aprietan la palanca una y otra vez e ignoran sus verdaderas necesidades.

Lo que se suponía que sería un refugio se ha convertido en una trampa.

Antes de los teléfonos móviles, si nos sentíamos solos, quizás nos arreglábamos para salir y pasar tiempo con amigos. Si estábamos agitados, salíamos a caminar rápido para liberar estrés. Si nos sentíamos impotentes, podíamos ofrecer nuestro tiempo a un partido político para intentar generar un cambio, o reunirnos con amigos para hablar sobre lo que está mal en el mundo y cómo mejorarlo. Teníamos que hacer un esfuerzo y actuar. Y era en esa acción donde experimentábamos la retroalimentación positiva que nos brindaba placer y satisfacción.

Ahora, simplemente podemos sentarnos en el sofá y desplazarnos por TikTok o Instagram para desconectarnos del mundo.
Lo que debía ser un refugio se ha convertido en una trampa.

La trampa de la pornografía

Una de las trampas más preocupantes es la pornografía. La persona que busca pornografía intenta obtener placer sin esfuerzo ni acción en el mundo real. Pero esto termina por convertir un impulso natural y saludable en su propia ruina. La pornografía engaña a la mente y al cuerpo del espectador haciéndole creer que está teniendo un encuentro íntimo y placentero con alguien, cuando en realidad están completamente solo.

Quienes buscan el placer de la pornografía están apretando esa palanca del placer mientras que simultáneamente se privan emocionalmente de las experiencias significativas que necesitan para sentirse verdaderamente plenos.

No sorprende que muchas personas atrapadas en este tipo de adicción se sientan insatisfechas, vacías, frustradas y enojadas. Necesitan algo más que imágenes gráficas; necesitan a alguien con quien interactuar, alguien con quien hablar.

Con la llegada de la inteligencia artificial, ahora pueden obtener eso sintéticamente. O eso es lo que piensan.

Quienes no se atreven a salir y buscar relaciones reales, pueden encontrar el reconocimiento, la respuesta y la conversación que buscan en su nuevo “amigo” de IA.

Lo trágico es que todos estos supuestos “atajos” contra la soledad y la insatisfacción alejan aún más a las personas de lo que realmente necesitan: una conexión genuina.

Sed de conexión

El libro de los Proverbios enseña: “Tal como el rostro se refleja en el agua, así el corazón del hombre en el de su prójimo”. Sin una conexión profunda con otro ser humano real, nunca podemos vernos ni conocernos verdaderamente. ¡Eso sí que genera insatisfacción y frustración! En el circuito unilateral de placer de las relaciones sintéticas, nos vemos privados de oportunidades para ayudar a otro, de experimentar el crecimiento espiritual que sólo surge del encuentro con otro ser humano real, y de influirnos mutuamente de una manera que nos haga mejores a nosotros y al mundo.

Los miembros de la Generación Z, que crecieron con teléfonos móviles, son especialmente vulnerables a caer en esta trampa de relaciones falsas. El amigo o amante simulado en línea los priva de las experiencias que los convierten en seres humanos más plenos, individuos que forman parte de una sociedad y tienen responsabilidad hacia los demás. Estos jóvenes también son privados del placer más profundo: percibir la necesidad real de otro, reconocerlo como una persona separada y trabajar sobre los conflictos para descubrir un nivel superior de solidaridad con alguien.

La IA es demasiado educada, incluso molesta por eso. Prefiero tratar con una persona real que pueda resistirse y oponerse a mí porque tiene necesidades reales. Eso me recuerda que el mundo no gira sólo en torno a mí, lo cual es el primer paso para convertirse en una persona madura y generosa.

El antídoto para la creciente angustia del mundo virtual es buscar espacios en el mundo real que brinden experiencias significativas de conexión genuina, cuidado y esperanza. Estas experiencias pueden incluir ayudar a alguien necesitado, disfrutar de la belleza del mundo pasando tiempo en la naturaleza y aprender sobre nosotros mismos a través de la sabiduría eterna del judaísmo. Si buscamos oportunidades para hacer sonreír a otro, lo más probable es que también terminemos sonriendo nosotros.

El mundo está lleno de oportunidades para aprender, conectarse y crecer, así como de personas que nos necesitan tanto como nosotros las necesitamos a ellas. Dejemos el teléfono a un lado y experimentemos la verdadera alegría de vivir.

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