La "vaca" de cristal

12/10/2025

4 min de lectura

Sucot y la lección del deseo.

Hace poco, mientras limpiaba la casa, levanté un cuenco de cristal que contenía frutas de acrílico transparente. El cuenco necesitaba desempolvarse y la fruta un buen lavado. Había estado allí, una mota inadvertida en el entramado de mi vida, acumulando polvo durante bastante tiempo. No había pensado en él en años, aunque ocupaba un lugar destacado en la mesa de café de la sala familiar. De repente, el recuerdo de cómo lo había adquirido y la importancia que asumió en su momento me golpearon con una claridad estremecedora.

Era a finales de los setenta. Mi esposo hacía su residencia en pediatría en Birmingham, Alabama, y con un hijo y otro en camino apenas teníamos dinero para pagar las cuentas, mucho menos para cosas no esenciales. Pero nuestros amigos trabajaban y podían permitirse cosas que nosotros no. Un almuerzo de tres dólares era un lujo, ni hablar de cualquier otra cosa. Aun así, yo tenía deseos y, al recordarlo me entristece y avergüenza decirlo, sentía la presión de ser igual a la comunidad en la que vivíamos.

Había una tienda llamada “El Dande’lion”. Era elegante y cara, con aire perfumado y exhibiciones majestuosas de sofás mullidos, marcos dorados y arreglos magníficos que me resultaban tan inaccesibles como un viaje a Australia. De vez en cuando miraba sus vidrieras, hasta que finalmente su atractivo me atrajo hacia adentro. “Solo miro”, repetía con añoranza a los ya familiares empleados. Y lo que siempre miraba con anhelo era el cuenco de cristal, que irracionalmente parecía estar a mi alcance.

No era un cuenco común. Tenía asas altas y curvas en cada extremo, y ondas profundamente grabadas en el cuerpo. Me parecía hermoso. Cada visita a la tienda era siempre para ver ese cuenco y la fruta que lo llenaba. Empecé a planear. Si ahorraba dinero de cumpleaños y de Janucá, en sólo seis meses podría comprar el cuenco y la deliciosa pero incomible fruta de plástico. A un precio extravagante por un cuenco de cristal y unas piezas de plástico moldeado, era prácticamente una fortuna gastada en una frivolidad innecesaria. Pero yo tenía que tenerlo.

El deseo crea un anhelo insaciable, un monstruo cuyo vientre nunca puede llenarse.

Cuando por fin el cuenco estuvo en mi casa, lleno de su contenido transparente, di un paso atrás para admirarlo, muy satisfecha con la adquisición. Lo coloqué en un sitio visible esperando la aprobación de mi esposo, que no tenía idea del sacrificio económico que nos había costado. Con una mirada casual, “Mmmm, me parece un toro de cuernos largos”, la pieza que tanto anhelaba, por la que ahorré, que había codiciado con una pasión antinatural, se convirtió en una vaca ante mis ojos. Todavía me parece eso: una vaca de cristal con cuernos largos, llena de fruta inútil y falsa.

Mi esposo no quiso lastimarme. Sin conocer ni interesarle la diferencia entre Sears y Neiman-Marcus, él no podía haber imaginado cuánto yo amaba ese cuenco.

Han pasado muchos años desde el episodio del toro, y he templado mis deseos y crecido con la experiencia. Aprendí a distinguir entre los verbos “querer” y “necesitar”. También aprendí que el deseo engendra deseo, y que una vez adquirido, todo lo nuevo pierde su brillo y cae en el olvido polvoriento. Las joyas se vuelven viejas, abriendo paso a nuevas joyas: más grandes, mejores, más brillantes, más impresionantes, más competitivas que las anteriores. En última instancia, el deseo crea un anhelo insaciable, un monstruo cuyo vientre nunca puede llenarse.

“El que ama la plata no se saciará de plata” (Eclesiastés 5:9). ¿Cuántas veces hemos comprado algo sólo para reemplazarlo a los pocos años por otra cosa? ¿Y acaso esas cosas han sido realmente fuente de más felicidad?

Nuestro mundo se consume en la ostentación y la extravagancia. Particularmente ahora, mientras nos preparamos para la llegada de la festividad de Sucot, conviene recordar las palabras de Ética de los Padres: “Cuantos más bienes, más preocupaciones…”

Durante una semana crucial intentamos aflojar nuestro apego a las posesiones materiales y depositar completamente nuestra confianza en Dios. A medida que el mundo inicia su viaje estacional de los vibrantes tonos veraniegos hacia el follaje desnudo e inerte del invierno, experimentamos la máxima bondad y protección de Dios. Afuera, en cabañas frágiles y sin techo, expuestos al frío gélido o al calor implacable, tenemos una oportunidad casi incomparable de experimentar la presencia de Dios. Durante esta semana de intensa conexión, nos sometemos a Su voluntad, sublimamos la idea equivocada de que controlamos nuestras vidas y reconocemos que todo lo que somos y todo lo que tenemos (nuestra salud, nuestras posesiones, nuestras familias y relaciones, nuestra propia vida) es sólo por Él.

Luego el techo de la sucá se retira sin ceremonias, las paredes se desmontan, y todo se guarda para otro año, para otra oportunidad de estar con Dios. Las hojas, en sus distintas etapas de gloriosa descomposición, llenan el patio, avanzando hacia el precipicio del invierno. Y yo, vacilante, giro la perilla de la puerta y vuelvo a entrar en el reino de sofás mullidos, marcos dorados y magníficos arreglos, mientras me aferro a los recuerdos de transformación personal en la sucá.

Las cosas que compro, por muy hermosas que sean, nunca me darán un paso hacia la eternidad.

Allí, en mi hogar, yace la vaca de cristal, en su lugar permanente sobre la mesa, y me desafío a mí misma a mantener firme la lección de la sucá. Me fortalezco reconociendo que adquirir cosas es un placer transitorio, que me llena de satisfacción temporal y de falsa seguridad. Y me quedo con la realización irrefutable de que las cosas que compro, por muy hermosas que sean, nunca me darán un paso hacia la eternidad. Por el contrario, el retiro deliberado al espacio de lo espiritual, al lugar de la acción a través de mitzvot, de la bondad y del estudio de la Torá crea una conexión sublime y celestial con el Creador. La conciencia de que estas son la verdadera razón de mi existencia se convierte en un gran motor, mientras que la ornamentación decorativa de mi vaca de cristal, tan importante y absorbente en otro momento, ahora no es más que el adorno ligero y superficial de un mundo externo.

Toda el bien logrado en este mundo, todo el amor y placer entregados a otros, y en última instancia todo intento exitoso de relacionarse con Dios, reside en nuestra disposición a rendir nuestra voluntad corporal a la Suya, eterna e inmutable. Cuando todo esté dicho y hecho, nunca se escribirá en la lápida de nadie: “Llevaba un diamante de nueve quilates”. En cambio, sí podrían escribir que ella fue un diamante de nueve quilates.


Escrito en memoria de un “diamante de nueve quilates”, la Dra. Sadell Sloan, Sara bat Iehoshúa, inigualable e inolvidable, en conmemoración de su iortzait, 21 de Elul.

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