Argentina sabía que Josef Mengele se ocultaba en Buenos Aires


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Tememos los misiles y las turbas, pero pasamos por alto la crisis silenciosa que amenaza nuestro futuro. La apatía está llevándose a más judíos que cualquier enemigo externo.
No temo a Irán, Hamás, Hezbolá ni a los círculos de maldad que rodean a la nación judía.
Tampoco tengo miedo de los manifestantes abiertamente antisemitas que marchan con veneno en los labios. Dios ha prometido que el pueblo de Israel vivirá para siempre. Esta es una promesa sagrada. Nuestra supervivencia desafía la lógica humana, como hemos presenciado recientemente con los increíbles milagros que tuvieron lugar ante nuestros ojos.
Hay una amenaza diferente que temo pone en peligro nuestro futuro, un peligro que proviene desde adentro.
Hoy estamos perdiendo más judíos por apatía que por persecución. Esta es la generación del “judío que se desconecta”. Nacidos en la fe de Abraham pero ignorantes del significado del judaísmo, en gran parte sin culpa propia, muchos judíos están abandonando su identidad judía. Algunos incluso canalizan su búsqueda de sentido dedicando sus formidables talentos a causas que perjudican al pueblo judío.
Para revertir esta tendencia, cada judío necesita estar expuesto a los tres fundamentos que nuestro patriarca Iaakov transmitió a sus hijos cuando entraron en el exilio de Egipto. Estas tres claves permiten a los judíos sobrevivir a las duras vicisitudes de la historia.
El pueblo judío fue dispersado por los cuatro rincones de la tierra, esparcido por cada nación, y sin embargo hemos permanecido como un pueblo único, aferrándonos al legado de quienes caminaron antes que nosotros, a pesar de las persecuciones, las cruzadas, la Inquisición y el Holocausto.
Las tres claves de Iaakov nos dan el secreto de nuestra supervivencia a través de los muchos exilios que hemos enfrentado.
Iaakov envió a su hijo Iehudá a Egipto antes de su llegada. La única misión de Iehudá era establecer lugares de estudio para que los niños permanecieran firmes a pesar de su entorno. La educación es la clave de la supervivencia judía.
Las escuelas hebreas han fallado a nuestra generación. No se puede descubrir la riqueza de nuestro legado como un complemento, una actividad extracurricular forzada que a nadie le gusta. La educación judía requiere tiempo y constancia.
El conocimiento es poder. Las escuelas que inspiran transmiten valores judíos, sabiduría y entendimiento. Nuestros hijos se conectan con los “porqués” de ser judío. Una generación fuerte de judíos necesita una educación fuerte y efectiva.
La Torá nos dice que Iaakov llegó a Egipto “cada hombre con su ‘bait’ – su hogar”. Un hogar es un lugar donde la familia prospera. El hogar es el aula más importante. Es el lugar donde los hijos ven la pasión cobrar vida. Ven bailar la luz de las velas de Shabat, florecer las tradiciones y brotar la esperanza de nuestra nación. Los hogares judíos fuertes enseñan más allá de las cuatro paredes que nos rodean. Una mezuzá adorna el marco de la puerta, susurrando la bienvenida a cada uno que entra. Bendecimos a nuestros hijos cada viernes por la noche. Sabemos que el mundo puede estar enloquecido, pero en casa encontramos paz. Creamos un espacio para Dios en nuestras vidas y nos conectamos con la santidad de vivir de forma más elevada con la sabiduría judía.
He hablado con demasiados padres que afligidos se preguntan cómo sus hijos han perdido el rumbo. No podemos despertar después de 15 o 20 años de judaísmo ausente y sorprendernos de que nuestros hijos sean judíos desanimados. ¿Cómo se combate una vida entera de indiferencia?
Comienza a vivir tu judaísmo ahora mismo.
La Torá enumera los nombres de los hijos de Iaakov, enseñándonos que nuestros nombres son cruciales para nuestra supervivencia. El orgullo judío, el amor por nuestro pueblo y nuestra tierra, comienza con la identidad judía. Nuestros nombres nos recuerdan que los grandes que lucharon y abrieron un camino para nosotros siempre conservaron sus nombres judíos. Tu nombre te dice quién eres.
En los primeros momentos en Auschwitz, los judíos fueron despojados de sus nombres y se les dio números para que agacharan la cabeza. No eres nada. Ni siquiera tienes un nombre.
Para triunfar, nunca debemos bajar la cabeza en autocompasión o vergüenza. Perder nuestra identidad no cura a los que gritan “Globalicen la intifada”. Es nuestra responsabilidad pasar la antorcha a la próxima generación. Solo podemos cumplir esta misión como judíos orgullosos que entienden que cada uno es un eslabón en una cadena que se remonta al Sinaí, portando nuestra visión de llenar el mundo de bondad y luz. Sin disculpas.
Ahora es el momento de reflexionar sobre cómo transmitirás estas tres claves a la próxima generación.
Tu pueblo cuenta contigo.
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Excelente artículo y totalmente histórico