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La verdadera grandeza

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Shemot (Éxodo 1:1-6:1 )

por Rav Isajar Frand

Y el rey de Egipto habló a las parteras hebreas, el nombre de una era Shifrá y el nombre de la otra era Puá. (1:15)

Cuando el faraón decretó que todos los varones que nacieran debían morir, dos heroicas parteras salvaron el día. Una se llamaba Shifrá y la otra Puá. Rashi explica que estas dos mujeres eran Iojeved, la madre de Moshé, y Miriam, su hermana. ¿Por qué entonces son llamadas Shifrá y Puá? Iojeved es llamada Shifrá porque ella meshaferet et havlad, embellecía a los bebés y suavizaba sus miembros. Miriam es llama Puá porque ella puá umedaberet livlad, arrullaba y susurraba a los bebés.

Parece extraño que los nombres especiales que la Torá les da a Iojeved y a Miriam recuerden el cuidado que le brindaban a los bebés. Estas mujeres salvaron vidas. Si no fuera por ellas, esos bebés hubieran sido asesinados. ¿No deberían haber recibido nombres que recordaran su heroico esfuerzo para salvar a los niños judíos? ¿No hubiera sido más adecuado llamarlas, por ejemplo, Hatzalá y Teshuá?

Mi Rosh Ieshivá, Rav Iaakov Itzjak Ruderman, siempre decía que la verdadera grandeza se manifiesta en las cosas pequeñas, en los actos de bajo perfil que revelan la profundidad de carácter y el compromiso. No es suficiente realizar actos heroicos para aparecer en los titulares. Personas menos elevadas también pueden brillar en un momento de heroísmo y realizar actos de grandeza. Pero se trata de una grandeza superficial, porque después de ese acto regresan a su conducta ordinaria. Se dan palmaditas en la espalda y dicen: "Muy bien, cumplí con mi obligación. Arriesgué mi vida y salvé al mundo, ahora tengo que volver a casa y seguir con mi vida". Una elevación meteórica y un descenso a tierra. Estas dos mujeres heroicas, Shifrá y Puá, salvaron niños judíos en un momento de peligro mortal; pero tuvieron la sensibilidad y la presencia mental para tomarse el tiempo de embellecer sus pequeños cuerpos y calmar sus pequeñas almas con arrullos y susurros. Esa es la verdadera grandeza.

El Talmud (Avodá Zará 18a) dice que Rabí Iosi ben Kisma enseñó Torá públicamente a pesar del decreto romano que prohibía hacerlo bajo pena de muerte. Un día fue a visitarlo Rabí Janina ben Tradión.

—¿Acaso no sabes que el Cielo les dio [a los romanos] su poder? ¿Cómo puedes ignorar sus decretos? —le preguntó Rabí Janina ben Tradión.

—Confío en la misericordia Divina —le respondió Rabí Iosi ben Kisma—. Dime, ¿tendré una porción en el Mundo Venidero?

—¿Alguna vez has hecho algo extraordinario?

—Sí, una vez tenía en mi bolsillo dinero de caridad y se mezcló con mi propio dinero. Como no sabía qué era mío y que no, di todo para caridad.

—Si es así, que mi porción sea tan grande como tu porción y que mi destino sea tan grandioso como el tuyo.

¿Cómo se entiende esta conversación? Rabí Iosi ben Kisma estaba arriesgando su vida para enseñar Torá. Si los romanos llegaban a atraparlo tendría una muerte espantosa. Sin embargo, este gran acto de heroísmo no parece garantizarle una porción en el Mundo Venidero. ¿Cuál fue el acto valioso que convenció a Rabí Janina ben Tradión de que Rabí Iosi ben Kisma se ganó una porción en el Mundo Venidero? ¡Que dio para caridad su propio dinero cuando se le mezcló con el dinero de caridad! ¡Sorprendente!

En esta Guemará vemos claramente cómo se mide la verdadera grandeza. Los actos de heroísmo dignos de aparecer en los titulares no son una prueba absoluta de la verdadera grandeza. Por otro lado, dar tu propio dinero cuando se te mezcla con dinero de caridad nunca va a llegar a los titulares. De hecho, nadie va a saberlo. Ese acto muestra realmente qué es la persona. Semejante acto sin ninguna duda es un signo de verdadera grandeza.

La bondad y la verdad

La abrió [al arca] y vio al niño, y he aquí un jovencito que lloraba. Se apiadó de él y dijo: "Este es uno de los niños hebreos". (Shemot 2:6)

Batia, la hija del faraón, bajó al río a bañarse y vio que había un arca flotando entre los juncos. Envió a sus asistentes a buscar el arca, la abrió, vio un niño llorando y dijo: "Este es uno de los niños hebreos".

¿Cómo lo supo? ¿Qué la llevó a concluir que Moshé era un niño hebreo? No fue su apariencia ni el sonido de su llanto. Simplemente fueron las condiciones en las que lo descubrió. ¿Por qué podía estar un niño flotando en el río dentro de un arca? Debía ser que sus padres trataban de salvarlo del decreto del faraón de matar a todos los niños varones judíos.

La lógica de Batia fue excelente, ella tenía razón. Pero parece que le llevó un tiempo llegar a entenderlo. Apenas vio que el arca contenía un niño, debería haber entendido que era un bebé judío. Pero no fue así. De acuerdo con la Torá, ella notó que "él lloraba, y se apiadó de él". Sólo después dijo: "Este es uno de los niños hebreos". ¿Por qué le llevó tanto tiempo?

Rav Nissan Alpert ofreció una bella solución a esta pregunta al hablar en honor a su rabino, Rav Moshé Feinstein. Rav Moshé era reconocido universalmente como el mayor erudito de Torá de su época. Su conocimiento era más que vasto, su entendimiento agudo y su humildad, sensibilidad y bondad eran legendarias. Uno hubiera podido pensar que era muy difícil que un joven erudito pudiera recibir de un sabio tan grande una haskamá, una carta de aprobación, para un nuevo séfer, pero era exactamente lo contrario. Rav Moshé estaba dispuesto a dar haskamot casi a cualquiera que se lo pidiera. Con la misma facilidad también dio cartas de recomendación y de apoyo para toda clase de proyectos. Llegó un punto en que la gente ya no se impresionaba por una carta de Rav Moshé, debido a lo fácil que era recibirlas. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué no discriminaba más cuando se trataba de escribir una carta en beneficio de otras personas?

Rav Alpert explicó que jésed, bondad, y emet, verdad, en verdad no son conceptos compatibles. La bondad fluye del corazón. Es una respuesta emocional instintiva. La verdad se establece en el cerebro. Es producto del escrutinio, la investigación y la lógica. En un sentido, la verdad es la antagonista de la bondad. Si hiciéramos una investigación exhaustiva de las personas pobres que piden caridad, probablemente rechazaríamos a la mayoría.

De hecho, cuando en la Torá jésed y emet se mencionan juntas (Bereshit 24:49, Shemot 34:6, Iehoshúa 2:14), la palabra jésed siempre precede a la palabra emet. El jésed es rápido e instintivo. El emet es deliberado y minucioso. Si el jésed esperara al emet, nunca llegaría a ninguna parte.

La primera reacción de la persona debe ser de bondad. Sólo después puede dedicarse a buscar la verdad. Cuando un mendigo te pide ayuda, no esperes hasta que corrobores sus credenciales. Cuando una institución necesita ayuda financiera, no solicites una auditoría para determinar exactamente cuál es el problema. Cuando un joven autor te pide una carta de aprobación, se la debes dar. Esa fue la filosofía de vida de Rav Moshé.

Rav Alpert concluyó que cuando Batia abrió el arca y vio al niño, su primera reacción no fue analizar la situación, considerar quiénes eran los padres del niño y por qué flotaba en el río, para determinar si era adecuado rescatarlo. Su primera reacción fue de bondad. "Lloraba… y ella se apiadó de él". Antes de pensar sobre la situación, su bondadoso corazón se apiadó del bebé que lloraba, Sólo después se detuvo a considerar la situación y llegó a la conclusión correcta de que ese era "uno de los niños hebreos".




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