El hombre que acuñó el término "genocidio" se horrorizaría ante esto


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Desafiando a la Inquisición, los judíos conversos de Portugal eran conducidos a un lugar seguro a través de una red de escape secreta.
Cuando el rey Fernando y la reina Isabel de España expulsaron a los judíos españoles en 1492, el rey Juan II de la vecina Portugal vio una oportunidad lucrativa. En ese momento, Portugal libraba una campaña militar contra los musulmanes en África, y el rey luchaba por financiarla. Aunque su consejo de asesores se opuso inicialmente a admitir a los judíos españoles, el rey los convenció argumentando que, al cobrarles dinero a cambio de una estadía temporal, podrían cubrir los gastos militares sin sobrecargar de impuestos a los contribuyentes locales.(1)
Un judío italiano contemporáneo escribió:(2)
Ciento veinte mil [judíos españoles] fueron a Portugal, según un acuerdo que un hombre prominente, Don Vidal bar Benveniste del Cavalleria, había hecho con el rey de Portugal. Pagaron un ducado por cada persona, y la cuarta parte de todas las mercancías que llevaban consigo; y se les permitió quedarse en el país seis meses.
Otras fuentes indican que se les permitió quedarse ocho meses tras pagar la suma exigida, recaudada en cinco aduanas creadas especialmente para los exiliados judíos. Poseer un recibo de estas aduanas les otorgaba a los judíos el derecho de entrar en Portugal.(3)
A los judíos con profesiones útiles para la guerra, como herreros y armeros, se les otorgó un descuento: solo debían pagar la mitad. Las 600 familias judías más acaudaladas, dispuestas a pagar casi ocho veces más, obtuvieron residencia permanente.(4)
El rey Juan II prometió a los residentes temporales que al terminar el plazo organizaría su salida hacia otro destino, por un pago adicional. Pero, habiendo extorsionado cuanto pudo, no tuvo prisa por cumplir. El judío italiano prosigue su relato:(5)
El rey actuó mucho peor que el rey de España. Cuando pasaron los seis meses, esclavizó a todos los que permanecían en su país y desterró a setecientos niños a una isla remota para colonizarla.
Los niños (otras fuentes mencionan 2.000) fueron arrancados de los brazos de sus padres, bautizados por la fuerza y enviados a la isla infestada de cocodrilos de Santo Tomé, en la costa occidental de África. La mayoría pereció.
Los adultos permanecieron esclavizados hasta que el siguiente rey, Manuel I, los liberó en 1495 al subir al trono.
Tajador judeoespañol s. XIV. Plato (recipiente) para cortar y servir carne en la mesa. Milartino, Wikimedia Commons
Pero la benevolencia del rey Manuel duró poco. Para fortalecer su poder, se casó con la princesa Isabel de Aragón, hija de los Reyes Católicos de España. Una condición del matrimonio fue extender el decreto de expulsión a Portugal. En 1496, Manuel emitió un decretó de expulsión, dando a los judíos portugueses diez meses para convertirse al cristianismo o abandonar el país.
Incluso antes de la fecha límite, el rey, al igual que sus predecesores, decretó que los hijos de quienes se negaran a convertirse serían arrancados de sus familias, bautizados a la fuerza y entregados a instituciones cristianas. Muchos padres sucumbieron a la presión y se convirtieron para no perder a sus hijos.
Quienes se aferraron a su fe se congregaron en el puerto de Lisboa, el único autorizado para partir de Portugal. Esperaron en vano la llegada de barcos que los alejaran de sus perseguidores.
El profesor H. V. Livermore escribió:(6)
Les dijeron que deberían haber partido antes y que ahora eran considerados esclavos del rey. Se hicieron todos los esfuerzos por convertir a los veinte mil judíos reunidos en Lisboa, mediante amenazas, promesas y conversiones forzadas. Un puñado resistió, como el matemático y astrólogo real Abraao Zacuto y el doctor Abraao Saba, a quienes finalmente les permitieron marcharse. A los demás se les prometió protección tras su conversión.
Así fue que miles permanecieron como conversos, cristianos en apariencia pero judíos en secreto.
Tras lograr su objetivo de convertir a los judíos de Portugal, el rey Manuel ahora temía que sus “nuevos cristianos” intentaran marcharse del país para retornar al judaísmo. Como no quería perder tantos súbditos productivos y contribuyentes, les cerró las fronteras. El profesor Livermore escribió:(7) “Ningún ex judío podía salir del país sin un permiso especial, otorgado sólo por motivos comerciales y si su esposa e hijos permanecían en Portugal”.
Atrapados en Portugal, los conversos mantuvieron su fe como pudieron mientras las autoridades hacían la vista gorda. Pero en 1536 apareció una nueva amenaza en el horizonte: se estableció oficialmente la Inquisición en Portugal.
Conscientes de las actividades de la inquisición en España, los conversos portugueses entendieron el peligro que estaban por enfrentar y comenzaron a idear planes desesperados para huir de Portugal.
Quema de criptojudíos en Lisboa, Portugal, en 1497. Museo de historia judía portuguesa.
Los conversos que habían llegado a Amberes y Londres comenzaron a ayudar a sus hermanos en Portugal. El profesor Aron Di Leone Leoni escribió:(8) “Se organizó una compleja red de rescate para planificar y financiar la huida de conversos desde la Península Ibérica a Londres y Amberes, donde algunos encontraron refugio y otros continuaron hacia Italia y el Levante”.
El historiador Simon Schama describe dramáticamente las fugas:(9)
Siempre comenzaban en la oscuridad, entre la medianoche y el amanecer, cuando terminaban las patrullas en los muelles… Como animales nocturnos, figuras encapuchadas salían de sus madrigueras hacia los muelles del Tajo, llevando lo esencial para las dos semanas de travesía a Amberes: una olla, un colchón, galletas duras, un poco de aceite, un baúl con ropa.
La ruta, escribe Schama,(10) era:
una autopista transcontinental de escape: una cadena de barcos, ferris, posadas, carros, conductores y jinetes desde la costa atlántica portuguesa hasta los puertos ingleses, cruzando el Canal hacia Flandes, descendiendo por Francia y Renania, cruzando los Alpes hasta el Valle del Po. Si eludían a los guardias en Lombardía, que estaban allí expresamente para detectarlos, arrestarlos y manejarse con ellos violentamente, podían alcanzar la seguridad de Ferrara. Algunos se detenían allí; otros seguían cruzando los Apeninos hacia Pesaro y Ancona, luego a través del Adriático a Ragusa (hoy Dubrovnik), y finalmente al imperio de Suleimán el Magnífico, donde por fin serían libres…
La huida estaba llena de peligros. El profesor Schama explica:(11)
Incluso en los muelles del Tajo, algunos eran delatados y capturados. Para evadir a la policía en los muelles de la ciudad, muchos de los fugitivos subían con sus pertenencias a pequeñas embarcaciones río arriba y remaban tan silenciosamente como era posible hacia los barcos con destino a Flandes anclados en la desembocadura del río.
Los que lograban salir de Portugal encontraban a los llamados “Conductores”, que los llevaban a casas-seguras para descansar antes del siguiente tramo del viaje.
En Flandes, los Conductores les daban a los refugiados comida, hospedaje y acceso a una sinagoga secreta, con estrictas advertencias de mantenerse en silencio y evitar cualquier cosa que pudiera atraer la atención.
Después de descansar, los refugiados continuaban su camino en carretas cubiertas. Los Conductores les daban instrucciones detalladas respecto a su ruta y la siguiente estación, donde si todo marchaba bien, se encontrarían con su siguiente Conductor y tendrían la oportunidad de volver a descansar.
No todos lograron completar el viaje. Algunos desafortunados fueron interceptados por la inquisición. La inquisición preservó una copia d elas instrucciones de los Conductores que fueron confiscadas a los refugiados. A partir de esta copia conocemos una de estas rutas de escape.
Las instrucciones dirigían a los refugiados a viajar desde el sur de Amberes hasta Colonia, Alemania, donde en la posada Vier Escara encontrarían a Pero Tonnellero. Pero los ayudaría a conseguir botes que los llevaran por el Rin hasta Maguncia (Mainz). Allí, en la posada con el signo de un pez encontrarían a su siguiente Conductor, quien los ayudaría a conseguir carretas para viajar por tierra por los lagos suizos hasta los Alpes. El siguiente conductor alquilaría arrieros y caballos para que cruzaran los Alpes, sobre las montañas nevadas, hasta el Valle del Po.
No todos sobrevivían el duro clima ni los empinados ascensos y descensos de los pasos montañosos. Quienes lo lograban debían tener cuidado de evitar los puestos de control situados en los descensos de los pasos montañosos, colocados allí con el único propósito de capturar a los “nuevos cristianos” fugitivos.
Si eran capturados, los desafortunados refugiados eran despojados de todas sus pertenencias y torturados para obligarlos a revelar la identidad de los Conductores. Cualquier persona hallada culpable de haber facilitado su escape era condenada a muerte.
El profesor Schama concluye:(12)
El hecho de que sepamos esto por los archivos inquisitoriales significa que muchos no llegaron a Ferrara o al Adriático. El milagro, obra de los rescatistas de Amberes, es que muchos sí sobrevivieron y siguieron camino a los barcos del Adriático.
Arrieros en el Paso de Gotardo, cruzando los Alpes. Subido por Adrian Michael, dominio público, vía Wikimedia Commons.
Debido a la naturaleza secreta de la operación, poco se sabe sobre las identidades de los rescatadores. Sólo algunos de sus nombres han sido preservados por la historia.
Uno de los principales organizadores y financiadores de la red de escape fue Diego Mendes, un converso nacido en España y hermano mayor de Francisco Mendes, esposo de la famosa filántropa Doña Gracia Nasi. Diego y su socio GianCarlo Affaitati, manejaban un exitoso negocio de especias. Sus impuestos eran una fuente vital y confiable para el rey, quien cerraba los ojos a las actividades “judaizantes” de Diego.
Doña Gracia Nasi
En 1532, bajo presión de la Inquisición, el rey accedió a allanar la casa de Diego. Encontraron un libro de Salmos en hebreo y Diego fue arrestado. Entre los cargos, fue acusado de ayudar a los conversos a huir al Imperio Otomano. Afortunadamente para Diego, la familia real no quería perder su fuente de ingresos y aceptaron liberarlo a cambio de 50.000 ducados de oro.
Otro rescatista conocido fue el rabino mercader tuerto Antonio de la Ronha. Él también fue arrestado y luego liberado en 1532. Tras ser liberado, escapó a Londres, donde continuó ayudando a los refugiados portugueses.
En Londres, de la Rondha trabajó con Cristóforo Fernández. Cuando Amberes se volvió un destino demasiado peligroso, Fernández iba a los puertos ingleses a advertir a los refugiados para que no continuaran hacia Amberes. En cambio, los rescatistas les proveían refugio en Londres.
En 1540, uno de los Conductores, Gaspar Lopes, pariente de Diego, fue capturado por la inquisición. Bajo tortura, él divulgó información sensible sobre la red de escape. Pero una vez más, la necesidad del rey de recaudar impuestos protegió a los líderes de la red.
Una cámara de tortura de la inquisición española con sospechosos de herejía a quienes se les queman los pies o son suspendidos con una cuerda desde una polea, mientras los escribas anotan las confesiones. Grabado de B. Picart, 1722. Wikimedia Commons
Como vimos anteriormente, los reyes y gobernantes de la época estaban motivados con mayor frecuencia por consideraciones financieras que religiosas. Incluso pruebas contundentes de ser “judaizantes” podían ser ignoradas a cambio de un pago lo suficientemente grande. De hecho, el profesor Leoni escribe:(13)
Las acusaciones de herejía y apostasía eran usadas a menudo como pretexto para encarcelar a algún rico comerciante, quien finalmente sería liberado tras el pago de una gran suma. La persecución de la herejía se convirtió en una herramienta financiera en beneficio del Emperador.
En contraste, los conversos demostraron su sincero compromiso con el judaísmo. Se requería un sacrificio enorme tanto por parte de los rescatadores como de los rescatados en cada paso de la red de escape. Demasiados conversos perdieron la vida en el proceso. El profesor Leoni continúa:(14)
Estoy convencido de que sólo una fuerte inclinación hacia el judaísmo pudo haber impulsado a tanta gente a adoptar una decisión tan arriesgada y por lo demás inimaginable, como una huida desde las remotas regiones de Portugal hacia Londres y Amberes, y el subsiguiente peligroso caminho (viaje) desde allí hasta Ferrara, utilizando rutas secundarias y senderos ocultos a través de los Alpes.
Tanto los refugiados como sus rescatadores, quienes, según escribe el profesor Leoni “dedicaron gran parte de sus recursos para ayudar a sus hermanos perseguidos”, merecen nuestro respeto y aprecio.
Imagen del título: “La expulsión de los judíos”, por Roque Gameiro, en Quadros da História de Portugal (“Cuadros de la Historia de Portugal”, 1917). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
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¿ Y qué hay de los judíos que llegaron a Gran Canaria, antes de que los reyes de la actual España la reclamaran como territorio español y no portugués ? Muchas tuvieron que irse, pero otros se quedaron y fueron olvidados, hasta hoy.