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¿La vida es justa?

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11/10/2022 | por Rav Nejemia Coopersmith

Si medimos nuestro éxito comparándonos con los demás, tendremos garantizada una vida llena de descontento e infelicidad.

¿Por qué Dios hace que un niño sea un estudiante naturalmente dotado, que sobresale en todo lo que decide hacer, y que otro sea un buscador de aventuras que tenga que luchar académicamente? ¿Por qué hace a algunas personas hermosas y flacas, y a otras no tanto? ¿Por qué algunas personas nacen rodeadas de lujos con todas las ventajas de la sociedad occidental, y otras sumidas en la pobreza de países del tercer mundo?

Esta pregunta, en diferentes formas, incomoda a la mayoría de la gente. Todos nos hemos despertado alguna vez lamentándonos por las desigualdades de la vida: ¿Por qué él obtuvo la promoción y yo no? ¿Por qué ella tiene el marido perfecto, la casa perfecta o los niños perfectos y yo no? ¿Por qué nací con esta piel, este pelo, esta nariz?

Si medimos nuestro éxito comparándonos con los demás, tendremos garantizada una vida llena de descontento e infelicidad. Siempre habrá alguien que tenga más ventajas que tú. Éste es el cálculo de lo injusto.

Sin embargo, el éxito personal no tiene en realidad nada que ver con los demás, sino que debe ser medido en relación a uno mismo; ¿Cuánto estoy materializando de mi potencial? La forma de medir el éxito alcanzado se basa en cuántos escalones de mi escalera he ascendido, y no en mi posición en relación a los demás.

Una misión única

Dios crea a cada persona con una misión única en la vida, con el desafío de materializar sus fortalezas interiores y de luchar con su propio grupo de debilidades, por lo tanto, independientemente de las condiciones con las que comencemos, todos partimos en igualdad de oportunidades.

Comparar mi éxito con el de los demás niega la unicidad de mi alma y oculta el principal desafío espiritual de hacer uso de mi libre albedrío. Reduce el “éxito” a resultados externos (que en realidad no están en nuestras manos) en lugar de ser la batalla inherente a la vida misma ("De acuerdo al esfuerzo es la recompensa", Pirkei Avot 5:26). Las cosas sólo son "injustas" cuando hago una irrelevante comparación con los demás.

La sabiduría que hay en esta perspectiva puede ser obvia, pero dado que vivimos en un mundo material, es una verdadera lucha el dejar de compararnos con los demás y comenzar a vivir con la conciencia de que el propósito de nuestra vida es intentar materializar nuestro potencial, cualquiera que éste sea.

La sucá es el gran ecualizador

Sentarnos en la sucá nos da la oportunidad de reforzar la idea de que la base de nuestro valor es interna y no externa. La sucá es el gran ecualizador. Todos dejamos nuestras cómodas casas, ya sean grandes o pequeñas, y vivimos por una semana en una cabaña con las estrellas sobre nuestra cabeza, reconociendo lo fugaz que es en realidad el mundo físico.

"Vanidad de vanidades, todo es vanidad", leemos en Eclesiastés durante la festividad. Después de obtener la punzante claridad de lo que es realmente importante en la vida durante el intenso período de Rosh HaShaná y Iom Kipur, hemos renovado nuestras fuerzas y enfoque para traspasar nuestra inspirada versión de nosotros mismos a la realidad.

No sorprende que la festividad de Sucot sea llamada "zman simjateinu" (el tiempo de nuestra felicidad), ya que, viviendo en la sucá, bajo la sombra de Dios, nos damos cuenta de que la vida sí es justa después de todo.




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