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Las aletas y las escamas de la continuidad

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Shminí (Levítico 9-11 )

por Rav Benji Levy

De acuerdo con el gran Sabio Ben Zoma, la definición de sabiduría judía es aprender de cada persona (Mishná, Tratado Avot 4:1). El Talmud extiende este concepto a aprender de quienes nos rodean más allá de los seres humanos, incluyendo al reino animal. De esta forma, se entiende que si no hubiéramos recibido la Torá, habríamos aprendido buenas cualidades de los animales, por ejemplo la modestia de un gato y modales de un gallo (Talmud Bavli, Tratado Eruvín 100b). La lección de que hay más para aprender de los animales de lo que vemos a simple vista es un principio intrínseco al espíritu de las leyes de los alimentos kasher, donde se nos instruye: "distinguir entre lo impuro y lo puro, entre las criaturas que se pueden comer y las criaturas que no se pueden comer" (Levítico 11:47). Esta distinción, de acuerdo con la Torá, tiene ramificaciones espirituales (Levítico 9). De forma simple, eres lo que comes. Si comes alimentos impuros, por definición cierta impureza penetra en ti (Levítico qq:43). Si bien es evidente que lo que sale de nuestra boca es sumamente significativo, ahora comenzamos a entender que tener consciencia de lo que entra es igualmente importante.

En lo que respecta al kashrut de los peces, hay dos criterios que deben estar presentes para que un pez sea considerado kasher: aletas y escamas (Levítico 11:9). El Talmud señala que mientras que todos los peces que tienen escamas también tienen aletas, no todos los peces con aletas necesariamente tienen escamas (Talmud Bavli, Tratado Julín 66b, Nidá 51b). Por lo tanto, tiene sentido que la Torá especifique que un pez kasher debe tener escamas, pero aparentemente es una redundancia que mencione que también tiene que tener aletas. Claramente aquí hay un significado subyacente a estas características del pez kasher, más allá del simple hecho de su presencia o ausencia.

El Talmud compara a la Torá con agua y al pueblo judío con un pez (Talmud Bavli, Tratado Brajot 61b). Rabí Akiva dijo que tal como un pez no puede vivir sin agua, los judíos no pueden vivir sin Torá. Esta metáfora puede llevarse todavía más lejos, con las aletas y las escamas del pez representando características humanas específicas. Las escamas forman una capa gruesa similar a la piel que ayuda a proteger a los peces de los peligros externos como depredadores y cambios ambientales. Las aletas funcionan como el timón del pez, que le permite navegar y maniobrar a través de arroyos, ríos y océanos. El Ner Uziel explica que los milenios de tribulaciones que el pueblo judío tuvo que soportar requirió el desarrollo de estas dos características para asegurar la supervivencia y la continuidad. Nuestra "piel gruesa" está formada por valores innegociables que nos protegen de las muchas influencias negativas que nos rodean y nuestras "aletas" son la parte que nos permite navegar por las aguas de la vida y saber cuándo adaptarnos y nadar con la marea y cuándo en contra de ella si algo amenaza con romper nuestras "escamas".

Puede ser por esta razón que Iaakov bendijo a Efraim y Menashé, los hijos de Iosef, para que se "multiplicaran abundantemente como los peces" (Génesis 48:16). Estos hermanos fueron los primeros niños judíos que crecieron fuera de la Tierra de Israel, en un ambiente predominantemente politeísta. A pesar de ser los hijos del Virrey de Egipto, de vivir en los palacios de una sociedad contraria a sus valores básicos, Efraim y Menashé se mantuvieron fieles a su fe. De la misma manera, sin importar cuál sea nuestro ambiente, también nosotros debemos desarrollar "escamas" para protegernos y preservar nuestros ideales indispensables, y un par de fuertes "aletas", una fuerte brújula moral para guiarnos por los altibajos de la corriente de la vida.





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