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Las células de un organismo

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Nitzavim (Deuteronomio 29:9-30:20 )

por Rav Baruj Leff

Cada judío es parte de Klal Israel, la nación judía.

Iosi pasaba por una etapa difícil. Su mente de 14 años había comenzado a cuestionar mucho de lo que hasta entonces había asumido como obvio. No entendía por qué sus padres nunca le permitían comer una hamburguesa con queso en McDonald´s, cuando todos sus amigos de la escuela pública iban siempre allí después de clases. Iosi sólo quería estar con el resto de sus amigos.

—Mamá, ¿por qué no me dejas ir a comer un Big Mac con mis amigos?— preguntó Iosi.

—Mira Iosi, no soy experta ni demasiado sabia, pero tiene algo que ver con que una vez todos los judíos estuvimos en el Monte Sinaí, Dios nos habló y aceptamos Su Torá y Sus leyes.

—¡Vamos mami! Tú no estuviste allí y yo tampoco. Es una excusa terrible.

¿Cuál es realmente el significado del famoso Midrash que cuenta que estuvimos en el Monte Sinaí y aceptamos la Torá? El Midrash aparece en la parashá de esta semana y nos brinda una oportunidad para profundizar sobre el tema.

La Parashat Nitzavim habla del pacto especial que Dios hizo con el pueblo judío.

"Todos ustedes están hoy firmemente parados, ante Hashem, su Dios: los jefes de sus tribus, sus ancianos, sus oficiales… para que entres al pacto con Hashem, tu Dios… para establecerte como Su pueblo y que Él sea tu Dios… como Él te habló y como Él le juró a tus ancestros, a Abraham, a Itzjak y a Iaakov. Y NO SÓLO CON USTEDES Yo concerto este pacto y este juramento, sino con quien está aquí con nosotros, parado hoy ante Hashem, nuestro Dios, Y CON QUIEN NO ESTÁ AQUÍ HOY CON NOSOTROS (extractos de Devarim 29:9-14).

Rashi comenta: "quien no está aquí", esto incluye a las generaciones futuras.

El comentario de Rashi se basa en el Midrash Tanjuma, Nitzavim 3: Las almas de todos los judíos estuvieron presentes cuando se realizó el pacto, incluso antes de que fueran creados sus cuerpos físicos. Por esa razón el versículo dice "con nosotros hoy" y no "parados con nosotros hoy”.

Incluso si aceptáramos que nuestras almas estuvieron en el Monte Sinaí y que, de alguna forma, aceptaron la obligación de la Torá de Dios, ¿cómo pueden ser válidos esa aceptación y ese juramento? Nosotros no recordamos haber estado allí y hacer ese juramento. Además, para tener validez, un juramento debe ser aceptado tanto por el cuerpo como por el alma.

El Talmud en Sanedrín 91b aclara este punto. Allí dice que la relación entre cuerpo y alma puede compararsecon la relación entre un hombre ciego y uno lisiado que son socios en un crimen. El dueño de un huerto los contrató para cuidar su huerto, pero les prohibió comer frutos. Los guardias no pudieron resistirse. El ciego cargó al lisiado sobre sus hombros y, juntos, sacaron algunas frutas. Cuando el dueño del huerto regresó, se enfureció porque le faltaban frutas.

El hombre ciego dijo: "Yo no pude ser el ladrón, ¡no puedo ver!"

El lisiado dijo: "Yo no pude ser el ladrón, ¡no puedo caminar!"

Entonces el astuto dueño del huerto puso al lisiado sobre los hombros del ciego y los castigó a ambos.

Un alma no puede pecar sola. Un cuerpo no puede pecar solo. La recompensa y el castigo sólo se aplican a la entidad que es la persona entera, el cuerpo y el alma juntos. Sólo el cuerpo y el alma juntos tienen libre albedrío y semejanza a Dios. Por lo tanto, sólo un cuerpo y un alma juntos pueden aceptar juramentos, en particular algo tan grandioso como aceptar toda la Torá.

Entonces, ¿cómo podemos entender el Midrash y el comentario de Rashi, que afirman que todas las generaciones estuvieron en el Monte Sinai y aceptaron la Torá?

Aquí llegamos a entender un principio fundamental del judaísmo. El Midrash no dice que estamos obligados a cumplir toda la Torá porque se lo prometimos a Dios en el Monte Sinai. Si bien es cierto que nuestras almas estuvieron allí de una forma mística, ellas no pudieron aceptar algo que pueda obligarnos a nosotros hoy en día.

En cambio, el Midrash implica que por la fuerza de la primera generación de judíos que estuvo en el Monte Sinaí y aceptó la Torá, se considera que también lo hizo cada generación futura. La nación judía es una entidad continua que existe a través de la historia. Cada generación puede estar compuesta por nuevos individuos, pero la entidad es la misma.

Si analizaras científicamente cualquier organismo vivo, célula por célula, descubrirías que después de unos años no queda ninguna célula de las que el organismo tenía cuando nació. Sin embargo, ¿consideramos que una vaca vieja, con un grupo de células completamente diferente a las que tenía como ternero, es una vaca diferente a la que existió previamente? Por supuesto que no. Es la misma vaca, sólo que sus células se regeneraron.

Lo mismo es cierto respecto a la nación judía. Mueren generaciones individuales de personas judías, al igual que lo hacen las células de un organismo, pero son reemplazadas por generaciones nuevas. La nación judía, al igual que un organismo, permanece intacta. La nación judía de la actualidad es la misma que estuvo en el Monte Sinaí. Por lo tanto, es como si nuestra generación también hubiera estado allí. La pregunta respecto a nuestra aceptación personal de las leyes de Dios sólo es una pregunta si nos consideramos a nosotros mismos como individuos. Pero no somos individuos. Cada uno es una célula del gran organismo que es el pueblo judío.

No debemos relacionarnos con Dios como individuos, sino como parte de Klal Israel, la nación judía. El Rambam escribe (Leyes del arrepentimiento 3:11): "Todo el que se separa de la comunidad, incluso si no comete ninguna trasgresión, sino que simplemente se separa de la congregación de Israel, no cumple los mandamientos con ella, no siente su dolor, no ayuna cuando enfrentan tragedias, sino que vive su vida de forma individual como si no fuera parte de la nación, pierde su porción en el Mundo Venidero".

Vivir nuestra vida individual y tener siempre en mente a la nación no es fácil, pero es la esencia misma de ser judío. No es posible observar las leyes de la Torá y al mismo tiempo ignorar los sufrimientos y las preocupaciones de la nación. Es por esto que debemos considerar cada tragedia personal como parte de las tragedias nacionales del pueblo judío. Por eso, al consolar a quienes guardan duelo se les dice: "Que Dios te consuele ENTRE AQUELLOS QUE GUARDAN DUELO POR [LA DESTRUCCIÓN DE] SIÓN Y JERUSALEM".

Muchos rabinos señalaron que cuando hay atentados en Israel es una mitzvá leer sobre las tragedias y concentrarse en los nombres y los detalles de la vida de las víctimas. Si mi nación sufre, yo también debo sufrir. Debería resultarme imposible descansar y relajarme hasta que toda mi nación pueda hacerlo.

Lo mismo es cierto respecto a los momentos felices y las celebraciones alegres de la nación judía. Debo sentir alegría y expresar mi felicidad y gratitud porque mi nación vive tiempos felices.

Que Dios nos permita compartir sólo alegrías nacionales, y no tener que sentir ninguna pena ni sufrimiento.



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