Estados Unidos cumple 250 años


6 min de lectura
De Polonia a Israel y Estados Unidos, los lazos perdurables de una familia.
En 1939, mi abuelo, Samuel Gottesfeld, salvó las vidas de su familia inmediata. Mi abuela Caroline y sus tres hijos abordaron uno de los últimos barcos que salieron de Polonia antes de que los alemanes invadieran el 1 de septiembre, desencadenando el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Al comprender el deterioro de la situación de los judíos en su país, en 1936 mi abuelo dejó Zaleszczyki, y se dirigió solo a los Estados Unidos. Finalmente obtuvo la ciudadanía, comenzó a ganarse la vida como peletero y ahorró dinero para poder mandar a buscar a su familia.
Zaleszczyki, un pequeño pueblo al sur de Polonia de apenas 10.000 habitantes, está situado sobre el río Dniéster, que separa Polonia de Rumania. Como resultado de la guerra, hoy la ciudad forma parte de Ucrania. Entre las dos guerras mundiales fue conocida como destino turístico debido a su clima relativamente templado, el cultivo de frutas y una playa a orillas del río. Mi madre, Sally, que tenía solo 12 años cuando huyeron del país, solía recordar su hermosa casa y su gran jardín lleno de ciruelos y otros árboles frutales.
Ella también hablaba de sus primos vieneses que iban a visitarlos para disfrutar del balneario ribereño durante el verano. Mi madre recordaba especialmente una última visita en el verano de 1938 con su prima Betty. Betty también se salvó del ataque alemán porque sus padres la enviaron a Israel en 1939 como parte del movimiento Juvenil de Aliá. Crecí entendiendo que, con pocas excepciones, prácticamente toda la familia extensa de mi madre pereció en los campos de concentración y en los campos de exterminio de Polonia.
Durante los años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial, mi madre y su familia se establecieron en Bensonhurst, Brooklyn, y mantuvieron el contacto con su prima Betty (Batia) en Israel. Ellos pasaron momentos emocionalmente difíciles tras la guerra, y el trauma de perder a su familia, su hogar y su forma de vida en el viejo país afectó su calidad de vida. El contacto regular con la prima Batia en Israel se mantuvo mediante cartas escritas a mano, además de costosas llamadas telefónicas anuales en Rosh Hashaná. Seguíamos los acontecimientos en la vida de nuestros parientes en Israel y siempre nos sentíamos orgullosos de que formaran parte de la generación fundadora del estado.
En los primeros días del estado de Israel, cuando muchos suministros eran escasos, mi abuela y mi madre enviaban paquetes con provisiones para ayudar, pero dadas las vidas modestas y trabajadoras de inmigrantes de ambas familias, la idea de viajar para verse estaba fuera de toda posibilidad. Esta fue la situación que se mantuvo durante 30 años, de 1939 a 1969.
Mi madre y mi abuela en Brooklyn en la década de 1960
Finalmente, mi madre comenzó a planear un reencuentro largamente esperado para el verano de 1969, justo después de que yo me graduara de la secundaria. Los viajes de vacaciones internacionales no eran algo habitual en aquellos días, pero visitar Israel era un sueño de mis padres, firmemente sionistas.
Mientras planificaban ese primer viaje a Israel, mi padre sufrió un ataque cardíaco fatal a los 43 años. Fue apenas dos semanas antes de mi graduación y tuvimos que cancelar el viaje. Sin embargo, llegar a Israel fue algo que quedó grabado en mi corazón, y en el verano de 1971 me convertí en el primer miembro de nuestra familia en llegar a Israel. Tras varias semanas como voluntario en el kibutz Rosh Hanikrá, quedé libre para pasear, y lo primero que hice fue ir finalmente conocer a mi familia israelí en Jerusalem.
De algún modo logré encontrar su pequeña casa de dos dormitorios en el barrio de Kiriat HaYovel. Caminé lentamente hacia la puerta, sin saber qué diría cuando alguien respondiera a mi llamado. Entonces no hablaba hebreo, pero habiendo crecido con ídish en casa, estaba bastante seguro de que todo estaría bien.
Golpeé y Batia abrió la puerta. Lo único que se me ocurrió fue levantar una foto que había llevado, una foto de mi madre y su prima cuando eran niñas en Europa. La presioné contra el vidrio de la puerta. Ella me miró a mí y luego a la foto. Comprendió de inmediato y rompió en llanto, llamando a los demás miembros de la familia para que vinieran.
Todos esos años de separación familiar finalmente habían llegado a su fin. Me quedé con ellos hasta el final de mi viaje, sintiendo la calidez de su familia y aprendiendo muchísimo sobre Israel gracias a ellos. El esposo de Batia, Itzjak, fue uno de los primeros guías turísticos con licencia de Israel, y en esa primera visita nos llevaron a muchos lugares de Jerusalem y de los alrededores.
El día que conocí a mis primos en Jerusalem, en 1971
El encuentro en Jerusalem marcó el inicio de casi 50 años de una conexión cada vez más estrecha con esta rama de nuestra familia. Los tiempos mejoraron y los viajes se volvieron más frecuentes, casi rutinarios. Mi madre finalmente llegó a Israel en 1974 y experimentó esa sensación increíble de reunificación con su querida prima después de 35 años. Poco después, Batia e Itzjak vinieron a Estados Unidos y nos visitaron por primera vez. A lo largo de los años, hicimos todo lo posible por ahorrar para poder costear viajes periódicos a Israel, a menudo renunciando a vacaciones locales en los años intermedios para poder presentarles Israel a nuestros hijos.
Cuando nuestros hijos eran pequeños, era habitual quedarnos en la modesta casa de nuestros primos en Jerusalem. A medida que cada uno de nuestros hijos fue creciendo y después de la secundaria fueron a ieshivot y seminarios en Israel, nuestros primos estuvieron allí para ellos: un hogar lejos del hogar. Del mismo modo, con los años nuestros primos vinieron a Estados Unidos y nos visitaron, incluidos varios de sus nietos que encontraron su camino a Estados Unidos y se quedaron con nosotros por distintos períodos durante sus viajes posteriores al servicio militar.
Batia e Itzjak finalmente pudieron visitar a mi madre en Queens, Nueva York, a fines de la década de 1970
Hace unos 10 años, un sueño largamente acariciado se hizo realidad cuando hicimos aliá a la hermosa ciudad de Modiín. Puedes estar seguro de que varios de nuestros primos nos esperaban en la terminal el día que aterrizamos.
La historia de nuestra familia puede parecer bastante común en el contexto de la historia judía moderna. Pero hay algo que creo que encierra una lección positiva en estos días turbulentos, cuando existe tanta discordia entre judíos de distintas comunidades, países y corrientes de observancia religiosa.
Nuestros primos y nosotros hemos seguido caminos bastante diferentes en cuanto a la observancia religiosa. La de ellos estuvo arraigada en los primeros años de vida en kibutzim seculares. La nuestra se mantuvo fuertemente tradicional al llegar a los Estados Unidos y evolucionó con los años hacia una variedad de corrientes ortodoxas entre nuestros hijos. Todo esto se inició cuando, siendo estudiantes universitarios en la década de 1970, nos cruzamos con el movimiento Jabad.
Nuestras familias juntas en un viaje a Israel en 1990
Qué afortunados somos de tener una familia en la que lo que más importa son los lazos emocionales históricos y la historia compartida. El respeto por el otro, el amor incondicional y la ausencia de política y juicio religioso siempre han sido nuestra regla tácita. El amor por el pueblo judío y la Tierra de Israel será siempre nuestro terreno común. Si Ahavat Israel se define como el amor por el prójimo judío, con mayor razón esto se aplica dentro de la familia extensa.
Como inmigrantes relativamente recientes en Israel, sé que serán nuestros nietos quienes verdaderamente serán los israelíes. Sé que nuestra familia extensa de primos que vive aquí siempre está dispuesta a ayudarnos y sirve como un ejemplo extraordinario para nuestra familia de logros en tantos ámbitos, incluidos la educación, la medicina, la agricultura, los negocios, el gobierno, las finanzas y las artes.
Mis primos visitan nuestra sucá en Modiín – septiembre del 2018
Esto me hizo recordar una cita del Rebe de Lubavitch:
“Cada persona nace con un camino particular para su alma, generalmente de acuerdo con la cultura en la que nació… no estamos destinados a ser todos iguales. Nuestras diferencias son tan valiosas para nuestro Creador como nuestras similitudes”.
Esta conocida paráfrasis atribuida al Rebe lo dice de manera aún más concisa: “¡Las etiquetas son para las camisetas, no para los judíos!”
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.