10 razones por las que amo ser judía


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Antes de la boda de mi hija, descubrí que la parte más difícil de una pérdida no es el gran día, sino la semana anterior.
Una semana antes de la boda de mi hija Tali, la gente no paraba de decirme: «¡Debes estar muy emocionado!». Y, por supuesto, sabía que debería haberlo estado. Tali y Ariel son una pareja encantadora que había salido durante dos años, incluso mientras ambos servían en el ejército. Se conocieron gracias a uno de esos maravillosos ejemplos de emparejamiento judío: Tali viajó a Polonia junto con la madre y la hermana de Ariel y, en algún momento del viaje, ellas la miraron y pensaron: ¡Tenemos el hijo y hermano perfecto para ti! Tenían razón.
Faltaba una semana para la boda, todo estaba encajando y mis amigos seguían diciéndome lo emocionado que debía estar. Pero la verdad era que estaba triste. Esa semana descubrí algo que los psicólogos que trabajan con el duelo conocen muy bien: a veces, la parte más dolorosa de una celebración no es la celebración en sí, sino los días previos.
Durante los preparativos de la boda de una hija, su madre debería estar allí, preocupándose por cada detalle: el vestido, las flores, la distribución de las mesas y las mil pequeñas decisiones que, de repente, parecen enormemente importantes. Pero Lucy, la madre de Tali, no estaba allí, y Tali habría dado cualquier cosa por tener también a sus dos hermanas, Maia y Rina, a su lado. Lucy y dos de nuestras hijas fueron asesinadas en un despiadado atentado terrorista mientras conducían por el valle del Jordán durante la semana de Pésaj, en abril de 2023. Había un enorme vacío en los preparativos porque precisamente en ese momento las tres deberían haber estado más involucradas.
Gracias a Dios, Tali estuvo increíble, entusiasmada y ocupándose de todo. Su hermana Keren asumió la responsabilidad de manera admirable y se encargó de todas las cosas que normalmente haría una hermana —y, a veces, una madre—: organizó su despedida de soltera, la acompañó a la mikve y permaneció a su lado durante todos los preparativos. Mi nueva esposa, Aliza, también estuvo increíble, involucrándose de lleno en los detalles y ayudando a Tali en todo lo que necesitaba. Sin embargo, a pesar de todo ese amor y apoyo, faltaban dolorosamente tres personas y, para mí, su ausencia se sintió con mayor intensidad en ese extraño vacío previo a la boda.
Por supuesto, Lucy, Maia y Rina estaban en nuestros corazones, y siempre lo estarán, pero la pérdida no fue la emoción que definió la boda. Lo fue la alegría. Lo fue el amor. Lo fue la gratitud.
Y entonces llegó la boda, y fue completamente diferente. Sencillamente rebosaba de simjá, alegría. Cientos de amigos y familiares rodearon a Tali y Ariel con bailes, canciones, risas y amor. En vez de estar dominada por las tres personas que faltaban, la velada estuvo dominada por los cientos de personas que sí estaban allí. Por supuesto, Lucy, Maia y Rina estaban en nuestros corazones, y siempre lo estarán, pero la pérdida no fue la emoción que definió la boda. Lo fue la alegría. Lo fue el amor. Lo fue la gratitud. Estábamos celebrando que dos jóvenes maravillosos comenzaban juntos sus vidas, y la felicidad era real y abrumadora.

Tal vez eso no debería haberme sorprendido. Antes de un acontecimiento importante, estamos rodeados de recordatorios de las personas que deberían haber estado ayudándonos a prepararlo. Cada decisión puede convertirse en un detonante del dolor: Ella habría sabido qué hacer con esto. Él habría ido de compras conmigo. La habría llamado para hablar de aquello. Pero una vez que llega el acontecimiento, de repente la habitación se llena. Aparecen los amigos y la familia, comienza la música, la gente nos abraza y habla con nosotros, y nos dejamos llevar por lo que realmente está sucediendo. Nos entretienen, nos distraen y nos rodean de amor, pero, más importante aún, nos proporcionan una alegría genuina. La persona que hemos perdido sigue faltando, pero sucede tanta vida a nuestro alrededor que el dolor ya no tiene el mismo espacio vacío en el cual resonar.
Creo que lo mismo puede ocurrir antes de las festividades judías. Naturalmente, suponemos que el propio Yom Tov debe ser el momento más difícil para alguien que ha sufrido la pérdida de un ser querido, se ha divorciado, ha perdido su trabajo o ha experimentado algún otro cambio importante en su vida. Y a veces, sin duda, lo es. Pero Yom Tov también puede estar lleno de inspiración, amistad, plegarias, canciones, niños, comidas y comunidad. Una persona en duelo puede sentarse en un hermoso Séder rodeada de amigos y disfrutarlo sinceramente. Alguien que se ha divorciado puede pasar Rosh Hashaná con personas que lo quieren y encontrar inspiradora la plegaria. Simjat Torá puede ser realmente alegre. El dolor y la simjá no son mutuamente excluyentes.
Somos bastante buenos recordando a las personas que podrían estar solas durante Yom Tov. Pero ¿qué ocurre con la semana anterior a la festividad?
Somos bastante buenos recordando a las personas que podrían estar solas durante Yom Tov. ¿Alguien perdió recientemente a su cónyuge? Invítalo a almorzar. ¿Alguien atravesó un divorcio? Asegúrate de que tenga un lugar donde celebrar el Séder. ¿Alguien perdió su trabajo y está pasando por dificultades? Inclúyelo. Esas invitaciones son enormemente importantes, pero tal vez sean solo la mitad de la mitzvá. Porque cuando llega Yom Tov, esa persona quizás ya esté rodeada de gente, mientras que los días más difíciles fueron aquellos en los que nadie pensó.
¿Qué ocurre con la semana anterior a la festividad? Mientras el resto de nosotros corre frenéticamente comprando alimentos, cocinando, limpiando, cambiando las sábanas, poniendo las mesas y quejándose de todo lo que hay que hacer, otra persona puede estar experimentando un enorme vacío. Quien acaba de perder a un ser querido recuerda quién solía acompañarlo a hacer las compras o la receta especial de quién estaría cocinando. El padre o la madre que se ha divorciado ve a otras familias preparándose juntas. La persona que perdió su trabajo puede ser dolorosamente consciente de que este año no puede comprarles a sus hijos lo que normalmente les compraba. Estos son los momentos silenciosos, antes de que lleguen los invitados y antes de que se llene la sinagoga, en los que la ausencia puede hacerse sentir con mayor fuerza.
Así que tal vez debamos pensar no solo en la silla vacía en la mesa de Yom Tov, sino también en los días vacíos que lo preceden. Ayudar no requiere nada extraordinario. Llámalo mientras conduces al supermercado. Envíale un WhatsApp: Estoy pensando en ti. Sé que esta semana puede no ser fácil. O simplemente escribe: Estoy corriendo de un lado a otro preparándome para Yom Tov y solo quería que supieras que pensé en ti.
No necesitas solucionar su soledad ni quitarle su dolor. A veces basta con recordarle a alguien que, en medio de los frenéticos preparativos de todos los demás, no ha sido olvidado.
Dedicamos un enorme esfuerzo a preparar nuestros hogares para Yom Tov y, tal vez, parte de esa preparación debería consistir en preparar nuestros corazones para las personas que nos rodean. Este año, no nos preguntemos solamente quién necesita una invitación. Hagámonos la pregunta unos días antes, cuando quizá sea todavía más importante: ¿Quién podría necesitar apoyo antes de las festividades?
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