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Las tres voces del judaísmo

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Kedoshim (Levítico 19-20 )

por Rav Jonathan Sacks

La ética del rey, del sacerdote y del profeta

El capítulo 19 de Vaikrá, que da comienzo a nuestra parashá, es una de las declaraciones supremas de la ética de la Torá. Habla de lo que es correcto, bueno y sagrado, y contiene algunos de los mandamientos morales más importantes del judaísmo: "Ama a tu prójimo como a ti mismo" y "El prosélito que viva con ustedes será exactamente igual que cualquier nativo y debes amarlo como a ti mismo, ya que ustedes han sido forasteros en la tierra de Egipto".

Pero el capítulo también es sumamente extraño. Contiene lo que parece ser una mezcla arbitraria de mandamientos, muchos de los cuales no tienen nada que ver con la ética y apenas una tenue conexión con la santidad:

No aparearás animales de diferentes especies

No sembrarás tu campo con semillas de diferentes especies

No estará sobre ti vestimenta tejida de fibras combinadas (shatnez) (Éxodo 19:19)

No comerán carne que tenga sangre en ella

No practicarán la adivinación ni presagios

No se cortarán el cabello a los costados de la cabeza ni se afeitarán los bordes de la barba (Éxodo 19:26-28)

¿Qué tiene que ver todo esto con lo correcto, lo bueno y lo sagrado? Para entenderlo, tenemos que sumergirnos en una profunda explicación de la singular visión moral/social/espiritual de la Torá, diferente a todo lo que podemos encontrar en otras partes.

En el Occidente hubo varios intentos de definir un sistema moral. Algunos se enfocaron en lo racional, otros en emociones como la simpatía y la empatía. Para algunos el principio central era el servicio al estado; para otros la obligación moral, y para algunos la mayor felicidad de la mayoría. Todas estas son formas de simplicidad moral.

El judaísmo insiste en lo opuesto: la complejidad moral. La vida moral no es sencilla. A veces las obligaciones o lealtades entran en conflicto. A veces la razón dice una cosa y las emociones otra. Fundamentalmente, el judaísmo identifica tres sensibilidades morales diferentes, cada una de las cuales tiene su propia voz y su propio vocabulario. Estas son: 1) la ética del rey, 2) la ética del sacerdote, y 3) la ética del profeta.

Jeremías y Ezequiel hablan sobre sus sensibilidades distintivas:

Porque no cesará la enseñanza de la ley (la Torá) de los sacerdotes, ni el consejo (etzá) del sabio (jajam), ni la palabra (davar) del profeta (Jeremías 18:18)

Buscarán una visión (jazón) del profeta, pero la ley (Torá) ya se habrá alejado del sacerdote y también el consejo (etzá) de los ancianos. (Ezequiel 7:26)

Los sacerdotes piensan en términos de Torá. Los profetas tienen "la palabra" o "una visión". Los ancianos y los sabios tienen la etzá. ¿Qué significa esto?

En el judaísmo, los reyes y sus cortes se asocian con la sabiduría – jojmá, etzá y sus sinónimos. Muchos libros del Tanaj, de forma más notable Proverbios y Eclesiastés (Kohelet), son libros de "sabiduría" cuyo ejemplar supremo es el rey Salomón. La sabiduría en el judaísmo es la forma más universal de conocimiento, y la literatura de sabiduría es lo más cerca que está la Biblia hebrea del resto de la literatura del antiguo Oriente Cercano, así como de los sabios helenistas. Es práctica, pragmática, basada en la experiencia y la observación; es sensata, prudente. Es una prescripción para una vida segura, sin excesos ni extremos, pero nada dramática ni transformadora. Esa es la voz de la sabiduría, la virtud de los reyes.

La voz profética es bastante diferente, apasionada, vívida, radical en su crítica del mal uso del poder y de la búsqueda excesiva de la riqueza. El profeta habla en nombre del pueblo, de los pobres, de los oprimidos, de los abusados. Él (o ella) piensa sobre la vida moral en términos de las relaciones: entre Dios y la humanidad y entre los seres humanos. Los términos claves para el profeta son tzedek (justicia distributiva), mishpat (justicia retributiva), jésed (bondad y amor) y rajamim (misericordia, compasión). El profeta tiene inteligencia emocional, simpatía y empatía, y siente el sufrimiento de los solitarios y oprimidos. La profecía nunca es abstracta. No piensa en términos universales. Responde al aquí y ahora del tiempo y lugar. El profeta escucha la palabra de Dios para ese momento.

También la ética del sacerdote, y de la santidad en general, es diferente. Las actividades claves del sacerdote son lehavdil (discriminar, distinguir y dividir) y lehorot (instruir la ley al pueblo), por lo general como maestros y en instancias especificas como jueces. Las palabras claves del sacerdote son kodesh y jol (sagrado y secular o profano). El pasaje más importante de la Torá que habla en la voz sacerdotal es el capítulo 1 de Bereshit, la narración de la creación. También aquí el verbo clave es lehavdil, dividir, que aparece cinco veces. Dios divide entre la luz y la oscuridad, entre las aguas superiores e inferiores, entre el día y la noche. Otras palabras claves son "bendecir" (Dios bendijo a los animales, a la humanidad y al séptimo día), y "santificar" (kadesh), al finalizar la creación Dios santificó el Shabat. De forma abrumadora, en todas las otras partes de la Torá en donde encontramos el verbo lehavdil y la raíz kadosh, esto ocurre en un contexto sacerdotal, y son los sacerdotes quienes bendicen al pueblo.

La tarea del sacerdote, como la de Dios en la creación, es poner orden en medio del caos. El sacerdote establece los límites, tanto de tiempo como de espacio. Hay momentos sagrados y lugares sagrados, y cada tiempo y lugar tiene su propia integridad, su propio lugar dentro del esquema total de las cosas. La protesta del cohen es contra el desvanecimiento de los límites, algo muy habitual en las religiones paganas, ya sea entre dioses y humanos, entre la vida y la muerte, entre los sexos, etc. Para el cohen, un pecado es un acto en el lugar equivocado, y su castigo es el exilio, ser expulsado del lugar que le corresponde. Para el cohen, una buena sociedad es una en la cual todo ocupa su lugar. Además, el cohen tiene una sensibilidad especial hacia el extranjero, la persona que no tiene un lugar propio.

De esta forma, la extraña colección de mandamientos en Kedoshim resulta no ser tan extraña. El código de santidad ve el amor y la justicia como parte de una visión total de un universo ordenado en el que cada cosa, cada persona y cada acto tiene el lugar que el corresponde. Este es el orden que se ve amenazado cuando se quiebran los límites entre las diferentes clases de animales, granos o tejidos; cuando el cuerpo humano es lacerado, o cuando la gente come sangre, el signo de la muerte, para alimentar la vida.

En el occidente secular estamos familiarizados con la voz de la sabiduría. Es el terreno común entre los libros de Proverbios y Eclesiastés y los grandes sabios, desde Aristóteles hasta Marco Aurelio y Montaigne. También conocemos la voz profética, lo que Einstein llamó su "amor casi fanático por la justicia". Pero estamos mucho menos familiarizados con la idea sacerdotal de que tal como existe un orden en la naturaleza, también hay un orden moral, y este consiste en mantener separadas las cosas que están separadas, y mantener los límites que respetan la integridad del mundo que Dios creó y sobre el cual dijo siete veces que era bueno.

La voz sacerdotal no es algo marginal, exclusivo del judaísmo. Es algo central, esencial. Es la voz del primer capítulo de la Torá. Es la voz que definió la vocación judía como "un reino de sacerdotes y una nación sagrada". Es la voz que domina Vaikrá, el libro central de la Torá. Mientras que el espíritu profético vive en la agadá, la voz sacerdotal prevalece en la halajá. El mismo nombre Torá, deriva del verbo lehorot, una palabra sacerdotal.

Quizás la idea de la ecología, uno de los descubrimientos claves de los tiempos modernos, nos permitirá entender menor la visión sacerdotal y su código de santifdad, que consideran a la ética no sólo como una sabiduría práctica o justicia profética, sino también como honrar la estructura profunda, la ontología sagrada del ser. Un universo ordenado es un universo moral, un mundo en paz con su Creador y consigo mismo.




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