Jóvenes artistas mantienen vivas las historias del Holocausto


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Aunque indiscutiblemente Lawrence estuvo comprometido con la causa árabe, los historiadores han demostrado que sus puntos de vista sobre Medio Oriente eran mucho más complejos de lo que se pensaba.
¿Fue el campeón del nacionalismo árabe… o un sionista secreto? T. E. Lawrence, más conocido como “Lawrence de Arabia”, sigue siendo una de las figuras más enigmáticas de principios del siglo XX. Sus hazañas durante la Primera Guerra Mundial como oficial de enlace con las fuerzas rebeldes árabes que luchaban contra los turcos otomanos han sido inmortalizadas en libros, teatro y cine. Su autobiografía de 1922, Los siete pilares de la sabiduría, es considerada un clásico literario, mientras que la épica cinematográfica de David Lean, Lawrence de Arabia (1962), ganó siete premios Óscar y es citada con frecuencia como una de las mejores y más influyentes películas jamás realizadas.
Durante décadas después de su prematura muerte en 1935, Lawrence fue visto como un héroe defensor de la independencia y el nacionalismo árabes. Él desarrolló estrechas amistades con líderes árabes como el emir Faisal y era frecuentemente visto en público vistiendo túnica y tocado árabes. Su apasionada defensa de la autodeterminación árabe tras la Primera Guerra Mundial consolidó su legado como un arabista comprometido. Su identificación con la causa árabe fue tan completa que se negó a aceptar la condecoración de Comandante de la Orden del Baño de manos del rey Jorge V, explicando que no podía aceptar ningún honor mientras Gran Bretaña estuviera “a punto de deshonrar las promesas que había hecho en su nombre a los árabes que habían luchado tan valientemente”.

Dado su compromiso con la causa árabe, pocos lo habrían contado entre los amigos del pueblo judío o del proyecto sionista. Sin embargo, en los últimos años, los historiadores han comenzado a descubrir una imagen más compleja de los puntos de vista de Lawrence sobre Medio Oriente, algo que lo revela como un firme defensor del sionismo y del asentamiento judío en Palestina.
Thomas Edward Lawrence, nacido en 1888 en Gales, mostró desde joven una gran pasión por la historia y la arqueología. Estudió en Oxford, donde combinó sus estudios académicos con viajes aventureros, incluyendo una travesía en solitario de 1.600 kilómetros por la Siria otomana en 1909. Su trabajo arqueológico en Medio Oriente resultó invaluable cuando se alistó en el ejército británico al estallar la Primera Guerra Mundial.
En 1916, fue enviado a Hejaz para colaborar con las fuerzas árabes contra los otomanos, un papel que definiría su legado. Como enlace entre líderes británicos y árabes, desarrolló una estrecha amistad con el emir Faisal, quien luego sería coronado rey de Irak. Pero Lawrence también fue un innovador estratega militar. Él orquestó ataques sorpresivos y operaciones de sabotaje que infligieron grandes daños a los turcos mientras minimizaban las bajas árabes. Su mayor logro llegó en 1917 con la captura de Áqaba, una ciudad portuaria estratégica a pocos kilómetros de lo que hoy es Eilat.
En contraste con sus éxitos militares, sus esfuerzos en la posguerra para asegurar la independencia árabe fueron frustrados por el acuerdo secreto anglo-francés Sykes-Picot, mediante el cual las potencias acordaron repartirse Medio Oriente. Desilusionado, Lawrence asesoró brevemente a Winston Churchill antes de retirarse de la vida pública y unirse a la Real Fuerza Aérea bajo un nombre falso. En 1926, publicó Los siete pilares de la sabiduría, su memoria de la revuelta árabe, que consolidó su fama como “Lawrence de Arabia” e inspiró numerosos libros y películas sobre sus hazañas.
Aunque Lawrence estuvo innegablemente comprometido con la causa árabe, los historiadores han demostrado que sus opiniones eran mucho más complejas. Resulta que este arabista también era un filosemita que apreciaba profundamente la singularidad del pueblo judío. En sus escritos, se refiere al “milagro eterno del judaísmo”,(1) reconociendo la relación milenaria entre el pueblo y la tierra de Israel. “El experimento judío es un esfuerzo consciente, por parte del pueblo menos europeo de Europa, por ir contra la corriente de los tiempos y regresar una vez más al Oriente del que vinieron”.(2)
Este arabista también era un filosemita que apreciaba profundamente la singularidad del pueblo judío. En sus escritos, se refiere al “milagro eterno del judaísmo”.
Las simpatías sionistas de Lawrence no eran ampliamente conocidas, pero algunos de sus contemporáneos británicos antisemitas las sospechaban. Cuando se preparaba para publicar sus memorias, contactó a Rudyard Kipling para recibir comentarios sobre el manuscrito. La respuesta de Kipling fue reveladora: aceptó revisar las pruebas, pero advirtió que si el texto mostraba que Lawrence era “pro-judío”, lo devolvería sin tocarlo.(3)
La orientación “pro-judía” del gran aventurero moldeó su visión del futuro de Medio Oriente. A pesar de su profundo compromiso con la cultura árabe y su papel en la revuelta árabe, Lawrence era consciente de las fallas de la sociedad árabe. Él consideraba que el mundo árabe había caído en un estado de decadencia y que no estaba preparado para modernizarse por sí solo. A menudo contrastaba los logros intelectuales y artísticos del mundo árabe medieval con el estancamiento cultural de los árabes modernos. “Son un pueblo limitado y de mente estrecha, cuyos intelectos yacen inactivos por falta de curiosidad. Sus imaginaciones son agudas, pero no creativas. Hay tan poco arte árabe hoy en Asia que casi se podría decir que no tienen arte… No muestran anhelo por la gran industria, no tienen organizaciones mentales ni físicas. No inventan sistemas de filosofía ni mitologías”.(4)

El historiador Martin Gilbert sugiere que a pesar de su reputación, Lawrence “sentía una especie de desprecio por los árabes”, y creía que “sólo con una presencia y un estado judíos los árabes podrían lograr algo y avanzar al siglo XX”.(5) Un pueblo conocido por su trabajo duro y su ingenio, el influjo de los judíos podía revitalizar la tierra santa y, en última instancia, todo Medio Oriente.
Ya en 1909, a los 21 años, mientras viajaba por la Galilea, reflexionó sobre el pasado de la tierra santa y los colonos sionistas que llegaban para cultivarla. “Palestina era entonces un país decente, y podría volver a serlo fácilmente. Cuanto antes los judíos lo cultiven todo, mejor: sus colonias son puntos brillantes en el desierto”.(6) Mientras los pioneros judíos superaban la malaria y los vecinos hostiles, trabajando día y noche para devolver la vida al suelo devastado de la tierra santa, Lawrence “observaba con asombro y admiración… Durante sus visitas a Palestina tuvo la oportunidad de ver los esfuerzos judíos y observar sus rápidos logros. Este despliegue de celo y energía judía apeló a su instinto dramático, y, con su aguda percepción, vislumbró las posibilidades de esta empresa histórica… Su fe en el Hogar Nacional Judío creció a la par del desarrollo de Palestina gracias al esfuerzo judío”.(7)
En 1918, en el primer aniversario de la Declaración Balfour, dijo a un periódico judío: “Hablando completamente como no judío, estoy decididamente a favor del sionismo; de hecho, veo al judío como el importador natural de la levadura occidental tan necesaria para los países del Cercano Oriente”.(8)
En un artículo de 1920 para The Round Table, Lawrence amplió esta idea, argumentando que los colonos judíos traerían a Palestina “muestras de todo el conocimiento y la técnica de Europa”. Predijo que su éxito elevaría inevitablemente el nivel de vida de la población árabe: “El éxito de su plan implicará inevitablemente la elevación de la población árabe actual a su mismo nivel material, sólo un poco más tarde en el tiempo, y las consecuencias podrían ser de la mayor importancia para el futuro del mundo árabe. Esto podría convertirse en una fuente de suministro técnico que los haría independientes de la Europa industrial, y en ese caso, la nueva confederación podría convertirse en un elemento formidable del poder mundial”.

A diferencia de los árabes que consideraban que la inmigración judía era una amenaza, Lawrence veía al sionismo como un catalizador para la modernización regional y el desarrollo y no como un peligro para los intereses árabes. Su apoyo al asentamiento judío se basaba en la creencia de que esto beneficiaría tanto a judíos como a árabes, trayendo las habilidades, el capital y la innovación a una región que lo necesitaba desesperadamente.
El apoyo de Lawrence al sionismo estuvo profundamente influido por su estrecha amistad con Jaim Weizmann, el principal líder sionista de Gran Bretaña que más tarde se convertiría en el primer presidente de Israel. Los dos hombres se conocieron por primera vez en Aqaba poco después de que el gobierno británico emitiera la Declaración Balfour en 1917, y su conversación giró de inmediato en torno al sionismo. Lawrence explicó que creía que el sionismo estaba “moralmente justificado” y que personalmente se sentía conmovido por la importancia histórica de esa “llamada de trompeta mesiánica”. Sin embargo, expresó su escepticismo respecto a si los judíos responderían a ese llamado, preguntando a Weizmann: “¿No caerá esta llamada de trompeta en oídos sordos?”
Weizmann expresó su fe en el pueblo judío, describiendo su júbilo desbordado ante la Declaración Balfour. Reflexionando sobre las palabras de Weizmann, Lawrence dijo que “esperaría y observaría con el más profundo interés el desarrollo del Hogar Nacional Judío. Si los judíos lograban traducir en hechos la política contenida en la Declaración Balfour [estableciendo un estado], eso sería sin duda una realización única en la historia de la humanidad”.(9)
Weizmann causó una fuerte impresión en Lawrence. Más tarde, en un borrador no enviado de una carta dirigida al obispo anglicano de Jerusalem, Lawrence se refirió a Weizmann como “un gran hombre cuyos zapatos ni tú ni yo, querido Obispo, somos dignos de lustrar”. Por su parte, Weizmann al principio sentía cierta aprensión respecto a la postura de Lawrence sobre el sionismo, pero se sintió aliviado al descubrir que “no sólo era favorable a los ideales encarnados en el sionismo, sino que estaba completamente informado sobre el tema”.(11) Weizmann subrayó que, contrariamente a ciertos malentendidos persistentes, Lawrence nunca consideró que el sionismo fuera incompatible con los intereses árabes ni con las promesas británicas a los árabes.
El compromiso de Lawrence con el sionismo fue más allá del mero apoyo verbal. En diciembre de 1918, apenas un mes después del fin de la Primera Guerra Mundial, Lawrence organizó un encuentro entre el líder árabe Emir Feisal y Jaim Weizmann en el Hotel Carlton de Londres. Actuando como intérprete, Lawrence ayudó a salvar la brecha lingüística y cultural entre ambos. Weizmann aseguró a Feisal que el desarrollo sionista en Palestina sería expansivo pero no a expensas de los derechos árabes, afirmando que el país “podía mejorarse tanto que habría espacio para cuatro o cinco millones de judíos, sin invadir los derechos de propiedad del campesinado árabe”. Feisal, por su parte, expresó sorpresa ante los reportes de fricción entre judíos y árabes en Palestina, señalando que tales conflictos no eran comunes en otros lugares donde ambos pueblos coexistían.
Estas conversaciones iniciales llevaron a un acuerdo más formal firmado el 3 de enero de 1919. Conocido como el Acuerdo Feisal-Weizmann, este documento reconocía las aspiraciones nacionales tanto de árabes como de judíos. En esencia, intercambiaba el apoyo árabe a la Declaración Balfour y al asentamiento judío en Palestina por el respaldo sionista a un estado árabe independiente fuera de las fronteras de Palestina. Lawrence, desempeñando nuevamente un papel crucial, esperaba que este acuerdo asegurara “la convergencia de las políticas árabe y sionista en un futuro no lejano”. Aunque el acuerdo tuvo poco impacto a largo plazo, representó un raro momento de entendimiento en las relaciones entre árabes y judíos.
Mirando hacia atrás, el plan de Lawrence para la cooperación entre judíos y árabes en un Medio Oriente revitalizado parece ingenuo. A principios de los años 20, él le dijo con confianza a Churchill que “en cuatro o cinco años, bajo la influencia de una política justa, la oposición al sionismo habrá disminuido si es que no desaparece por completo”.(12) Incluso redactó una carta en nombre del Emir Feisal dirigida a Felix Frankfurter, un prominente sionista estadounidense, deseando a los judíos “una cordial bienvenida a casa” y declarando que “nuestros dos movimientos se complementan mutuamente”.(13) En retrospectiva, es improbable que ni siquiera el propio Feisal estuviera de acuerdo con lo que el idealista Lawrence escribió en su nombre.

Es difícil conciliar las esperanzas fantásticas de Lawrence sobre la cooperación judeo-árabe con su clara comprensión de la cultura árabe. Más que la mayoría de sus contemporáneos, él entendía que los árabes no eran un pueblo inclinado al compromiso ni a la complejidad. “[Ellos] no tienen matices en su registro de visión. [Los árabes son] un pueblo de colores primarios, o más bien de blanco y negro... un pueblo dogmático que... sólo conoce la verdad o la mentira, la creencia o la incredulidad, sin nuestro vacilante séquito de tonos más sutiles”.(14)
En marzo de 1921, Lawrence viajó con el Secretario Colonial británico Winston Churchill a la Conferencia de El Cairo, donde desempeñó un papel fundamental como asesor de Churchill en asuntos árabes. El capitán Maxwell Coote, oficial de orden de Churchill, recordó más tarde un momento inquietante de la conferencia: “[Lawrence y yo] acompañamos al Sr. Churchill a Palestina... En el camino nos detuvimos en muchas estaciones donde Churchill recibió efusivas bienvenidas. La primera fue en Gaza, donde hubo una tremenda recepción por parte de una turba vociferante que gritaba en árabe ‘¡Viva el Ministro!’ y también ‘¡Viva Gran Bretaña!’, pero su grito principal, que les enloquecía, era ‘¡Abajo los judíos!’ y ‘¡Corten sus gargantas!’ Churchill y Sir Herbert estaban encantados con el entusiasmo de la recepción, sin tener la menor idea de lo que se gritaba. Lawrence, por supuesto, lo entendía todo y me lo dijo, pero nos mantuvimos en silencio. Claramente él estaba muy preocupado por toda la situación... Finalmente salimos de Gaza con un suspiro de alivio por parte de Lawrence y de mí”.(15)
Más de un siglo después, poco ha cambiado en Gaza, donde las turbas árabes siguen clamando por la masacre total de los judíos. Lawrence fue testigo con sus propios ojos, y sin embargo no logró ver —o no quiso ver— que el regreso de los judíos a la tierra santa inevitablemente chocaría con la ideología extremista de los árabes.
Vladimir Jabotinsky, el líder sionista de visión clara de esa misma época, desestimó las esperanzas de idealistas como Lawrence por considerarlas infantiles y peligrosamente engañosas. “Imaginar, como hacen nuestros arabófilos, que [los árabes] consentirán voluntariamente la realización del sionismo a cambio de las ventajas morales y materiales que trae el colono judío, es una noción infantil, que en el fondo implica un cierto desprecio hacia el pueblo árabe; significa que desprecian a la raza árabe, a la que consideran una turba corrupta que puede comprarse y venderse, dispuesta a renunciar a su patria por un buen sistema ferroviario”.(16)
Lawrence en 1918
Décadas de guerras y terrorismo árabe contra el estado judío han confirmado la veracidad de las palabras de Jabotinsky. Mientras que los judíos aceptaron el plan de partición de la ONU en 1947 (a pesar de que asignaba gran parte del territorio previamente prometido a ellos a los árabes), las naciones árabes no mostraron interés alguno en compromisos. En lugar de ello, invadieron de inmediato el recién declarado Estado de Israel, marcando el inicio de un asalto continuo contra el estado judío que continúa hasta el día de hoy. Los esfuerzos por mejorar las condiciones económicas en Gaza, Judea y Samaria hicieron poco por frenar el ascenso de Hamás y del extremismo islámico entre esas poblaciones.
Aunque su visión utópica de cooperación judeo-árabe no envejeció bien, hay mucho que aún podemos y debemos aprender de Lawrence.
Edwin Samuel, hijo de Herbert Samuel (el primer Alto Comisionado británico para Palestina) habló con Lawrence a principios de la década de 1930. Le preguntó por qué algunas personas lo calificaban de antisionista. Lawrence dijo que eso era una tontería, pues él mismo había inventado el lema “Arabia para los árabes, Judea para los judíos y Armenia para los armenios”. Samuel escribe que Lawrence fue muy claro: él no apoyaba ninguna reivindicación árabe sobre Palestina.(17) Para él, un estado judío significaba un estado judío desde la costa mediterránea hasta el río Jordán.(18)
Significativamente, el gran defensor del nacionalismo árabe sí apoyaba una solución de dos estados, aunque muy distinta de la que se propone hoy. Lawrence imaginaba un estado árabe establecido al este del río Jordán y un estado judío (que abarcaba toda Judea y Samaria) al oeste. Esta “solución de dos estados” original se concretó con el establecimiento del estado árabe de Jordania en 1946.
Lawrence, el Emir Abdullah, el mariscal del aire Sir Geoffrey Salmond, Sir Wyndham Deedes y otros en el Hotel Jerusalem Colony, Conferencia de El Cairo de 1921
Lawrence no estaba solo en esta visión. El 28 de marzo de 1921, Lawrence, Churchill y Abdullah I bin Al-Hussein (quien más tarde se convertiría en el primer rey de Jordania), se reunieron en Jerusalem. Durante esa reunión, Abdullah acordó limitar su control a Transjordania y renunciar a toda reivindicación árabe sobre la tierra al oeste del Jordán, admitiendo que Judea era, en efecto, la tierra de los judíos.
En 1929, el Partido Conservador británico fue derrotado en las urnas y Winston Churchill quedó fuera del gobierno. Lawrence escribió con gran visión de futuro: “Es un buen luchador, y le irá mejor fuera que dentro, y volverá en una posición más fuerte que antes. De alguna manera quiero que sea primer ministro”.(19) Churchill efectivamente llegaría a ser primer ministro, pero Lawrence, trágicamente, no vivió para verlo. En mayo de 1935, murió a causa de las heridas sufridas en un accidente de motocicleta cerca de su casa en Dorset. Tenía sólo 47 años.
Unos años antes de su muerte, Lawrence habló del desafío del sionismo con el historiador judío Sir Lewis Bernstein Namier. Con extraordinaria clarividencia, le dijo a Namier: “El problema del sionismo es el problema de la tercera generación. Son los nietos de sus inmigrantes quienes harán que tenga éxito o fracase, pero las probabilidades están tan a su favor que vale la pena respaldar el experimento”.(20)
Como Lawrence predijo con tanta lucidez, el futuro del Estado de Israel está en nuestras manos. Somos la tercera generación, los nietos de los pioneros sionistas, quienes determinarán si el sionismo triunfa o fracasa. Mientras los enemigos árabes amenazan la existencia misma de Israel, nos toca a nosotros levantarnos y defender a nuestro pueblo, para asegurar que “el milagro eterno del judaísmo” siga inspirando a la humanidad por generaciones.
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