Libre albedrío, destino y providencia

20/10/2025

9 min de lectura

Dios predetermina la vida básica de una persona, su riqueza y sus oportunidades, pero deja un amplio margen para la libre elección.

Para cumplir Su propósito, Dios decretó que tanto el bien como el mal existan en el mundo, y que cada persona cumpla su misión en la vida esforzándose por adquirir buenas cualidades y superar sus rasgos negativos. Por ejemplo, el orgullo es un rasgo negativo, mientras que su opuesto, la humildad, es positivo. La misericordia es una cualidad positiva, mientras que la insensibilidad es su contrario. La capacidad de estar satisfecho con lo que uno tiene es una buena cualidad, mientras que su opuesto es malo. Lo mismo ocurre con todas las demás cualidades.

Para proporcionar un entorno en el que estas cualidades puedan existir, Dios dividió a los individuos en diferentes posiciones en la vida. Cada una de estas posiciones es una prueba para una persona en particular, permitiendo que existan estas cualidades negativas, pero dándole la oportunidad de luchar contra ellas y adoptar las cualidades positivas.

El cumplimiento de la Torá de Dios también requiere la interacción social que resulta de estas variaciones en la posición de cada persona. Así, por ejemplo, si la riqueza y la pobreza no existieran, los ricos no tendrían oportunidad de demostrar generosidad o indiferencia hacia los pobres que necesitan su ayuda. De la misma manera, los pobres no podrían ser puestos a prueba para determinar si estarían satisfechos y agradecerían a Dios por lo poco que tienen.

Sea rica o pobre, sana o enferma, la persona siempre puede elegir entre el bien y el mal.

Por lo tanto, la principal tarea de la Providencia Divina en este mundo es situar a cada persona en su posición en la vida para que pueda servir a Dios de acuerdo con su destino. Todas las acciones de Dios en este mundo están dirigidas hacia este propósito. Algunas cosas afectan directamente a la persona en cuestión, mientras que otras sirven para configurar una cadena de eventos que la dirigen hacia su destino.

Cada posición en la vida es una prueba, en la que se puede elegir servir a Dios de la mejor manera posible o no hacerlo. Ya sea rica o pobre, sana o enferma, inteligente o de entendimiento limitado, cada persona puede usar sus cualidades para el bien o para el mal. Con respecto a este principio fundamental, Dios nos dijo a través de su profeta: "Que no se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el fuerte en su fuerza, ni el rico en su riqueza. Pero si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en esto: que tiene inteligencia y que me conoce, que Yo soy Dios, que ejerzo la bondad, la justicia y la rectitud en la tierra, pues en estas cosas me deleito" (Jeremías 9:22-23).

Hacer lo mejor posible

Aunque la posición de una persona en la vida pueda hacerle más difícil hacer el bien, sigue estando obligada a utilizar todos sus recursos para servir a Dios. Por esta razón, se nos enseña: "En todos tus caminos conócelo, y Él enderezará tus sendas" (Proverbios 3:6). Si la naturaleza o el entorno de una persona dificultan su servicio a Dios, entonces su recompensa será mayor, ya que la recompensa siempre se mide de acuerdo con el esfuerzo realizado. De manera similar, su castigo por desobedecer los mandamientos de Dios será menor, ya que Dios toma en cuenta las circunstancias atenuantes.

Al final todo se equilibra de manera justa.

Por otro lado, aquel cuya posición en la vida le facilita servir a Dios será castigado con mayor severidad si no lo hace. Aunque la providencia hace que para algunos sea más fácil servir a Dios y para otros más difícil, la verdad es que al final todo se equilibra de manera justa.

Esto enfatiza el hecho de que, aunque es cierto que Dios decreta la posición de una persona en la vida, esto no la exime de hacer su mejor esfuerzo para servir a Dios. De manera similar, el hecho de que Dios decrete que una persona sea pobre no es excusa para que los ricos le nieguen la caridad, ya que por esta misma razón Dios creó un mundo de contrastes. Asimismo, aunque se haya decretado que una persona deba ser asesinada, esto no excusa al asesino, ya que Dios tiene muchos mensajeros.

¡Mazal Tov!

Las circunstancias de una persona están determinadas por un número extremadamente grande de variables, dependiendo de las leyes de la naturaleza, su propio esfuerzo, su mérito y su mazal (fortuna, suerte). El factor más importante es el mazal de la persona, ya que esto generalmente actúa como un límite tanto para su mérito como para su esfuerzo. El mazal de la persona, a su vez, está determinado en gran medida por su ascendencia, el tiempo y lugar en que vive, su sociedad, sus hábitos y su ocupación.

Como individuo, la persona también es parte de su sociedad. Su mazal afectará necesariamente a todo el grupo del cual forma parte y desencadenará una cadena de eventos que incluso puede afectar a toda la humanidad. Es por esta razón que el mazal de una persona no puede depender enteramente de su propio mérito, sino que está determinado en gran parte por su lugar en el plan general de Dios. Por lo tanto, se nos enseña que la vida de una persona, sus hijos y su sustento no dependen tanto de su mérito como de su mazal. Dios no reorganiza Su plan universal por el bien de un solo individuo.

Sin embargo, cuando una persona se acerca más a Dios, puede elevarse por encima de su mazal.

Nuestros sabios enumeraron muchas cosas que dependen del mazal, incluso un rollo de la Torá en su arca. Aunque la vida, el sustento y los hijos están en cierta medida influenciados por el mérito y la plegaria, en la mayoría de los casos, también están circunscritos por el mazal de la persona.

Sin embargo, cuando una persona se acerca más a Dios, y por lo tanto disfruta de un mayor grado de providencia, puede superar su mazal. Se nos enseña que el mazal no domina completamente a Israel. Lo importante a recordar es que todo está, en última instancia, en manos de Dios, y ningún hombre sabe realmente hasta qué punto Dios lo está protegiendo y guiando en todos sus asuntos.

Hacer el esfuerzo

Aunque el mazal de una persona pueda estar determinado en gran medida desde su nacimiento, siempre es posible cambiarlo alterando sus circunstancias. El esfuerzo sincero y el trabajo arduo también pueden cambiar el mazal de una persona, tanto en términos materiales como espirituales. El salmista aludió a esto cuando dijo: "Cántico de las ascensiones. Feliz [eres], todo aquel que teme a Dios y anda en Sus caminos. Comerás el fruto de tu esfuerzo. Feliz eres, y el bien [te está reservado]" (Salmos 128:1-2). "Feliz eres", en este mundo, y "el bien te está reservado", en el Mundo Venidero.

Asimismo, aunque Dios pueda haber decretado el bien para una persona, ella aún debe trabajar para obtenerlo, como nos dice la Torá: "Dios, tu Señor, te ha bendecido en todo el trabajo de tus manos" (Deuteronomio 2:7). La mayor bendición es la de los justos, quienes no ven ninguno de sus esfuerzos desperdiciados. Respecto a ellos, el profeta dijo: "No trabajarán en vano ni darán a luz para el caos, porque son la descendencia de los benditos de Dios" (Isaías 65:23).

Sin embargo, hay ciertas áreas en las que todo el esfuerzo del mundo no puede llevar a una persona más allá de los límites que el plan de Dios ha establecido para ella. La Escritura alude a esto cuando afirma: "La bendición de Dios es lo que hace rica a una persona, y el esfuerzo no añade nada a ella" (Proverbios 10:22). Por esta razón, se nos enseña que si alguien no ve una señal de éxito en un empeño durante cinco años, es probable que nunca tenga éxito en él. De manera similar, se nos enseña que no debemos ser demasiado obstinados o testarudos en imponer nuestra voluntad, ya que todas las cosas tienen su tiempo y su lugar.

Cadena de eventos

Dios juzga a cada individuo en relación con sus antepasados que lo precedieron, con sus descendientes que lo seguirán y con las personas de su generación, ciudad y comunidad con quienes está asociado. De estos factores, el mazal y el destino de una persona están más fuertemente influenciados por el linaje. Esto es cierto tanto por los efectos de la herencia y el entorno como por los valores morales que las personas internalizan a través de sus padres. Por lo tanto, se otorga una providencia muy especial a un niño en el momento de su concepción, cuando se determinan sus rasgos hereditarios y gran parte de su mazal. De manera similar, se evidencia un grado adicional de providencia en el momento del nacimiento.

El grado de providencia requerido para propiciar un matrimonio equivale a un milagro.

Cada matrimonio establece una cadena de eventos tan extremadamente compleja que es casi un mundo en sí mismo. Por lo tanto, el grado de providencia necesario para propiciar un matrimonio es tan grande como el requerido para un milagro. De aquí aprendemos que una de las principales tareas de la providencia formar parejas, incluso reuniendo a personas de extremos opuestos de la Tierra.

Por lo tanto, en cuanto un niño es concebido, Dios comienza a establecer una cadena de eventos que lo llevará eventualmente a su matrimonio. No obstante, esto puede revisarse constantemente, ya que cada persona tiene libre albedrío y su elección de pareja se verá afectada por sus valores morales. Además, como en todos los demás aspectos del destino de una persona, esto puede alterarse por mérito y plegaria. Pero en definitiva, sin importar lo que haga la persona, la formación de un matrimonio está en manos de Dios. Para que un matrimonio tenga éxito, debe estar hecho en el cielo. Por ello está escrito: "La casa y la riqueza se heredan de los padres, pero una esposa prudente proviene del Señor" (Proverbios 19:14).

Suerte económica

Tan importante como el control sobre las poblaciones humanas es la regulación que Dios ejerce sobre la vida económica del mundo. Una vez más, aprendemos que una tarea fundamental de la Divina Providencia es determinar la fortuna económica de cada persona e integrarla en el plan general de Dios. Así está escrito: "Dios empobrece y enriquece; Él humilla y exalta" (1 Samuel 2:7). De manera similar, el salmista dijo: "Porque Dios es el Juez: Él abate a uno y exalta a otro" (Salmos 75:8).

El grado de providencia necesario para situar a cada individuo en su posición económica es tan grande como el requerido para un milagro. Esto es especialmente cierto porque la riqueza afecta de manera diferente a distintas personas y, por lo tanto, no puede otorgarse únicamente en base al mérito. Por esta razón, la llave de la riqueza permanece únicamente en manos de Dios, y ni siquiera los justos tienen asegurado su sustento.

Dios sabe lo que es mejor para cada persona y distribuye su sustento en consecuencia.

En general, la cadena de eventos que rige el mazal económico de una persona está determinada en gran medida desde su concepción. Además de esto, cada persona es juzgada constantemente, y su fortuna financiera se determina en distintos períodos de tiempo. Dios trata de satisfacer las necesidades y deseos de todas las criaturas, como dijo el salmista: "Abres Tu mano y satisfaces los deseos de todos los seres vivos" (Salmos 145:16). Sin embargo, Dios también sabe qué es lo mejor para cada persona y distribuye su sustento en consecuencia. El rey Salomón pidió: "Concede a cada hombre según todos sus caminos, porque Tú conoces el corazón de cada uno, pues solo Tú conoces los corazones de los hombres" (Crónicas II 6:30).

Uno debe confiar en Dios y saber que así como Él da la vida, también dará el sustento. Sin embargo, uno también debe hacer su parte planificando para el futuro, para no caer en la categoría de "Tu vida penderá de un hilo" (Deuteronomio 28:66). Quien confía completamente en Dios tiene la certeza de que tendrá éxito en todos sus esfuerzos.

La duración de la vida

Aunque la esperanza de vida total de una persona está determinada por la herencia y el entorno, sus días están en gran medida predestinados desde su concepción, e incluso generaciones antes. Como está escrito: "Los días del ser humano son pocos y llenos de problemas. Florece como una flor y se marchita; [su vida] huye como una sombra y no perdura... Sus días están determinados, el número de sus meses está contigo. Tú has fijado sus límites, más allá de los cuales no puede pasar" (Job 14:1-5).

Cuando alguien vive el tiempo que se le ha asignado, muere sin temor ni sufrimiento, como una lámpara que se apaga cuando se consume su aceite. A una persona así se la compara con un fruto cosechado en su debido tiempo, como está escrito: "Llegarás a tu tumba en la vejez, como una gavilla de trigo llega a su tiempo" (Job 5:26). Es una bendición vivir el tiempo asignado, como Dios prometió: "Te haré cumplir vidas plenas" (Éxodo 23:26).

Sin embargo, los días de una persona pueden incrementarse debido a un gran mérito o acortarse debido al pecado. Está escrito: "El temor a Dios prolonga los días, pero los años de los malvados serán acortados" (Proverbios 10:27). Una persona puede morir antes de tiempo debido a su maldad o insensatez, como se nos advierte: "No seas demasiado malvado ni insensato; ¿por qué habrías de morir antes de tu tiempo?" (Eclesiastés 7:17).

Por lo general, una persona no es castigada con la muerte excepto por sus pecados. Sin embargo, hay ocasiones en las que una persona es castigada cuando Dios retira Su providencia de ella, dejándola morir por accidentes mundanos. Sobre esto está escrito: "Uno puede ser arrebatado sin [aparente] justicia" (Proverbios 13:23). Esto también ocurre en tiempos de juicio universal, cuando tanto los justos como los malvados son arrastrados juntos. De manera similar, en una gran mayoría de los casos, la muerte prematura no es causada por el decreto de Dios, sino por la propia imprudencia e intemperancia del individuo.

No obstante, toda vida que Dios toma lo hace con justicia. En general, Dios planea la muerte de cada persona de manera que le brinde a ella el mayor bien espiritual. Así, Dios puede quitarle la vida a una persona malvada para evitar que siga pecando, o a un individuo justo para que ya no tenga que luchar contra el mal en sí mismo. Por otro lado, Dios puede concederle más años al malvado para que se arrepienta, o quitarle años al justo para que no caiga en la maldad. El rey Salomón escribió al respecto: "Todo lo he visto en los días de mi vanidad: un justo que perece en su justicia, y un malvado que prolonga su vida en su maldad" (Eclesiastés 7:15).

Dios no desea la muerte de los justos, como está escrito: "Preciosa es ante los ojos de Dios la muerte de Sus santos" (Salmos 116:15). Cuando una persona buena muere antes de su tiempo, a menudo recibe la misma recompensa que habría obtenido a lo largo de toda su vida. De manera similar, al hacer un uso eficiente de su tiempo, muchos justos han logrado en poco tiempo lo que otros no pueden alcanzar en toda una vida.


Tomado de: The Handbook of Jewish Thought (Vol. 2, Maznaim Publishing).

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