3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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Esta experiencia frustrante me enseñó algunas lecciones interesantes.
De repente, perdí la voz. Fue la primera señal de que me estaba enfermando.
Perder la voz no fue nada divertido, pero esta experiencia frustrante terminó enseñándome algunas lecciones importantes.
Hablar se volvió tan doloroso que tuve que dejar de hacerlo por completo, ni una sola palabra. Pero aun así tenía que seguir cumpliendo con mis funciones de mamá. ¿Cómo iba a lograrlo, especialmente cuando fuera a buscar a mis dos pequeñas de la escuela?
Llegué, las abracé con fuerza y les hice señas para indicarles que no tenía voz. Mi hija mayor, que todavía es pequeña, adivinó correctamente lo que estaba pasando y exclamó con alegría: “¡Oh, yo también voy a fingir que no puedo hablar!”
Entonces ocurrió algo fascinante: el viaje en auto de regreso a casa fue más tranquilo que nunca. Sin peleas, sin quejas, sin discusiones... cero. Las niñas pidieron música y la puse. Fue el viaje en auto más relajante que tuvimos en todo el año. ¿Acaso es posible que mi voz y mi tono controlen la atmósfera y la temperatura emocional de las niñas?
La respuesta es un sí rotundo.
Muchas veces me descubro lanzando órdenes o teniendo conversaciones apresuradas con mis hijas. Pero ese día aprendí de verdad a escuchar y a conectarme de una manera más profunda.
Al llegar a casa, las niñas me contaron sobre su día. Como no podía hablar ni hacer preguntas, traté de mostrarles que realmente las estaba escuchando con contacto visual y expresiones faciales emotivas. No parecía importarles que no pudiera hablar. Casi parecía que estábamos más conectadas que en los días en que podía hablar normalmente.
Al perder la voz, dejé de intentar formular mis propias palabras mientras mi familia me hablaba. Y fue entonces cuando realmente empecé a conectarme.
Gritar estaba totalmente fuera de cuestión. Simplemente no valía la pena.
Antes de la hora del baño, intenté que las niñas caminaran hacia el baño. Con una gran sonrisa y gestos exagerados les indiqué que me siguieran arriba, pero ignoraron mis intentos. Estaban ocupadas jugando. Normalmente, usaría mi voz para guiarlas (léase: mandarlas) hacia la ducha, pero eso no era una opción. Me sentí impotente y les permití jugar un poco más antes de intentarlo de nuevo con suavidad.
Finalmente, con un poco de paciencia, las niñas subieron y se ducharon. Las actividades fueron a un ritmo más lento, pero en un ambiente más tranquilo.
La atmósfera general en casa fue más calmada. Mi incapacidad para responder o enfadarme transformó por completo nuestro hogar.
Gritar puede darte la ilusión de control en el momento, pero la pérdida a largo plazo para la relación es difícil de recuperar. Nada justifica levantar la voz, tengas o no tus cuerdas vocales en riesgo.
Sólo hablaba si era absolutamente necesario. Si podía evitarlo, permanecía en silencio. Evaluaba si la frase valía el dolor de pronunciarla, y la mayoría de las veces no lo valía.
Muchas veces quise añadir algo gracioso o interesante a la conversación, pero me contuve. Comprendí que algunas de esas veces, lo que iba a decir podría haber sido un chisme o algo hiriente, y me alegré de no haberlo dicho.
Descubrí el valor de preguntarme: ¿Lo que estoy a punto de decir es útil o dañino? ¿Vale la pena?
El judaísmo enseña que Dios te da un número finito de palabras en tu vida. Pero las palabras positivas, la plegaria y las palabras de Torá no restan de tu cuota personal. Estoy usando mis palabras con más sabiduría.
Mi voz aún no ha vuelto del todo. Aunque nunca habría pedido esta molestia, las lecciones que aprendí al enfrentar esta dificultad son invaluables.
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