Tras el terremoto en Venezuela, la comunidad judía responde con solidaridad
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Cuando los físicos observaron por primera vez que los electrones se comportaban simultáneamente como ondas y como partículas, se enfrentaron a una crisis intelectual. Los datos experimentales eran innegables, pero destruían todas las suposiciones previas sobre la realidad. Un siglo después, hemos construido industrias enteras alrededor de estos fenómenos "imposibles", pero el misterio subyacente sigue sin resolverse. La ciencia moderna nos ha enseñado una verdad que invita a la humildad: algunas de las realidades más poderosas de nuestro universo operan más allá del alcance de la comprensión humana.
El rey Salomón, considerado el hombre más sabio que jamás vivió,(1) descubrió este mismo principio tres mil años antes. Al estudiar la ley de la Vaca Roja, declaró con resignación: "Pensé que podría comprenderla, pero se me escapa".(2) Al igual que la mecánica cuántica, esta mitzvá se ha ganado la reputación de ser completamente inexplicable y, sin embargo, esencial.
Sin embargo, al comienzo de la porción de la Torá de esta semana, Rashi hace una afirmación sorprendente acerca de esta ley aparentemente incomprensible: "La Vaca Roja expía el pecado del Becerro de Oro".(3)
Si prestamos atención, esta afirmación parece una contradicción evidente. Si la Vaca Roja desafía toda comprensión, ¿cómo puede Rashi declarar con certeza cuál es su propósito? Rav Iosef Dov Soloveitchik(4) formuló precisamente esta pregunta, y su respuesta no solo resuelve la paradoja, sino que revela una profunda verdad sobre cómo debemos relacionarnos con la sabiduría divina.
Para comprender esta aparente contradicción, debemos volver al pecado del Becerro de Oro, que la Vaca Roja aparentemente viene a expiar. ¿Cómo ocurrió aquel pecado catastrófico? Cuando Moshé desapareció en la nube divina durante cuarenta días, el pueblo entró en pánico. No podía soportar la pérdida de su intermediario ante Dios, así que ideó una solución por cuenta propia: tomar oro, fundirlo y darle forma de becerro. ¡Problema resuelto!
Pero, a pesar de sus buenas intenciones, su método revelaba el error más fundamental de todos: creer que sabemos más que Dios. En lugar de consultar a Aharón, un profeta reconocido con décadas de experiencia, y en lugar de recordar que sus acciones estaban violando el segundo mandamiento que habían escuchado directamente de Dios apenas cuarenta días antes, decidieron actuar por sí mismos y seguir adelante con su plan defectuoso.
Este pecado fundamental ya aparece en la historia de Adam y Javá. El Arizal(5) explica que Javá no fue simplemente tentada por una fruta atractiva o por la promesa de sabiduría. Ella era una estratega brillante. Comprendió que si Dios había diseñado el mundo para recompensar el buen uso del libre albedrío, entonces la humanidad necesitaba desafíos cada vez mayores para alcanzar recompensas más elevadas. Al comer del Árbol del Conocimiento, pensó que aumentaría la dificultad de las futuras decisiones y, con ello, el potencial humano.
Su razonamiento era lógico. Sus intenciones eran nobles. Pero, por brillante que fuera su razonamiento, existía un problema fundamental: Dios les había prohibido comer de ese árbol. Aun así, ella comió y, con ese acto, introdujo a la humanidad en una realidad de sufrimiento y dolor que jamás habría podido prever. ¿Cuál fue su pecado? El mismo que el del Becerro de Oro y el que subyace a todos los pecados posteriores: creer que sabía más que Dios.
Después del pecado de Adam y Javá, la humanidad cayó a un nivel espiritual del que nunca volvería a recuperarse plenamente. Con una excepción.
Antes de recibir la Torá en el monte Sinaí, Moshé preguntó al pueblo judío si aceptaría los mandamientos divinos. Ellos respondieron: "Naasé venishmá"- "Haremos y luego comprenderemos".(6) Según el Talmud, esta declaración elevó al pueblo judío al nivel espiritual que tenían Adam y Javá antes de su pecado.(7) ¿Qué es tan extraordinario en esta simple frase que logró revertir miles de años de exilio espiritual?
"Naasé venishmá" representa la aceptación absoluta de la voluntad divina por encima del entendimiento humano. Significa que la acción precede a la comprensión. Cumplir la voluntad de Dios tiene prioridad sobre entenderla. La comprensión que pueda venir después sirve únicamente para profundizar la intención, nunca para sustituir los mandamientos divinos por nuestros propios razonamientos.
Gracias a este compromiso total con la autoridad divina, el pueblo judío corrigió perfectamente el error original de Adam y Javá y alcanzó nuevamente el nivel espiritual previo al pecado. Lamentablemente, cuando Moshé tardó en regresar, el pueblo repitió aquel antiguo error con el Becerro de Oro y volvió a descender espiritualmente.(8)
Ahora podemos resolver la paradoja. Preguntamos cómo puede Rashi explicar algo que, por definición, es inexplicable. ¿Cómo puede dar una razón para algo que trasciende la razón? La idea central es que Rashi no está explicando la Vaca Roja. Está revelando que precisamente porque la Vaca Roja es completamente incomprensible y trasciende toda lógica humana, expía el pecado del Becerro de Oro.
La Vaca Roja se convierte así en el antídoto perfecto contra el error fundamental de la humanidad. La aceptación humilde de la voluntad divina más allá de nuestra comprensión expía todos los pecados que surgieron cuando rechazamos esa voluntad para confiar exclusivamente en nuestro propio entendimiento. Una Torá que incluye la ley de la Vaca Roja nos obliga a reconocer que Dios sabe más que nosotros. No tenemos todas las respuestas y nunca las tendremos. Por lo tanto, nuestra misión no consiste en descifrarlo todo, sino en seguir una inteligencia infinita en lugar de depender únicamente de nuestra comprensión limitada.
Me gustaría sugerir una forma práctica de incorporar esta perspectiva de confiar en la voluntad divina por encima de la nuestra.
Cualquiera que se acerque hoy a la Torá —ya sea estudiándola o simplemente escuchando acerca de algunas de sus enseñanzas más controvertidas— se enfrentará a desafíos morales. Yo mismo experimenté esas dificultades cuando comencé a leer la Torá siendo adulto. Muchas cuestiones chocaban con mis sensibilidades liberales del siglo XXI. Un buen amigo me recordó entonces que, aunque era correcto tener una conciencia sensible, también debía reconocer que la moralidad de Dios procede de una sabiduría infinita, mientras que la mía está inevitablemente moldeada por el contexto cultural en el que vivo.
Y la moralidad cultural es poco fiable. La Alemania anterior al nazismo lideraba el mundo en ciencia, arte y tecnología, y aun así perpetró uno de los peores genocidios de la historia. El propio Hitler promovía campañas contra la crueldad hacia los animales mientras organizaba atrocidades masivas contra seres humanos. Donde la moralidad de la sociedad puede equivocarse, la moralidad divina permanece constante y objetiva. Por ello, cuando nuestras sensibilidades morales chocan con las enseñanzas de la Torá, la primera reacción no debería ser rechazarlas automáticamente, sino acercarnos a ellas con humildad. A veces, lo más sabio que podemos hacer es admitir, como hizo el rey Salomón, que existen verdades que están más allá de nuestra comprensión y, aun así, confiar en la sabiduría divina a pesar de nuestras limitaciones.
Que encontremos el valor para decir "Naasé venishmá" en nuestras propias vidas, confiando en la verdad divina mientras seguimos aprendiendo y creciendo.
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