Una "luz para las naciones", la misión del pueblo judío


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Un viaje a la Gran Sinagoga de Roma me llevó a comprender algo sobre la esperanza y por qué es aquello de lo que depende todo cambio verdadero.
De pie dentro de la Gran Sinagoga de Roma, no podía dejar de contemplar la arquitectura y todo lo que la rodeaba.
El edificio tiene forma de cruz porque no fue diseñado por judíos. Se incorporaron deliberadamente columnas romanas y griegas, un recordatorio grabado en piedra de los dos imperios que alguna vez creyeron haber aplastado definitivamente al pueblo judío. Cuando los nazis ocuparon Roma, hicieron planes para conservarla como museo, un monumento a una raza extinta.
La sinagoga se encuentra en lo que alguna vez fue el Gueto Romano, ubicada deliberadamente junto al río Tíber, que se desbordaba con regularidad y del que se esperaba que ayudara a terminar el trabajo que los imperios no habían podido completar. En otro tiempo, las iglesias rodeaban el gueto, construidas allí con la esperanza de presionar a los judíos para que se convirtieran.

Los griegos ya no existen. Los romanos ya no existen. Los nazis ya no existen. Y allí estaba yo, rezando en esa sala con un minián de judíos vivos, respirando.
Nunca había sentido nada parecido a la ola de esperanza que me invadió en ese momento. Una certeza que me caló hasta los huesos de que la promesa hecha al pueblo judío de que será eterno es real. Ningún imperio, ninguna ideología, ningún río iba a ser jamás el final de la historia.
Charles R. Snyder, investigador en el campo de la psicología positiva, pasó décadas estudiando por qué algunas personas logran cambiar sus vidas —romper un hábito, sanar una relación, reconstruirse después de un derrumbe— mientras que otras, enfrentadas exactamente a las mismas circunstancias, permanecen estancadas. Lo que descubrió sorprendió a muchos. Más esencial que la fuerza de voluntad era el poder de la esperanza.
Necesitas creer que realmente existe un resultado mejor y que tienes alguna forma de llegar hasta él. Si se elimina cualquiera de estas dos partes, las personas dejan de intentarlo. ¿Para qué esforzarse por cambiar si estás convencido de que nada será diferente al otro lado?
La esperanza es el requisito previo para el cambio. Antes de poder desarrollar nuevos hábitos, reparar una relación o comenzar de nuevo después de un fracaso, primero tienes que creer que para ti es posible comenzar de nuevo. Todo lo demás se construye sobre esa base.
Esta es una secuencia fascinante incorporada en el calendario judío.
Sales de Tishá BeAv destrozado. Has pasado el día lamentando la destrucción del Templo, el exilio y el largo catálogo de catástrofes que ocurrieron en esta fecha específica a lo largo de la historia. Para cuando termina el ayuno, estás espiritual y emocionalmente hecho pedazos.
Y, sin embargo, unas semanas más tarde se espera que llegues a Rosh Hashaná, el día en que te presentas ante el Rey del universo y pides ser inscrito para un nuevo año de vida. Que sueñes con la vida, que establezcas nuevas metas.
¿Cómo pasas de «todo lo que tenía ha sido destruido» a «soy digno de un nuevo comienzo» en siete semanas? Es una enorme distancia emocional que hay que recorrer.
La respuesta son las siete Haftarot que se leen en los Shabatot entre Tishá BeAv y Rosh Hashaná: las Shivá deNejemtá, las Siete Haftarot de Consuelo. Cada una es un mensaje de consuelo de los profetas a una nación quebrantada. Antes de poder pedirle al pueblo judío que realice el difícil trabajo de la teshuvá, del verdadero cambio, primero hay que darle esperanza, inculcarle la creencia de que la restauración es realmente posible.
La transformación no puede comenzar desde un lugar de desesperación. Por eso, el calendario judío no te apresura directamente de la ruina al juicio. Te da siete semanas completas durante las cuales se te dice, de siete maneras diferentes, que la historia no ha terminado, que reconstruir es verdaderamente posible.
Eso fue lo que me impactó en aquella sinagoga de Roma. Los imperios intentaron borrar al pueblo judío de la historia y, al final, se convirtieron en el paisaje de fondo de un pueblo que sigue en pie, que sigue rezando.
Pero ya has tomado esta misma resolución antes. Estuviste en esta encrucijada el Rosh Hashaná pasado, y también el anterior, trabajando en la misma debilidad, rezando por la misma relación, todavía estancado en el mismo lugar. Tu propio historial puede socavar cualquier sentimiento de esperanza en el cambio.
¿Cómo puedes creer que el cambio es posible cuando las pruebas que tienes frente a ti dicen lo contrario?
La investigación de Snyder ofrece una respuesta, porque la esperanza se construye a partir de dos ingredientes diferentes. El primero es tener un camino real hacia tu objetivo. El segundo es creer que eres capaz de recorrerlo. La decepción anual de la mayoría de las personas no demuestra que para ellas el cambio sea imposible. Demuestra que intentaron recorrer exactamente el mismo camino que ya les había fallado y esperaron un resultado diferente la segunda, la tercera o la décima vez.

Así que el cambio práctico es este: deja de preguntarte «¿Cambiaré este año?». Comienza a preguntarte «¿Qué estoy haciendo de manera diferente esta vez?». Si tu estrategia no ha cambiado desde el último Elul, el resultado tampoco cambiará. Un camino diferente —más pequeño, más específico, construido en torno a tus patrones reales en lugar de una vaga esperanza en la fuerza de voluntad— es lo que convierte «ya lo he intentado antes», de una razón para desesperarse, en simple información útil acerca de qué camino no funcionó.
Y busca las pruebas que ya tienes, aunque sean pequeñas. No necesitas tener a tus espaldas todo un año de transformación para justificar la esperanza. Necesitas un momento en el que no hayas hecho lo que habrías hecho un año antes. Ese único dato es suficiente para que la creencia sea legítima, no ingenua.
Así que, antes de tomar una sola resolución para el nuevo año, comienza a fortalecer el requisito previo fundamental: la creencia interior de que las cosas realmente pueden ser diferentes. Tu crecimiento futuro descansa sobre esa convicción.
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