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Los buscadores de la verdad

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Itró (Éxodo 18-20 )

por Rav Isajar Frand

Moshé y su esposa Tzipora, la hija de Itró, tuvieron dos hijos. Los nombres de sus hijos relataban su historia antes de retornar a Egipto como el mensajero de Hashem para redimir al pueblo judío (Shemot 18:3-4). "El nombre de uno era Guershón, porque dijo: 'Extranjero he sido en tierra extraña' y el nombre del otro era Eliézer: 'Pues el Dios de mi padre ha sido mi ayuda y me salvó de la espada del faraón".

El origen del nombre Eliezer es dado directamente: "pues el Dios de mi padre ha sido mi ayuda y me rescató de la espada del faraón". Pero el nombre de Guershón ("porque dijo: 'Extranjero he sido en tierra extraña'") trae la extraña palabra "dijo". ¿Por qué la Torá no podía decir simplemente "porque he sido un extranjero en tierra extraña"?

El Baal HaTurim explica que estas palabras aluden a un Midrash en Parashat Shemot. El Midrash dice que Itró le dio a Moshé permiso para casarse con Tzipora con la condición de que le entregaran a su primogénito para ser entrenado como un sacerdote de avodá zará. Moshé no tuvo más opción que aceptar y permitir que Itró educara a su primogénito, quien resultó ser Guershón. Las palabras "porque él dijo" aluden a Itró. ¿Por qué Moshé tuvo que darle su primogénito a Itró? Porque Itró le recordó que él era un extranjero en una tierra extraña y no estaba en una posición que le permitiera rechazar las condiciones que su futuro suegro ponía para el matrimonio.

El Baal HaTurim también explica que Moshé creyó que eso era lo que debía hacer. Él quería acercar a Itró a Hashem y al pueblo judío y sintió que podía lograrlo si se casaba con Tzipora. A pesar de tener que acceder a la terrible condición de Itró, Moshé creyó que su suegro finalmente se arrepentiría.

Lo que es realmente llamativo es: ¿qué fue lo que pensó Itró?

De acuerdo con el Midrash, Itró era un verdadero buscador de la verdad. Él llegó a entender que la avodá zará de Midián no tenía sentido. Entonces viajó por todo el mundo para investigar los cultos de las diferentes clases de avodá zará, y las rechazó a todas. Luego regresó a Midián, renunció a su alto cargo en el culto del lugar y renunció por completo a la avodá zará.

Pero el misterio es que él puso esa condición para que Moshé se casara con Tzipora después de haber renunciado a la avodá zará. ¿Por qué insistió en que su nieto fuera entrenado como sacerdote de la avodá zará de Midián cuando él ya había entendido que no tenía ningún valor? ¡Esto no tiene sentido!

Rav Jaim Shmulevitz, Rosh Ieshivá de Mir en Jerusalem, ofrece un profundo entendimiento de la mentalidad de Itró. Aparentemente, Itró era la imagen antigua de un hippy de los años 60. Él creía que la mejor manera de llegar a la verdad era a través de un camino de descubrimiento, tal como él lo había hecho. Itró definitivamente creía que la Torá era la verdad. Pero él había aprendido información importante al experimentar lo que otras culturas podían ofrecer para llegar a determinar que la Torá era superior.

Él también quería que su nieto llegara a descubrir la verdad de esa forma. Itró no quería que lo educaran con una ideología cerrada, protegido de todas las otras culturas e ideologías. Era mejor que usara la mente inquisitiva que heredaría de su abuelo y que luego siguiera sus pasos comenzando como sacerdote de Midián y que fuera eliminando una falsa ideología tras otra hasta descubrir la verdad de la Torá. Esto sería intelectualmente muy satisfactorio. Su nieto sabría que él tomó su propia decisión y se sentiría muy cómodo con eso.

Pero ese no es el camino de la Torá. Nosotros cumplimos mitzvot porque estamos obligados a hacerlas, porque somos siervos de Hashem, obligados a obedecerle, y no porque escogemos hacerlo porque decidimos que las mitzvot representan la verdad. Si Guershón era el hijo de Moshé, él no tenía el lujo de seguir un camino de descubrimiento, ni siquiera si de alguna forma estaba garantizado que llegaría al destino adecuado al final de ese camino. Los niños judíos no pueden probar la heterogénea mezcla de ideologías del mundo. Tienen el deber de servir a Hashem. Esto era algo que Itró simplemente no entendía.

Llevemos esta idea un poco más lejos. La Torá (Shemot 20:1) presenta a los Diez Mandamientos con las palabras: "Dios habló todos estos enunciados, para decir". Rashi cita un Midrash que dice que primero Hashem dijo "todos estos enunciados" simultáneamente, algo que el cerebro humano no puede comprender ni absorber. Sólo después articuló los Mandamientos de forma individual.

¿Cuál fue el propósito de Hashem al decirlos primero de forma simultánea si nadie podía entender lo que estaba diciendo?

Rav Iosef Dov Soloveitchik señala la diferencia entre los cinco primeros mandamientos y los últimos cinco. Los cinco primeros son relativos a bein Adam laMakom, la relación entre el hombre y su Creador. Todo el mundo entiende que estos decretos tienen origen Divino. Pero el segundo grupo, los relativos a bein Adam lajaveró, la relación del hombre con su semejante, pueden parecer que no tienen un origen Divino. "No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No mentirás. No codiciarás". Pensamos que entendemos estos mandamientos en un nivel diferente. Parecen ser un intento racional de la sociedad para regularse y protegerse a sí misma. ¿Acaso necesitamos que un decreto Divino nos diga estas cosas? Son evidentes. A fin de cuentas, ¿qué clase de sociedad sancionaría el asesinato y el adulterio?

Aunque puedan parecernos lógicas, la lógica no es la razón de estos Mandamientos. No evitamos matar o cometer adulterio sólo porque nos parece que eso tiene sentido. Lo evitamos porque Hashem nos prohibió hacer esas cosas. Por eso Hashem primero dijo todos los Mandamientos a la vez, para enseñarnos que todos son iguales, que todos son decretos Divinos que no podemos captar y que los obedecemos sin cuestionarlos porque esa es la voluntad de Hashem.

En la sociedad actual vemos claramente la diferencia entre una prohibición de matar secular y una Divina. Si asesinar está prohibido porque lo consideramos algo lógico, entonces el cambio de actitud puede permitir el aborto, la eutanasia e incluso el infanticidio, lo cual existe en ciertas sociedades. Pero cuando la prohibición es Divina, es algo absoluto. No lo obedecemos porque nos parece que tiene sentido. Lo obedecemos porque nos sometemos a la voluntad de Hashem.

Itró llegó al judaísmo a través de una investigación racional. Por eso cometió el grave error de dirigir a su nieto al sacerdocio del culto de Midián. Él quería que su nieto investigara por sí mismo, que encontrara el sistema que apelaba a su razonamiento. Pero ese no es el camino de la Torá. Sólo aplicamos la razón para reconocer a Hashem. Después de eso, todo es obediencia.

RECORDATORIOS DEL EXILIO

Los dos hijos de Moshé recibieron nombres que recordaban las tribulaciones y las pruebas que él experimentó durante su vida (Shemot 18:3-4). "El nombre de uno era Guershón, porque dijo: 'Extranjero he sido en tierra extraña' y el nombre del otro era Eliézer: 'Pues el Dios de mi padre ha sido mi ayuda y me salvó de la espada del faraón".

¿Por qué Moshé eligió estos nombres?

El Pardes Iosef explica que Moshé quiso asegurar que sus hijos crecieran con un sentido de la realidad. Al crecer en el plácido ambiente de Midián, ellos podían desarrollar fácilmente un falso sentido de seguridad. ¿Qué les faltaba a esos niños? Vivían con sus padres con paz y comodidad. Tenían abuelos. Eran respetados y honrados. Sus vidas eran tan perfectas como podían llegar a serlo, pero en la vida no hay garantías. Los niños judíos necesitan estar preparados. Tienen que tener consciencia de que siempre están en el exilio, que la persecución, el hambre, el caos y el terror pueden llegar repentinamente de la nada. Todo puede cambiar de un día a otro.

Al escoger estos nombres para sus hijos, Moshé estaba reforzando este mensaje en sus corazones. Les estaba diciendo: "Mírenme. Yo era un príncipe en el palacio del faraón. Tenía todo lo que uno puede imaginar. Era un niño privilegiado. Pero entonces todo se dio vuelta y tuve que huir para salvar mi vida y si el Dios de mi padre no me hubiera rescatado, los sirvientes del faraón me habrían matado".

El Pardes Iosef ilustra esto con la historia de los judíos de España. Hubo una época en que la vida de los judíos de España era casi perfecta, una verdadera era de oro. Estaban seguros, eran respetados y prósperos. Vivían en una tierra cálida y bella. Sus líderes, tal como Rav Shmuel Hanaguid, eran los honrados consejeros de reyes y sultanes. La Torá florecía entre ellos. Pero entonces todo cambió. Las fuerzas hostiles al pueblo judío ganaron supremacía. Los judíos perdieron su apoyo. Hubo terribles pogromos, y un siglo de turbulencia culminó con la expulsión de los judíos de España en Tishá BeAv de 1492. ¿Acaso alguien que vivió en la era dorada hubiera imaginado que eso podría llegar a ocurrir?

Si el Pardes Iosef hubiera visto el Holocausto, hubiera podido ilustrar mejor esta idea con lo que ocurrió entonces con el pueblo judío. Las cosas marchaban muy bien para los judíos de Alemania en el siglo XIX, pero ellos seguían estando en exilio, tal como el tiempo dolorosamente se los demostraría.

También en la actualidad vivimos con la ilusión de no estar más en el exilio. Hay maravillosos países, que Dios los proteja. Mi padre, el señor David Frand de bendita memoria, un judío honesto, compraba Bonos de Ahorro de los Estados Unidos cuando pagaban un 3,5 por ciento. Cuando era un jovencito, una vez le pregunté: "¿No puedes obtener algo mejor a cambio de tu dinero?". Mi padre me respondió que los Estados Unidos lo recibieron cuando él huyó de Frankfurt en 1939, y que él se sentía obligado a reconocer el favor comprando bonos del gobierno incluso con tasas tan bajas como el 3,5 por ciento. Eso es lo que debemos sentir por nuestro país. Sin embargo, no hay garantías.

El Talmud (Bava Batra 73b) relata en nombre de Rabá bar bar Jana: "Una vez viajábamos en un bote y vimos algo que resultó ser un pez. Era tan grande que se juntó arena sobre su espalda y pensamos que era una isla. Bajamos del bote y caminamos en esa supuesta isla. Horneamos y cocinamos. Pero cuando se puso demasiado caliente para el pez, él se dio vuelta y nos caímos. Si no hubiéramos estado cerca del bote, todos nos hubiéramos ahogado".

De acuerdo con el Maharshó, esta historia es una parábola. Todos estamos a la deriva en el tempestuoso mar del exilio y de repente vemos una isla. Pensamos que encontramos un refugio seguro. Cocinamos, horneamos, compramos casas, hacemos bodas y bar mitzvás. Tenemos hijos, nietos y bisnietos, y todo es maravilloso. Y decimos: "Ya no estamos en exilio. Estamos en una tierra que mana leche y miel". Entonces la isla se da vuelta y comprendemos que todo el tiempo estuvimos sobre la espalda de un pez. Entonces nos consideramos afortunados si tan sólo logramos no ahogarnos en el mar de nuestro exilio.





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