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Los efectos del exilio

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Shoftim (Deuteronomio 16:18-21:9 )

por Rav Baruj Leff

Ideas de la parashá inspiradas en las enseñanzas de Rav Yaakov Weinberg zt''l.

Quizás no lo notamos porque tenemos relativamente buenas relaciones con el mundo no judío (aunque los eventos de los últimos años nos sacudieron bastante), pero llevamos casi 2000 años en exilio. Este prolongado exilio devastó en muchos aspectos la vida normal judía.

El período reciente de las Tres Semanas de duelo por la destrucción del Templo, desde el 17 de tamuz hasta el 9 de av, tiene el objetivo de recordarnos que estamos de duelo. Si bien es cierto que las Tres Semanas ya pasaron y volvimos a la normalidad, en este momento es particularmente importante reflexionar sobre el crecimiento que deberíamos haber logrado.

Lo hacemos con el espíritu del Talmud en Brajot 32b: “Los antiguos piadosos se preparaban para rezar durante una hora, rezaban durante una hora y luego reflexionaban sobre sus plegarias durante una hora”, para aplicar en sus vidas el crecimiento que acababan de experimentar.

Al final de nuestras reflexiones, veremos un fuerte vínculo con Shoftim, la parashá de la semana.

Las Tres Semanas determinan "quiénes somos y cómo vivimos" como judíos. Cuando hacemos duelo por el Templo, cuando sentimos dolor por su pérdida y los sufrimientos que experimentaron nuestros antepasados durante este período, no guardamos duelo por un “dolor”. Los dolores no duran 2000 años. Incluso el dolor más agudo e intenso se disipa. Después de un año es menor, a los diez años es mucho más débil y mil años después no se siente en absoluto. No guardamos duelo por el dolor que sintieron nuestros ancestros, sino la pérdida que nos afecta hasta el presente.

Este es el reconocimiento y la afirmación que hacemos al ayunar el 17 de tamuz y al respetar las leyes de duelo durante las Tres Semanas y Tishá BeAv. Es la afirmación de que no tener un Templo nos convierte en un pueblo quebrado, incapaz de vivir una vida normal. Significa que caímos en un estado de enfermedad espiritual, por lo que no podemos pensar, sentir ni vivir correctamente.

Estamos en un estado de oscuridad, somos incapaces de tener con Dios la relación que necesitamos para vivir una vida espiritual, saludable y satisfactoria. No sólo perdimos oportunidades, sino que estamos lisiados y vivimos como inválidos. Este es el efecto más importante y trágico de la situación. Una persona ciega llega a un punto en el que acepta su ceguera y ya no siente una pérdida. No tiene consciencia de que no vive una vida normal, que tiene una minusvalía y que hay áreas enteras de experiencia y existencia a las que no tiene acceso. Comienza a pensar que vive la vida al máximo. No es conciente de que su incapacidad para ver colores, para apreciar la grandiosidad de la creación de Dios, es una carencia y una pérdida. Las acepta como la norma. Esto es trágico porque, al hacerlo, disminuye la creación de Dios.

Si esto es cierto en temas materiales, cuánto más grave es llegar a aceptar como normal tener una vida espiritual limitada. Si llegamos a pensar que vivimos una vida plena como un pueblo sin Templo, piensa el efecto que eso tiene sobre nuestro entendimiento de la existencia y de la razón de nuestra relación con el Creador. Aceptamos que es normal vivir sin poder ver el resplandor de Dios. Por alguna razón, nos parece que nuestra forma de vida es perfecta. No entendemos la idea de llevar animales al Templo, faenarlos, ponerlos sobre un altar y quemar su carne. Como nación, comenzamos a sentir que quizás los sacrificios no son necesarios.

Perdimos el sentido de compromiso y servicio a Dios, que sólo puede llegar a la plenitud al realizar ofrendas. Ya no valoramos poder conectarnos con Dios físicamente y demostrarle que nos entregamos completamente a Él; que si no derramamos nuestra propia sangre, es porque la sustituimos con la de los sacrificios. Pero que estamos dispuestos a entregar nuestro ser, nuestro cuerpo y nuestra sangre por Él (ver Un Templo lleno de sangre). Incluso si sólo llevo un sacrificio una vez al año, eso transforma todo mi año. Saber que abrí la oportunidad, el deseo, la decisión de llevar un sacrificio, me hace dedicar muchos días para él. Es una experiencia que me eleva. Es una forma distinta y más elevada de existencia.

Reconocer que la pérdida del Templo es realmente significativa, que sufro por ella a cada minuto de mi vida, es una necesidad absoluta para mantener nuestra cordura como judíos. Por eso los Sabios instituyeron el período de duelo de las Tres Semanas. La Torá que recibimos en el Monte Sinaí incluía todos los componentes necesarios para vivir una vida plena en el servicio de Dios; no le faltaba nada. ¿Cómo explicamos entonces la existencia de festividades y ayunos de origen rabínico? ¿Por qué los Sabios agregaron nuevas leyes a un Código perfecto entregado por Dios Mismo?

La única solución posible para esta dificultad es entender que cada ley rabínica que encontramos dentro del marco de la Torá no existe como algo ideal, sino que refleja una falencia del pueblo judío en áreas determinadas que forzó a los Sabios a tomar medidas para corregirla. Como enseña la primera Mishná de Pirkei Avot: "Asú saiag laTorá", "Hagan un cerco a la Torá cuando lo consideren necesario, agreguen preceptos y rituales a la Torá para mejorar el cumplimiento de cada uno de los 613 mandamientos".

Idealmente, la Torá tal como fue entregada por Dios estaba diseñada para que fuéramos autosuficientes” en el crecimiento espiritual. Sin embargo, el establecimiento de las Tres Semanas fue necesario para que conservemos la conciencia de lo que significa ser un verdadero siervo de Dios, de lo que significa conocerlo y tener una relación con Él. Debemos usar las Tres Semanas para volver a tomar conciencia, para evitar caer en la trampa de aceptar nuestra vida como normal.

Pero va más alla de esto. No sólo pensamos que es tolerable un mundo sin el Templo y sin los sacrificios, sino que pensamos que es normal y tolerable un mundo en el cual el pueblo judío y los valores de la Torá están subordinados. Estamos cómodos en Sudamérica, en Norteamérica, en Europa y en todo el mundo. No nos sentimos en la diáspora. Hablamos su idioma y nos relacionamos con ellos. Vivimos con su sistema de valores que a veces se opone a la Torá.

Aceptamos de ellos la definición de lo que es un buen matrimonio, y comenzamos a pensar que el romance y el amor son la base del matrimonio. Entonces el matrimonio se convierte primordialmente en un medio para la satisfacción personal. Poco después, el egoísmo pasa a ser parte integral de nuestra existencia, en lugar de comprender que el objetivo del matrimonio es aprender a preocuparse por la otra persona, acercarnos a ella y ser generosos.

Aprendemos de ellos, absorbemos de ellos porque no nos sentimos en el exilio, sino en casa. Si de vez en cuando alguien dice: "Bueno, en verdad no están en su casa", no queremos oírlo, no queremos enfrentarlo. Nos sentimos en casa, estamos cómodos. Esto es degradación y falsedad, no es la forma de vivir.

La observancia de las Tres Semanas es más que un duelo, es aceptar un compromiso respecto a que deseamos una forma de vida diferente y que entendemos que el propósito de nuestra existencia es completamente distinta a la forma en que vivimos en la actualidad. Es un compromiso a buscar una verdadera existencia judía y una verdadera existencia humana que requiere la conciencia de la necesidad de Dios como una presencia real y tangible.

Piensa por un momento. Después de haber visto en detalle muchos de los horrendos efectos que tiene el exilio sobre el alma y el sistema de valores judíos, ¿cuál es la consecuencia más debilitadora del exilio?

Parashat Shoftim comienza con el versículo:

Pondrás para ti jueces y policías en todos los asentamientos que el Eterno tu Dios te da, para todas tus tribus, y juzgarán al pueblo con un juicio recto (Devarim 16:18).

Los temas generales de parashat Shoftim son las leyes de los reyes, los jueces y la autoridad central de justicia que es el Sanedrín, la Corte Suprema de la ley judía.

Esta es la consecuencia más debilitante del exilio: la pérdida de nuestros jueces y de nuestra Corte Suprema de justicia. Si tuviéramos un Sanedrín, desaparecerían las disputas dentro del pueblo judío. Si bien la libertad para dialogar y las preguntas siempre fueron alentadas en el estudio judío (como dice el viejo dicho: "Dos judíos, tres opiniones"), mientras existió el Sanedrín todos los judíos siguieron como última palabra la misma ley, legislada por el Sanedrín. No había grupos o facciones separados que observaran leyes, costumbres o filosofías diferentes. El pueblo judío estaba unido.

Sin una autoridad central pueden comenzar las disputas “por amor al Cielo” y en busca de la ley de Dios pero que, demasiado a menudo, terminan siendo discusiones o peleas personales, llenas de odio. Un pueblo judío dividido es un pueblo judío que no puede tener grandes logros y que se provoca a sí mismo terribles sufrimientos. Las luchas internas eliminan la protección Divina, lo cual nos vuelve vulnerables al ataque de nuestros enemigos. Como dice el Talmud Ierushalmi en el tratado de Peá, Cap. 1 (parafraseado): "Aunque no lo mereció, el Rey Ajav ganó muchas guerras porque en su generación había paz entre los judíos. Lo opuesto también es cierto: si los judíos pelen entre sí, perderán las guerras".

Ese es el significado de la onceava bendición del Shemoná Esré:

Restaura a nuestros jueces con la influencia que tuvieron, y a nuestros consejeros con el prestigio que tuvieron en la antigüedad, y quita de nosotros la pena y los quejidos.

Todas nuestras penas y nuestros quejidos son resultado de la discordia y las peleas, y nuestras peleas son el resultado de la carencia de una autoridad central que legisle la ley y la práctica judía. Por esta razón la carencia del Sanedrín quizás sea la consecuencia más debilitante del exilio.

Expresamos aquí los dolores y las penas del exilio. Que vivamos para ver las alegrías y el júbilo de la redención, pronto en nuestros días.



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