Por qué los buenos líderes son ignorados


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La historia judía de la famosa cárcel de Alcatraz.
En la última de sus ya habituales y provocadoras propuestas, el expresidente Donald Trump ha dejado boquiabiertos a periodistas, analistas y funcionarios por igual al sugerir la reapertura de la prisión de Alcatraz, la legendaria fortaleza penitenciaria situada en una isla frente a la costa de San Francisco.
La noticia, que algunos han calificado de “descabellada” y otros de “símbolo puro del trumpismo”, ha reavivado la memoria de la prisión más famosa de Estados Unidos, convertida desde 1973 en museo y atracción turística que recibe más de un millón de visitantes anuales.
Inactiva desde 1963, Alcatraz es mucho más que un ícono del cine negro o una postal de la “mano dura” del poder judicial: fue una prisión federal de máxima seguridad que albergó a criminales tan célebres como Al Capone, “Whitey” Bulger o “Bumpy” Johnson. Pero en medio de tanto mito americano y criminales legendarios, la historia poco conocida es la de los presos judíos y el capellán que los acompañó.
Cuando Alcatraz abrió como prisión federal en 1934, el rabino Rudolph Coffee, pionero del sistema penitenciario de California, se aseguró de que los presos judíos —apenas siete en ese entonces— pudieran celebrar Pésaj y los Yamim Nora’im (Rosh Hashaná y Iom Kipur… es de esperar que celebrar Sucot hubiera sido imposible).
Durante Pesaj, el comedor de la prisión tuvo entonces, por unos días, una mesa aparte con matzot. El Séder, dentro de las limitaciones del penal, incluía bolas de matzá, salami y salmón.
Sin embargo, no todos los reclusos estaban impresionados. Morton Sobell, condenado por espionaje junto a los famosos Julius y Ethel Rosenberg, fue transferido a Alcatraz en 1951 debido a la gravedad de su crimen. En sus memorias, Sobell se quejó de que el rabino Coffee “solo hablaba de sí mismo y de su esposa”, y que su único gesto era repartir “un par de kilos de matzot” sin hacer preguntas. La falta de diálogo, insinuaba Sobell, podía deberse a lo incómodo que resultaba conversar sinceramente con criminales endurecidos.
Y es que los compañeros judíos de Sobell no eran precisamente ángeles. Entre ellos se contaban figuras oscuras del mundo del crimen americano, como Mickey Cohen, exboxeador y sicario de Los Ángeles, célebre por eliminar a otros mafiosos... judíos. Irónicamente, Cohen también fue uno de los principales financistas estadounidenses del Irgún, la organización paramilitar sionista liderada por Menachem Begin. En Hollywood, su figura fue mitificada en películas como Bugsy o L.A. Confidential, interpretado por actores como Harvey Keitel o Sean Penn.
Otro personaje menos glamoroso fue Irving Wexler, alias “Waxey Gordon”, contrabandista y narcotraficante ligado al mafioso Arnold Rothstein. Wexler fue recluido en Alcatraz también en 1951, aunque su nombre no ha alcanzado el aura literaria de otros.
No todos los reclusos judíos de Alcatraz llegaron allí por delitos comunes. El historiador Alex Tepperman descubrió el caso de George Brooks, judío de Minnesota, condenado por organizar una huelga de presos afroamericanos en Leavenworth en 1941. Brooks, de familia ortodoxa, hablaba en ídish y provenía del Pale de Asentamiento ruso. Su capacidad de movilización interracial alarmó tanto a los responsables del penal que decidieron enviarlo a Alcatraz como castigo.
En una entrevista posterior, Brooks comentó que los judíos “saben lo que es ser desposeídos de su tierra”. Su activismo y sus palabras resonaron décadas después durante la ocupación indígena de la isla (1969–1971), cuando el líder siux Richard Oakes recordó que Janucá es una “fiesta de liberación frente a fuerzas opresoras”.
El eco judío de Alcatraz ha llegado incluso a la ficción. El escritor israelí Abraham Ohayun, junto al dibujante Yehuda Yisrael, creó una serie de cómics que narran las desventuras de David Salah, un rico judío de Chicago condenado injustamente a cadena perpetua en Alcatraz, hasta que el Mossad intenta rescatarlo. En esta versión heroica, la prisión se convierte en el escenario de una épica de redención y justicia.
Alcatraz, apodada “la Roca”, fue concebida como un lugar del que no se podía escapar: rodeada de aguas heladas y corrientes fuertes, con tiburones y vigilancia implacable, su arquitectura refleja la filosofía de castigo extremo. Celdas de 2.5 por 1.5 metros, sin privacidad ni comodidades. D-Block, el bloque de castigo, era el infierno dentro del infierno.
La prisión cerró sus puertas en 1963 por los altos costos operativos. En las décadas siguientes, pasó a manos del Servicio de Parques Nacionales y se transformó en un museo de historia carcelaria... hasta ahora.
En pleno siglo XXI, con debates sobre derechos civiles y sobrepoblación carcelaria, la propuesta de Trump de reabrir Alcatraz suena anacrónica y teatral. Para algunos, es apenas otra distracción; para otros, una inquietante señal de nostalgia autoritaria.
Pero para quienes exploran las capas más complejas de la historia americana, la mención de Alcatraz es también la puerta a relatos inesperados.
Habrá que ver qué ocurre: Trump nos ha acostumbrado a anuncios rimbombantes que no siempre se convierten en actos. Lo que sí es seguro, es que esperemos que ya no haya judíos presos…
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