¿Encontraron realmente el Arca de Noé?


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Este Yom Kipur, aprendamos de nuestros hijos a pedir perdón.
En el ajetreo y bullicio de la vida cotidiana, donde se rompen reglas, se ignoran tareas y los platos del desayuno quedan sobre la mesa, observo que mis hijos dicen que lo sienten de muchas maneras diferentes.
Sus disculpas varían según la edad, el temperamento y el grado de culpa. Lo dicen avergonzados, con la mirada baja, jugueteando con las manos o metiéndolas en los bolsillos. Lo dicen de forma desafiante, mirándome a los ojos, con los labios apretados pero con la voz temblorosa en su determinación de no llorar. Lo lanzan por encima del hombro mientras salen corriendo de la casa: “¡Perdón! ¡Chau!”, o me lo presentan con reverencia, con las manos temblorosas, abatidos, esperando que lo acepte.
Piden perdón por cosas que rompieron, lámparas, tazas, platos; por cosas que perdieron porque no fueron cuidadosos. Piden perdón por momentos de falta de respeto o de mal humor, y por pereza y falta de voluntad. Piden perdón por sus acciones y por el tono de voz. Piden perdón incluso cuando en realidad no lo sienten, pero saben que deberían sentirlo. O piden perdón aunque lo volverían a hacer y creen que tienen razón o que lo que hicieron era necesario, pero aun así lamentan que yo no esté de acuerdo, que lo desapruebe.
Piden perdón porque temen las consecuencias, o porque su conciencia les duele, o porque saben que no estuvieron a la altura y quieren hacerlo mejor, o porque creen que me hicieron daño y saben que los amo.
Sus disculpas despiertan algo en mí, un anhelo de conexión, un impulso de compasión, una necesidad de volver a estar en la misma sintonía.
Su arrepentimiento hace que yo también me arrepienta. Por ser tan crítica, por tener estándares imposibles, por hacerles difícil estar a la altura, por haberlos lastimado de alguna manera.
El remordimiento de mi hijo despierta en mí bondad y amor. Y pienso (espero) que mi remordimiento ofrecido a Dios con culpa, tristeza y temor, y a veces desde la convicción de tener la razón, desde la indiferencia o la ignorancia, que mi “perdón” despierte en Él el mismo sentimiento. Que Él me mire con compasión y vea que estoy intentando y fracasando, que es difícil ser Su hija en este mundo. Espero que Él vea mis ojos desafiantes y mis manos temblorosas y sepa que tantas veces me muerdo los labios e intento no llorar. Que anhelo estar en la misma sintonía, que me avergüenzo de mí misma por haberlo decepcionado una vez más. Que sé que Él me ama y desearía poder hacer las cosas de otra manera.
Las maneras en que los niños lo dicen varían, pero lo dicen porque nos valoran y necesitan nuestro amor y compasión. Pedir perdón es extender la mano, esperando ser aceptado, recibir perdón y amor.
Y yo, una hija de Dios que ha fallado una y otra vez, que parece no poder hacer las cosas bien, que soy impaciente, desagradecida, torpe y molesta, también lo siento.
Me doy cuenta de que mis malas acciones lo lastiman, que mi falta de respeto y mi pereza son vergonzosas, que podría hacerlo mejor. Que debería hacerlo mejor. Anhelo estar conectada, ser comprendida y ser perdonada.
Así que, con voz temblorosa, susurro que lo siento porque sé que Él me escucha, y extiendo mi mano hacia mi Padre y espero Su perdón, Su aceptación y Su amor.
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