Una "luz para las naciones", la misión del pueblo judío


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Durante siglos, los judíos hicieron sus casas en cuevas ocultas en las montañas Nafusa de Libia, a salvo de enemigos y del duro clima del desierto.
A comienzos del siglo XX, el erudito y escritor hebreo ruso-israelí Nahum Slouschz viajó por el norte de África, en busca de antiguas comunidades judías que vivieran allí. Él describió pueblos judíos cuyos residentes vivían en cuevas, ocultos de los ojos de potenciales enemigos.
Después de un viaje de dos días desde Trípoli, Libia, a través del desierto a lomo de camello, Slouschz y sus compañeros de viaje “escalaban riscos salvajes, ascendiendo cada vez más alto. Finalmente, ante nuestros ojos se desplegó una meseta roja, salpicada de arbustos frutales, pero completamente carente de cualquier rastro de habitación humana. Un espectáculo extraño: colinas y valles fértiles donde, excepto por alguna ruina ocasional o una mezquita, no se veía señal alguna de presencia humana sobre la superficie; donde los muertos estaban sepultados sobre la tierra y donde los vivos habitaban en cuevas subterráneas apenas perceptibles”.(1)
Los viajeros pronto descubrieron que la apariencia de vacío era engañosa. Se toparon con un grupo de jóvenes mujeres judías que se sorprendieron al verlos. Un grupo de hombres, “bronceados y de complexión fuerte”, siguió a las mujeres. Reconocieron al acompañante de Slouschz, el rabino Mordejai de Trípoli, y dieron la bienvenida a los visitantes a su pueblo, llamado Beni-Abbes.
Aun así, Slouschz no vio ninguna casa. Él escribió:(2) “En vano buscamos entre las palmeras, los olivos, las higueras… no se veía rastro alguno de que hubiera habitantes, ni vestigio de las cuevas de las que tanto habíamos oído hablar”.
Finalmente, guiados por Said Shinani, el matarife ritual del pueblo, los visitantes “distinguieron una serie de agujeros cuadrados, grandes fosas casi ocultas por los montículos rojos a su alrededor. Podíamos oír el llanto de los bebés, el mugido del ganado, los gritos agudos de las mujeres, todo proveniente de las profundidades… Entonces nos acercamos a un agujero, una abertura en el costado de una colina como la entrada a una cueva. Pero… una puerta de madera nos fue abierta con una llave de madera, con la que Said forcejeó en la cerradura… Nos encontramos en una especie de galería oscura y desigual, excavada en el suelo rojo, que descendía constantemente y por la que sólo la costumbre podía enseñar a pasar sin contratiempos. Al cabo de unos quince o veinte metros nos encontramos en un patio, iluminado tenuemente por rayos de luz que se filtraban desde arriba. Este era el establo, donde se llevaron nuestros animales, y precedía al patio central donde vivían los humanos”.(3)
Las casas de los aldeanos estaban especialmente diseñadas para estar ocultas a los ojos de las bandas nómadas de saqueadores, comunes en el desierto desde la antigüedad. Slouschz escribe:(4) “Si esos invasores entraran al pueblo, tendrían la mayor dificultad en penetrar en una cueva irregularmente tallada y oculta a la vista”.
Cuevas en Gharian, Libia, que sirvieron de hogar a su comunidad judía. Klaus-Norbert, Wikimedia Commons
Las casas-cueva también protegían a sus habitantes del duro clima desértico, manteniéndolos frescos en verano y secos en invierno.
Slouschz y sus compañeros continuaron por un pasaje recto y llegaron a “un patio subterráneo cuadrado, bastante bien iluminado por un trozo de cielo visible a una profundidad de diez a doce metros desde la superficie de la tierra; esto proporcionaba toda la luz y el aire para los habitantes”.(5)
El patio servía como cocina y como taller. Las salas de las casas estaban excavadas en las cuevas o cavadas directamente en el suelo. La escasez de luz y aire hizo que los visitantes se sintieran algo incómodos, pero los residentes locales no parecían estar afectados por ello.
Había un total de seis patios subterráneos en el pueblo, que albergaban a 240 personas. Los lugareños contaron a los visitantes que la comunidad solía ser mucho más grande, pero fue devastada por la peste en 1840. Algunas aldeas vecinas fueron completamente aniquiladas.
Desde la peste, los sobrevivientes lucharon contra árabes locales que intentaron apoderarse de sus tierras, aprovechándose de la reducida población judía. Los habitantes se quejaron, con lágrimas en los ojos, de que los árabes araron el cementerio judío y profanaron las tumbas de sus antepasados.
El pueblo tenía una antigua sinagoga, ubicada en un hueco rodeado por un patio abierto, camuflada con tierra que cubría su techo. Los árabes intentaron clausurar la sinagoga. Se quejaron ante las autoridades diciendo que la presencia de la sinagoga era una profanación para una mezquita cercana. “Afortunadamente,” escribe Slouschz, “había jueces en Trípoli y dinero en manos de los judíos. Felizmente los judíos poseen un documento que prueba que la sinagoga existía en su ubicación actual 500 años antes de que se colocaran los cimientos de la mezquita”.(6) La sinagoga fue construida en la Edad Media.
Nahum Slouschz, 1926. Biblioteca Nacional de Israel, Dominio público, vía Wikimedia Commons
Trípoli, capital de la actual Libia, ha tenido una comunidad judía desde la antigüedad, mencionada ya en los escritos de Josefo.(7) En la Edad Media, Libia estuvo bajo dominio musulmán, y los judíos vivieron allí como dhimmis, ciudadanos de segunda clase a quienes se les permitía practicar su religión.
A comienzos del siglo XVI, España buscaba conquistar la mayor parte del mundo posible. Esto fue poco después de la expulsión de los judíos de España, cuando la Inquisición estaba en pleno auge.
En 1510, fuerzas españolas atacaron Trípoli desde el mar. Se desató una violenta batalla. Miles de habitantes locales fueron asesinados, y muchos más fueron capturados y esclavizados. Finalmente, Trípoli se rindió.

No interesados en vivir bajo el dominio español ni en ser sometidos a la inquisición, unas 800 familias judías escaparon de Trípoli hacia el sur, internándose en el desierto.(8) Allí construyeron los pueblos en cuevas que Slouschz y sus compañeros visitarían a comienzos del siglo XX.
Además de Beni-Abbes, hubo otros dos lugares cercanos donde los judíos vivieron en cuevas: el pueblo de Tigrina y la ciudad de Gharian. Estas tres comunidades en cuevas sirvieron como refugio seguro para los judíos que huían de la persecución.(9)
Entre 1551 y 1911, la zona formó parte del Imperio Otomano. Bajo el gobierno otomano, las comunidades judías mantuvieron su autonomía. Sus tierras y edificaciones fueron oficialmente reconocidas como propiedad judía. Los judíos construyeron dos sinagogas en Tigrina, una en Beni-Abbes y otra en Gharian. También reservaron tierras para cementerios judíos en las tres localidades.(10)
Los judíos de Tigrina y sus hogares en cuevas, 1943. Dominio público, vía Wikimedia Commons
Cuando Slouschz visitó Tigrina a principios del siglo XX, una de sus sinagogas había sido reconstruida sobre la superficie, “un edificio cuadrado dominado por una cúpula bastante baja”.(11) La otra sinagoga en Tigrina seguía siendo subterránea y se parecía a la de Beni-Abbes.
Había aproximadamente 20 patios subterráneos en Tigrina, que albergaban entre 650 y 700 residentes. En una de las sinagogas, Slouschz vio a un joven maestro enseñando a unos 40 estudiantes a leer hebreo.
En Tigrina, Slouschz conoció al Gran Rabino de la zona, Rav Halifa Hajaj, quien también servía como médico local, atendiendo tanto a judíos como a musulmanes. Slouschz describe al Rabino Hajaj como “de pequeña estatura, pero de apariencia venerable, con grandes ojos marrones y vivaces, una larga barba y una frente alta, que le daba un aire imponente”.(12)
En la casa de Rav Hajaj, Slouschz vio manuscritos que contenían hermosas poesías escritas por los residentes locales, en su mayoría de carácter litúrgico.
Además de sus prácticas religiosas, los judíos locales estaban ocupados en la agricultura y trabajaban como herreros. Las familias poseían cabras, gallinas, ovejas y burros. Los sábados, los árabes locales solían apropiarse de los burros y los usaban para trabajar en el campo, bajo el pretexto de que los judíos no los usarían en Shabat.(13)
En los días de mercado, los hombres judíos comerciaban diversos productos en el mercado. También recorrían la zona como comerciantes itinerantes durante las temporadas en las que no estaban ocupados en labores agrícolas.
Las mujeres administraban sus hogares, cuidaban a los niños y tejían túnicas, que luego vendían a los musulmanes. Los niños mayores ayudaban a sus madres y se encargaban de cuidar a los animales.
Las comidas se cocinaban en patios compartidos y se comían sobre alfombras en el suelo.
Slouschz describe la vida diaria en las cuevas como “extremadamente primitiva. Generalmente se contentan con pan de cebada, dátiles e higos, con cuscús y con bazin [pan de cebada sin levadura]. El pan blanco, que viene de Trípoli, es un lujo desconocido, incluso durante las festividades, que se observan rigurosamente. Para compensar, abusan del whisky de dátiles y de la pimienta roja”.(14)
Foto: Las Montañas Nafusa, donde se ubicaban las ciudades y pueblos en cuevas. Trtoot, Dominio público, vía Wikimedia Commons
En 1911, Italia conquistó Libia. Los árabes locales se rebelaron contra el dominio italiano, y las comunidades judías se encontraron en medio de una guerra. Cuando Italia selló la región, aislándola de la zona costera, la población local sufrió hambrunas, epidemias y sequías.(15)
Para 1922, Italia tenía el control total de Libia. Los judíos continuaron manteniendo su estilo de vida tradicional, aunque algunos niños judíos comenzaron a asistir a escuelas italianas y a aprender italiano. La vida judía siguió girando en torno a las sinagogas, con el liderazgo local aprovechando la estabilidad política para aumentar la educación judía. Importaron libros judíos tanto impresos como manuscritos y enviaron a los jóvenes a estudiar en ieshivot en Trípoli.(16)
En 1940, Italia se alió oficialmente con la Alemania nazi e instituyó leyes antijudías. Muchos judíos libios fueron enviados a campos de trabajo forzado. Dos de esos campos estaban ubicados en Gharian y Tigrina.
Los judíos locales que pudieron permanecer en sus hogares-cueva trataron de proporcionar alimentos a los internos judíos de los campos de trabajo. También dieron refugio a judíos que habían escapado de Trípoli y de otras partes de Libia.
En 1943, Gran Bretaña conquistó Libia de Italia y liberó a los prisioneros judíos. Las comunidades judías mantuvieron buenas relaciones con los británicos, proporcionándoles alimentos y suministros. Sin embargo, las relaciones de los judíos con la población musulmana local se deterioraron, especialmente cuando los judíos en la Tierra de Israel luchaban contra árabes hostiles por la independencia.
En 1945, estallaron violentos disturbios antijudíos en toda Libia. En la ciudad de Gharian, el líder judío local, Khlafu Huga Hassan, salvó a la comunidad judía gracias a sus conexiones diplomáticas. Aunque las propiedades judías fueron vandalizadas y destruidas, todos los judíos sobrevivieron ocultándose en la casa de un jeque musulmán local.(17)
Sin embargo, cientos de judíos fueron asesinados y mutilados en toda Libia. Las comunidades judías ya no se sentían seguras. Muchos judíos decidieron emigrar.
En 1948, cuando Israel declaró su independencia, otra ola de violencia antijudía se extendió por Libia. La mayoría de los judíos libios, incluidos los de las comunidades en cuevas, emigraron a Israel.
El resto de los judíos libios abandonaron Libia en las décadas de 1950 y 1960. Hoy en día, ya no queda ningún judío en Libia.(18)
Las antiguas casas-cueva ahora sirven como atracción turística para los visitantes de la zona.(19)
Nahum Slouschz, Travels in North Africa (Filadelfia: The Jewish Publication Society of America, 1927), Págs. 122-123.
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