Los rehenes están en casa y por fin podemos volver a bailar

13/10/2025

3 min de lectura

Después de 736 días, los rehenes regresan a casa, recordándonos que la verdadera unidad se forja en la familia, la fe y el amor: con las diferencias intactas, pero inquebrantablemente uno.

Están en casa.

Después de 736 días, casi exactamente dos años, nuestros hermanos finalmente están regresando a casa. Comenzaron a llegar en Hoshaná Rabá, la víspera de Sheminí Atzeret y Simjat Torá. Hoshaná Rabá marca la culminación del periodo de las Altas Fiestas, el último día en que las puertas del cielo están abiertas y nuestras plegarias pueden alcanzar su máxima fuerza.

Que este regreso marque el comienzo de la sanación, para quienes han sido liberados, para sus familias y para todos aquellos cuyos seres queridos aún no han vuelto a casa. Que nuestro clamor colectivo de hoshana (“por favor, sálvanos”) traiga consuelo y sanación a estas almas heridas, ayudándolas a sanar física, espiritual, emocional y psicológicamente.

Durante dos años los llevamos con nosotros. Cada día. Rezamos por personas que nunca habíamos conocido. Lloramos por familias que jamás habíamos visto. Sentimos su ausencia como una herida física. Sus familias se convirtieron en las nuestras. Su dolor, en nuestro dolor. Su esperanza, en nuestra esperanza.

Y en ese cargar con ellos, aprendimos algo extraordinario sobre quiénes somos.

Descubrimos que realmente somos un solo pueblo. Que la conexión entre los judíos es más profunda que la geografía, más profunda que la política, más profunda que cualquier diferencia de opinión. Aprendimos que es posible amar a alguien que nunca has conocido, simplemente porque es familia. Aprendimos que la unidad no consiste en pensar, opinar o actuar igual, sino en mantener el compromiso mutuo a pesar de las diferencias.

Estos dos años nos enseñaron el poder de esa unidad como nada más podría hacerlo.

Esta última semana lo he estado viendo reflejado. Hemos estado celebrando la festividad de Sucot en familia. Inevitablemente, en algún momento los niños discuten. Los hermanos adultos tienen apasionados y acalorados desacuerdos sobre prácticamente todo. Todo el tiempo. Las opiniones fuertes chocan, las voces se elevan, y es hermoso. Porque eso es lo que hace una familia. Discutimos porque nos importa profundamente. No estamos de acuerdo porque nos importamos unos a otros y nos importa nuestro futuro compartido. Debatimos con pasión porque estas cosas nos importan.

Los hermanos discuten. Significa que estamos lo bastante cerca como para ser honestos, lo bastante conectados como para discutir y tan unidos que ninguna discusión puede rompernos.

Ahora mismo, en este momento en que deberíamos estar más unidos en la alegría, hay fuerzas que buscan dividirnos. Sembrando discordia. Amplificando las diferencias. Convirtiendo el desacuerdo en división.

No podemos permitir que eso suceda. No podemos darnos el lujo de estar divididos.

En tan poco tiempo hemos sido testigos del caos del 6 de octubre y, desde las profundidades de la oscuridad, emergimos como un pueblo roto pero fuerte y unido el 8 de octubre. La unidad y el amor eran palpables cuando creímos en beiajad nenatzéaj, que solo juntos podríamos superar esta pesadilla. Pero con el tiempo lo olvidamos. Involucionamos y hemos vuelto a ser el pueblo judío del 6 de octubre.

No podemos permitirnos regresar a ese lugar oscuro. No después de todo lo que hemos pasado. No después de todo lo que hemos aprendido. Debemos recordar que cuando permanecemos juntos, con todas nuestras diferencias, con todos nuestros apasionados desacuerdos, solo entonces somos inquebrantables. Somos más fuertes no cuando todos pensamos igual, sino cuando elegimos seguir siendo familia a pesar de pensar distinto.

Esta noche, mientras en Israel (nosotros celebraremos la siguiente noche, el martes de este año) sostienen la Torá con fuerza y bailan, bailemos por ellos. Por quienes regresaron y por quienes hemos perdido. Bailemos con el conocimiento de que somos una sola familia: discutidora, apasionada, diversa y absolutamente inquebrantable.

Durante dos años hemos estado diciendo “volveremos a bailar”. Esta noche, lo haremos.

Somos hermanos y hermanas. No estamos de acuerdo, y está bien. Discutimos, y es hermoso. Porque significa que somos familia. Y la familia nunca se rinde entre sí.

Recordemos este momento. Atesoremos este sentimiento. Y nunca, jamás, permitamos que nos dividan otra vez.

Por fin, al fin, podemos volver a bailar.

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Tania
Tania
4 meses hace

Maravilloso!, hermoso, palabras que hacen llorar pero, llorar de alegría esta vez. Hoy, el corazón deja de estar "encogido", hoy el sol brilla de nuevo, como nunca.

CLAUDIA MARISA RESNIK
CLAUDIA MARISA RESNIK
4 meses hace

Siempre tiene que prevalecer luz sobre la oscuridad. Cada uno de ellos (a pesar de vivir en Argentina), son familia. Am Israel Jai !!!!!!

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