Los túneles secretos de la Cueva de los Patriarcas en Jebrón

08/03/2026

8 min de lectura

Sigue a los antiguos y modernos exploradores mientras descubren la cueva donde están enterrados los Patriarcas y las Matriarcas.

De acuerdo con el relato bíblico, la Cueva de los Patriarcas, en hebreo Mearat haMajpelá, la Cueva Doble, fue el terreno comprado por Abraham hace unos 3.700 años a las afueras de la antigua ciudad de Jebrón para servir como sitio de entierro multigeneracional. Esta célebre propiedad albergaría los restos de su esposa Sará, de él mismo, de Itzjak y Rivká, y de Iaakov y Leá, los Patriarcas y Matriarcas del Pueblo Judío.

A lo largo de la historia judía hasta los tiempos modernos, los judíos viajaron largas distancias para rezar en las tumbas de los justos. La Cueva de los Patriarcas en Jebrón es quizás la más antigua de estas tumbas de peregrinación. Al visitar el lugar, en vez de ver una cueva encontramos un edificio colosal de 2.000 años de antigüedad. La pregunta que se han hecho eruditos y exploradores durante milenios es: ¿dónde está la cueva original donde fueron enterrados Abraham, Itzjak y Iaakov?

El gigantesco mausoleo se atribuye al rey Herodes, quien construyó sitios como la ciudad de Cesárea, los palacios y fortificaciones de Masada, el Muro Occidental y el Monte del Templo. De hecho, el diseño, la distribución y las proporciones del edificio representan una réplica en miniatura del Monte del Templo. Las grandes piedras labradas en la pared exterior, por ejemplo, coinciden con el estilo de las piedras del Muro Occidental, con una superficie lisa y los característicos bordes herodianos.

Los mismos bordes herodianos también pueden verse en ciertas partes de Masada, aunque formados en yeso y no tallados en piedra. Toda esta construcción de alta calidad bloqueó la visibilidad de la cueva original, si es que realmente existía. Curiosamente, al rodear el sitio, no se encuentra ninguna entrada original. Las entradas actuales no datan del periodo herodiano, sino del siglo X EC, cuando los árabes gobernaban la zona y tallaron cavidades a través del muro herodiano.

Hombres rezando afuera de la Cueva de los Patriarcas. Observar cómo el corte de las piedras es similar al del Muro Occidental.

No es necesariamente inusual que un mausoleo antiguo no tenga entrada visible. Las pirámides de Egipto, por ejemplo, que albergaban los restos de los faraones, tampoco tienen entradas visibles al público. Algunas tumbas antiguas fueron construidas con entradas que luego fueron selladas y cubiertas por materiales de construcción para ocultar cualquier indicio de una abertura. Algunas tumbas tenían entradas secretas y otras entradas falsas. El motivo de toda esta estructura oculta era engañar a posibles ladrones. Como era común que los monarcas antiguos llevaran su riqueza y tesoros a la tumba, incluso debían tomar precauciones póstumas. Al parecer, algunos creían que podían “comprar” su entrada al Cielo.

La cueva perdida de Abraham fue un misterio durante siglos. Con el paso del tiempo, el edificio monumental pasó por varias modificaciones cuando imperios cristianos y musulmanes controlaron el sitio en diferentes períodos históricos. Dado que el nivel inferior de la estructura (presumiblemente donde se ubicaba la cueva) era inaccesible, se instalaron tumbas decorativas improvisadas en el nivel superior, que llegaron a representar a cada uno de los Patriarcas y Matriarcas. Todos los visitantes del sitio durante los últimos 1000 años rindieron homenaje a los Patriarcas exclusivamente en el nivel superior del recinto sagrado.

Dentro de la Cueva de los Patriarcas, en el Salón de Sará

Descender por una escalera oscura y estrecha

Uno de esos visitantes fue nada menos que Benjamín de Tudela, un explorador judío del siglo XII originario de España. Durante sus viajes, él documentó diversas comunidades judías en Europa, Medio Oriente y África durante la Edad Media. Al visitar la Tierra de Israel, entonces bajo control de los cruzados, se detuvo en la ciudad de Jebrón. Como todos los sitios sagrados e históricos de Tierra Santa, Jebrón atraía mucho turismo y peregrinación. En consecuencia, los cruzados nombraron custodios y guías locales para dirigir el tráfico y ofrecer información a los visitantes. Benjamín testificó que los guías informaban a los visitantes que las tumbas del nivel superior eran las auténticas tumbas de los Patriarcas y Matriarcas, pero si había presente un turista judío se le ofrecía acceso a las “verdaderas tumbas” a cambio de un pago especial.

Tras pagar el precio, Benjamín fue conducido a una sala con una reja de hierro. Una vez abierta, descendió por una escalera oscura y estrecha sosteniendo una vela encendida hasta llegar a una gran abertura hacia una cueva vacía. Entonces vio una segunda abertura hacia otra cueva vacía, y una tercera abertura donde, según declaró ver seis sepulcros con los nombres de los Patriarcas y las Matriarcas escritos en hebreo.

En el siglo XIII, los mamelucos (una dinastía islámica con base en Egipto) expulsaron a los cruzados de la Tierra Santa y, tras su victoria, impusieron leyes estrictas contra todos los no musulmanes, incluidos los judíos. Esas leyes incluían nuevas restricciones para acceder a lugares sagrados. Lugares como el Monte del Templo en Jerusalem y la Cueva de los Patriarcas se volvieron inaccesibles para los judíos. Aunque en períodos anteriores de dominio musulmán (antes de las Cruzadas) los judíos podían rezar libremente en estos sitios, los mamelucos prohibieron incluso la entrada. Esta situación se mantuvo legalmente durante exactamente 700 años, desde 1267 hasta 1967, cuando el área fue liberada por el ejército de Israel durante la Guerra de los Seis Días.

La espada del sultán

Durante el tiempo en que la Cueva de los Patriarcas estuvo fuera del alcance de los judíos, el sultán del Imperio Otomano, que controlaba la Tierra de Israel en el siglo XVII, estaba de gira por sus tierras y visitó Jebrón. Al visitar la Cueva de los Patriarcas, entró en el Salón de Itzjak y se inclinó sobre un agujero que, según la tradición, lleva directamente al lugar de descanso de los Patriarcas. Al inclinarse, su espada dorada, incrustada con diamantes y piedras preciosas, se deslizó y cayó por el agujero. De inmediato, el sultán ordenó que bajaran a un soldado con una cuerda para recuperar su espada, pero mientras lo hacían se oyeron gritos terribles.

Al volver a subir al soldado, estaba muerto. Se seleccionó a otro soldado y ocurrió lo mismo.

Una acuarela de David Roberts, circa siglo XIX.

Después de que varios soldados perdieran misteriosamente la vida intentando recuperar la espada, los árabes locales sugirieron que el sultán reclutara a un judío para la tarea. Se enviaron mensajeros a la comunidad judía local de Jebrón para pedir un voluntario, bajo amenaza de ejecución masiva. Tras mucha angustia y plegarias, el líder de la comunidad judía en ese momento, Rav Abraham Azulai, se ofreció voluntariamente para la tarea.

Según la leyenda, al ser bajado a la cueva, Rav Azulai se encontró con tres hombres con barba que le informaron que eran sus Patriarcas: Abraham, Itzjak y Iaakov. Sorprendido, Rav Azulai expresó su deseo de quedarse con sus antepasados y no regresar a la superficie. Los Patriarcas primero rechazaron su oferta y le informaron que debía devolver la espada al sultán, o toda la comunidad judía de Jebrón sería aniquilada. Pero también le informaron que su deseo había sido concedido: “En siete días estarás aquí con nosotros”.

Entusiasmado, Rav Azulai recogió la espada del sultán y se la devolvió. La comunidad judía celebró que su rabino hubiera sobrevivido y las buenas noticias que trajo. Durante la semana siguiente, Rav Azulai enseñó a sus alumnos las enseñanzas más profundas de la Torá, día y noche. Siete días después de salir de la cueva, su alma partió y fue enterrado. Un dato histórico curioso es que el nombre del sultán era Ibrahim (Abraham en español).

La niña que se arrastró adentro de la cueva

Durante siglos, las leyendas y relatos sobre judíos que visitaban los pasadizos secretos del complejo fueron parte del folclore judío. Durante la Guerra de los Seis Días en 1967, cuando el área pasó a estar bajo control israelí, exploradores y arqueólogos judíos pudieron analizar el sitio por primera vez en los tiempos modernos. Moshé Dayan, Ministro de Defensa en los años 60, temía que estallaran disturbios árabes tras el establecimiento de una sinagoga judía dentro de la Cueva, que había sido un santuario exclusivamente musulmán durante 700 años. Él sabía de la escalera sellada que conducía a la cueva dentro del Salón de Itzjak, que en ese momento se usaba como una mezquita.

Suponiendo que alguien pudiera entrar allí y descubrir otra entrada a la cueva sin pasar por la mezquita, se podría establecer un statu quo en el que los musulmanes rezaran arriba y los judíos abajo. La persona que descendería a la cueva fue una niña de 13 años llamada Mijal Arbel, hija del jefe del distrito de Jerusalem del Shin Bet, Iehudá Arbel. Como el agujero era muy estrecho, era más fácil que entrara un niño.

El agujero dentro del Salón de Itzjak

Tras un ataque árabe con granadas contra la población judía en octubre de 1967, las autoridades cerraron el sitio y Mijal descendió por el agujero. Mijal se encontró en la cima de una escalera estrecha que conducía a un túnel largo al final del cual había una gran sala. Aunque ella documentó y fotografió lo que encontró en esa sala, incluyendo lápidas e inscripciones en latín y árabe, nunca encontró la cueva original.

Encontrar la Cueva

No fue hasta 1981, durante las plegarias de selijot, que un equipo de voluntarios cinceló clandestinamente la roca y agrandó la abertura, lo suficiente como para que hombres adultos pudieran entrar por la escalera y el pasadizo subterráneo. Conscientes de las descripciones históricas anteriores, tanto antiguas como modernas, el equipo descendió por la estrecha escalera, atravesó el túnel y llegó al mismo salón donde Mijal había estado 14 años antes. Ellos entendieron que no se trataba de la cueva en sí, sino de una sala que podría conducir a ella.

Buscaron alguna clase de puerta o mecanismo de apertura, algo típico en tumbas antiguas. Inspeccionaron las paredes, pero no encontraron nada. Tras una larga búsqueda entre la oscuridad y el polvo, de repente les llegó una ráfaga de viento. Provenía del suelo. Al mover las manos sobre el piso, notaron el contorno de una protuberancia. ¡Era una piedra grande! Con gran esfuerzo, el equipo logró mover la piedra, revelando el pasaje secreto que esperaban encontrar, no a través de la pared, sino en el suelo.

El pasaje vertical conducía a dos cuevas, una encima de la otra. Por fin, la Doble Cueva (Majpelá en hebreo) había sido descubierta. Ambas estaban cubiertas de tierra y llenas de huesos humanos y cerámica. Parte de la cerámica fue extraída y posteriormente analizada. Todas las vasijas de barro fueron fechadas en el período del Primer Templo y provenían de distintas partes de Judea, lo cual indicaba que la Doble Cueva pudo haber sido un sitio de peregrinación religiosa durante la época de los reyes bíblicos.

Esto no es sorprendente. La Torá misma testifica que cuando Moshé envió espías a la Tierra de Israel, “Subieron por el sur y llegaron hasta Jebrón…” (Números 13:22). El Talmud enseña que Caleb (uno de los doce espías) se separó del grupo para postrarse y rezar en las tumbas de los Patriarcas en Jebrón. Por esta razón, la región de Jebrón fue dada como herencia a Caleb (Jueces 1:20). Él fue el primer peregrino en visitar el sitio, pero ciertamente no sería el último.

Por reverencia a los Patriarcas, se decidió no extraer los huesos de la cueva. Durante los meses y años siguientes, diversos expertos ingresaron a la recién descubierta Doble Cueva, incluyendo al Dr. Zeev Yavin, jefe de arqueología para Judea y Samaria, así como Doron Chen, destacado conferencista en arqueología, y el profesor David Ben Shlomo, jefe del departamento de arqueología de la Universidad de Ariel. Se publicaron estudios científicos e informes independientes, todos los cuales concluyeron que lo descubierto era efectivamente una cueva funeraria antigua, datada en la Edad del Bronce Medio, el período en el que habrían vivido Abraham, Itzjak y Iaakov.

Encontrar evidencia arqueológica de la existencia de la cueva bíblica fue importante, y tal vez otorgue más legitimidad a Herodes, quien claramente no construyó un enorme mausoleo en un lugar cualquiera. Aunque la Cueva de los Patriarcas fue efectivamente edificada sobre las tumbas de nuestros antepasados bíblicos, debemos recordar, sin embargo, la enseñanza de Rabán Shimón ben Gamliel (líder judío del siglo I) respecto a que “Los justos no necesitan monumentos, sus palabras son su recuerdo” (Talmud Shekalim 7a). En otras palabras, las tumbas de los justos no fueron construidas para ellos sino para nosotros, para visitar un lugar sagrado donde podamos conectarnos mejor con nuestro Creador.

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