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Lujo versus necesidad

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24/06/2015 | por Rav Shraga Simmons

Remodelar nuestra cocina proveyó una renovación extrema, pero en un aspecto inesperado.

A medida que nuestra familia fue creciendo, se hizo cada vez más evidente que nuestra pequeña cocina era desafortunadamente insuficiente. Necesitábamos algún tipo de expansión para permitir que más de dos personas se pudieran sentar cómodas y para crear espacios de alacenas para el torrente de comestibles que alimentaban a nuestra creciente familia.

Así es como comenzó el arduo proceso de buscar una solución. Revisamos revistas de arquitectura, hablamos con diseñadores de interior y visitamos las cocinas de los vecinos a ambos lados de la cuadra, y en el proceso, nos fuimos formando una imagen mental de nuestra “cocina soñada”.

Nuestro plan era expandir la casa hacia el patio, duplicando de esta forma el tamaño de nuestra cocina actual. Para esto harían falta planos de arquitectura, un permiso de la municipalidad y mucho tiempo, esfuerzo y dinero.

No hay problema, dijimos. Teníamos una visión y la motivación para hacerla realidad.

Luego tuve una idea. Ya que estábamos construyendo una extensión, podríamos construir también un segundo piso. Así podríamos agregar una suite, algo que uno de nuestros vecinos había hecho en su casa.

El presupuesto del constructor continuó subiendo, pero eso no nos disuadió.

Con todos los nuevos giros de nuestro sueño, el presupuesto del constructor subió, pero eso no nos disuadió. Obtuvimos los permisos necesarios y fijamos la fecha para la construcción.

Luego, en nuestra entrevista final con el constructor, él mencionó que el precio total subiría cerca de un 20% debido a una nueva ley impositiva que acababa de entrar en efecto.

Estábamos abatidos. Ya habíamos empujado el presupuesto más allá del límite y ahora toda la idea parecía imposible.

“Dios quiere que reconsideremos nuestro plan”, dijo mi esposa con humildad.

Y entonces fue cuando comenzó la introspección seria. "¿Deberíamos hacerlo o no?".

Las sabias palabras del Rey Salomón vinieron de inmediato a mi mente: “Nadie muere con siquiera la mitad de sus apetitos satisfechos”. En términos de nuestra situación, Salomón estaba diciendo que quien tiene una casa de 100 metros cuadrados quiere una casa de 300. Pero una vez que tengas 300 querrás 1.000, y así sucesivamente.

Salomón no estaba sugiriendo que suprimamos nuestro deseo de avanzar en la vida, y tampoco nos estaba confinando a una situación difícil en la que deberíamos luchar constantemente para hallar lugares dentro de la cocina donde poner las cosas y en donde no podríamos comer tranquilos sin ser empujados.

Pero en alguna parte hay que definir qué es suficiente; hay que saber cuando decir basta. El consejo de Salomón: haz una evaluación objetiva de tus necesidades reales versus lo que va más allá de esas necesidades y entra en al ámbito del lujo. En la gran lucha para balancear nuestras necesidades físicas y espirituales, toda inversión en un lado es invariablemente a costa del otro.

¿Cuánta tierra?

La historia de Leo Tolstoi, ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, habla de un hombre llamado Pahom. Él era un granjero que tenía una vida feliz. Luego, un día, un transeúnte desconocido le contó sobre un lugar en donde la tierra era barata y abundante.

Pahom viajó a ese lugar, en donde se reunió con un jefe tribal cuyas propiedades eran realmente vastas. Juntos hicieron un trato: Pahom pagaría $10.000 y, cualquiera área que él pudiese circundar a pie durante el curso de un solo día —desde el amanecer hasta el atardecer—, sería suya.

Al día siguiente Pahom se levantó antes del amanecer. Desayunó bien y llegó al lugar de salida —la cima de una colina—, exactamente al amanecer para reclamar su derecho. El jefe le advirtió: “Si no vuelves a esta colina antes del atardecer, entonces no obtendrás nada”.

Pahom comenzó a caminar hacia el norte, cubriendo terreno en buen tiempo. A la distancia divisó un frondoso y fértil valle, y se lo propuso como objetivo. ¡En unas pocas horas ya había cubierto 15 kilómetros!

Pahom miró hacia atrás y apenas veía la colina en la que comenzó.

El sol estaba subiendo en el cielo y ya había pasado un cuarto del día. Pahom vio que delante había más tierra buena. Es demasiado temprano para volver, pensó. Puedo apurar el paso después.

Y así continuó avanzando: un pequeño lago, un naranjal, un bosque frondoso. Cuanto más caminara, más podría adquirir. El día se tornó caluroso, el sol ya estaba sobre su cabeza. Había pasado la mitad del día. Pahom sabía que debía doblar a la izquierda para cubrir otro lado del cuadrado. Pahom sentía calor, y estaba cansado y sediento, pero estaba decidido a continuar.

Antes de darse cuenta, estaba cayendo la tarde. Pahom aún no había dado media vuelta para regresar a la colina. Entonces comenzó a asustarse. ¡Incluso si termino con un lote de tierra irregular, debo volver para llegar a tiempo!

Pahom caminaba hacia adelante, pero sus piernas estaban acalambradas, y el sol ya se estaba hundiendo en el horizonte.

Pahom caminaba hacia adelante, pero sus piernas estaban acalambradas, sus brazos le pesaban como el plomo y el sol se ya se estaba hundiendo en el horizonte.

El temor acortó su aliento una vez más. Mientras Pahom corría, su camisa y su pantalón se pegaron a su cuerpo por la transpiración. Un martillo latía en su corazón y sus piernas estaban a punto de colapsar.

Pahom podía ver a la gente en la colina gritándole para que se apresurara. Pahom presionó hacia adelante con lo que le quedaba de fuerza, pero el sol, grande, rojo y sangriento, se pondría en pocos minutos.

Las piernas de Pahom apenas podían moverse. Cuando llegó a la base de la colina, la última gota de sol se escondió detrás del horizonte.

Sin embargo, la gente continuó agitándose y pidiéndole que continuara. ¡Desde su punto de observación, en la cima de la colina, el sol aún no se había puesto!

Pahom empujó su agotado cuerpo cuesta arriba, jadeando y tosiendo, en un estado cercano a la alucinación. La gente lo alentaba. Con su último suspiro de fuerza, Pahom llegó a la cima de la colina, en donde inmediatamente colapsó y murió.

En ese momento la gente cavó una tumba para Pahom y lo enterraron allí. Tolstoi concluye: “Dos metros, desde la cabeza a los pies, esa es la cantidad de tierra que necesita un hombre”.

Sólo una prueba

¿Cuál fue el final de la historia con nuestra cocina? Después de recibir la noticia sobre el 20% de aumento en el costo y de habernos hecho mil veces la pregunta ¿lo hacemos o no?, decidimos dar marcha atrás y olvidar la idea. Hice una seria introspección y llegué a una evaluación objetiva: encontraríamos otras soluciones sin meternos en un proyecto de expansión.

Estaba listo para tirar los planos de arquitectura a la basura, cuando de pronto, recibí una oferta increíble.

Ya me había resignado a tirar los planos de la expansión a la basura cuando de pronto sonó el teléfono. Era un viejo y querido amigo al que le había ido bien en los negocios y que siempre compartía generosamente. Él escuchó la tensión en mi voz.

"¿Algo anda mal?", preguntó.

Le expliqué nuestro dilema con la cocina. Sin dudarlo, dijo:

"¿Y si te presto el dinero que necesitas para cubrir la diferencia? Puedes devolvérmelo en diez años".

¡Qué sincronización increíble! ¿Quién podría rechazar semejante oferta?

Le dije que tendría que pensarlo.

¿No sería maravilloso tener ese espacio extra? ¡Sí! Pero, ¿no había decidido objetivamente que había soluciones más modestas? ¡Pero el dinero era (casi) gratis! Además, ¿no era el momento de la oferta una señal obvia de que tenía que hacerlo?

O, quizás, era sólo una prueba para ver si nos mantendríamos firmes frente al progresivo materialismo.

¿Lo hacemos o no?

Pensé en una imagen que había visto en Facebook:

Y pensé cómo, en Génesis 33:9, Yaakov se reúne con Esav después de 20 años y cada uno describe su estatus material. Esav dice: “Tengo mucho”. Yaakov dice: “Tengo todo”.

Nota la diferencia en los enfoques. Esav indica que sí, que tiene “mucho”, pero que quiere más.

En contraste, Yaakov tiene todo lo que necesita.

Llamé a mi amigo, le agradecí por la generosa oferta y la rechacé cordialmente. No necesitábamos esta expansión; en términos de necesidad, ya lo teníamos todo.




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