Masacre en un evento de Janucá en Australia


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La elección de Mamdani marca un punto de inflexión para los judíos estadounidenses, empujándonos a todos los judíos de la diáspora a enfrentar la hostilidad en aumento, replantear viejas suposiciones y decidir qué clase de futuro estamos construyendo para nosotros y para nuestros hijos.
Durante casi ocho décadas, los judíos estadounidenses experimentaron una rara sensación de seguridad en Nueva York. La ciudad ofrecía ley, estabilidad y oportunidades ilimitadas. Más que en ningún otro lugar, Nueva York encarnaba la promesa de la posguerra proclamada por Miss Liberty: “Aquí puedes convertirte en lo que te esfuerces por ser; aquí, la puerta está abierta”.
Esa puerta no se ha cerrado, pero ya no se siente completamente abierta. Algo esencial ha cambiado. Y la elección de Zohran Mamdani como alcalde de la ciudad de Nueva York es una urgente señal de advertencia.
Nueva York, la ciudad más judía de los Estados Unidos, ha elegido a un hombre que repite los mensajes de Hamás, difunde el libelo de “genocidio” contra Israel y lo envuelve todo en el lenguaje de la “justicia social”.
La ventana de lo que se considera “aceptable” se ha desplazado tanto que aquello que antes habría terminado con una carrera política ahora se usa como estrategia.
Usar tropos antisemitas ya no descalifica a un candidato; lo impulsa. Micha Danzig señala que la ventana de lo que se considera “aceptable” se ha movido tanto que aquello que habría terminado con una carrera política ahora se usa como estrategia.
La victoria de Mamdani no se trata solo de un político radical. Nos dice algo sobre los votantes, los partidos, los medios y la cultura que lo hicieron posible. Nos dice que Alexandria Ocasio Cortez y su escuadrón no fueron anomalías políticas, sino la tendencia. Y revela hacia dónde podría dirigirse Estados Unidos en el futuro.
Por eso esta elección importa mucho más allá de Nueva York.
Durante tres generaciones, los judíos estadounidenses vivieron en lo que quizás fue uno de los exilios más bendecidos de nuestra historia. Sin muros de gueto, sin distintivos amarillos. Universidades y salas de juntas abiertas. Médicos, abogados, profesores, artistas y emprendedores judíos ayudaron a construir el país que les abrió los brazos.
Los judíos creían que aquí el antisemitismo era marginal. Aquí, el sistema nos protegería.
Es verdad que los judíos dijeron lo mismo sobre Alemania; pero Estados Unidos es diferente.
El 7 de octubre destruyó esa ilusión. Y la elección de Mamdani la destruye de otra manera.
Tras la peor masacre de judíos desde el Holocausto, “desde el río hasta el mar” se convirtió en un canto universitario. Estudiantes judíos tuvieron que atrincherarse en bibliotecas, arrancaron mezuzot de las puertas de los dormitorios y turbas rodearon sinagogas mientras las universidades emitían declaraciones sobre la “complejidad del tema”.
Ahora un hombre que llama “genocida” a Israel y se alinea con quienes corean “globalicen la intifada” se convierte en el alcalde de la ciudad que una vez simbolizó nuestra seguridad.
Esto no es Varsovia 1938 ni Bagdad 1941, pero el patrón resulta dolorosamente familiar.
Como advierte Micah Danzig, en ciudades que alguna vez fueron un tercio judías (Varsovia, Minsk, Bagdad, Trípoli) el proceso siempre fue el mismo:
lo que era indecible se volvió debatible;
lo debatible se volvió respetable;
lo respetable muy rápidamente se convirtió en política.
No estamos allí, pero estamos mucho más cerca que hace diez años.
Muchos judíos ya buscan consuelo:
Hay algo de verdad en eso. La mayoría de los estadounidenses no son antisemitas clásicos. Todavía hay muchos aliados y vecinos decentes.
Pero hay fuerzas complejas que hacen improbable que todo simplemente vuelva a ser como era:
Puede que la política estadounidense dé un giro en temas como el crimen, inmigración o economía. Pero no hay ninguna ley histórica que diga que dará un giro para los judíos.
España “se corrigió” siglos después de expulsar a sus judíos. Alemania también. Eso no ayudó a los judíos que creyeron ser ciudadanos permanentes de eras doradas que de pronto terminaron.
La historia judía ofrece una lente clara para momentos como este, y es sorprendentemente coherente.
La Torá describe al pueblo judío con una frase notable: “He aquí un pueblo que habita apartado y no es contado entre las naciones” (Números 23:9).
Originalmente pronunciada por Bilam, un hechicero hostil contratado para maldecir al pueblo judío, es una descripción de la realidad judía a lo largo de los milenios. No aislados, sino distintos. No mejores, solo diferentes de una manera que el mundo que los rodea nunca ha logrado asimilar por completo.
Y a lo largo de la historia, esa diferencia ha provocado fascinación, resentimiento y proyección. Cada vez que los judíos se convencieron de que por fin eran vistos como “igual que todos”, eventualmente la realidad los corrigió.
La Torá llama a Abraham “Ha-Ivrí”, literalmente “el del otro lado”. El Midrash explica: “Todo el mundo estaba de un lado, y Abraham del otro”.
La identidad judía comienza con alguien dispuesto a estar solo cuando la mayoría pierde su brújula moral. No es una reliquia antigua; es un patrón constante. Es un hilo conductor a lo largo de la historia judía, un recordatorio de que la supervivencia judía ha dependido con frecuencia no de mezclarse, sino de mantenerse firme cuando el mundo insiste en que el problema eres tú.
En otro episodio, Abraham entra en una ciudad y de inmediato teme por su vida, no por el crimen o la política, sino porque percibe que la cultura ha dejado de valorar los límites morales básicos. Hace una observación estremecedora: “No hay temor de Dios en este lugar, y me matarán” (Génesis 20:11).
No estaba haciendo un comentario teológico. Estaba diagnosticando una sociedad en la que la santidad de la vida humana, la verdad y los límites morales habían perdido todo significado.
Hoy, cuando la retórica pública se desquicia, cuando llamar “genocida” a Israel se convierte en un mérito, cuando multitudes celebran el terrorismo sin vergüenza, estamos viendo la misma confusión moral que enfrentó Abraham.
La historia judía enseña que cuando las sociedades normalizan la hostilidad hacia los judíos, ya están en caída libre ética.
En cada uno de esos momentos, los judíos se dijeron: “Esta vez es diferente”.
Y lo fue… hasta que dejó de serlo.
Los judíos deben dejar de decirse que Mamdani es una anomalía, que las turbas universitarias son solo “niños”, que los lemas antisemitas son simplemente “crítica política”.
Thane Rosenbaum ha escrito sobre la “enfermedad de la negación”: la negativa occidental a reconocer el mal. Los judíos no son inmunes. Queremos creer que el sistema nos protegerá; que si somos buenos ciudadanos, apoyamos las causas correctas, firmamos las declaraciones correctas, todo pasará.
La mayoría de los judíos estadounidenses no tomará el próximo vuelo de Nefesh B’Nefesh rumbo a Israel. Tienen trabajos, familias, hipotecas, padres ancianos. Decir “se acabó, hay que irse” no es realista para la mayoría de los judíos.
Pero hoy cada judío debería al menos preguntarse:
Para algunos, la respuesta será hacer aliá, irse a vivir a Israel. Para otros, puede ser un plan gradual: doble ciudadanía, vínculos más fuertes con Israel, pensar seriamente dónde estarán más seguros y serán más judíos sus nietos. Para todos, debería significar cambiar de “somos estadounidenses que casualmente somos judíos” a “somos judíos a quienes Dios ha colocado, por ahora, en Estados Unidos con una misión”.
La puerta dorada que se abrió después del Holocausto fue un regalo Divino. No está garantizada para siempre.
La “era dorada” de los judíos estadounidenses bien podría estar terminando. No con un estallido, sino con un susurro. No con pogromos y edictos, sino con hashtags, primarias y alcaldes que abrazan a nuestros enemigos.
Esto es doloroso, pero no sorprendente para quien tiene una visión panorámica de la historia judía.
La puerta dorada que se abrió después del Holocausto fue un regalo Divino. No está garantizada para siempre. Si ahora sus bisagras crujen, tal vez también sea una señal de Dios: un empujón para recordar quién eres, dónde perteneces en última instancia y el papel que desempeñas en el destino en desarrollo del Pueblo Judío.
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El problema fundamental radica en la decision del judio de hacer su vida alla donde cree que el gobernante de turno sera bueno o mejor con los judios.' No valen para el las decisiones politicas o economicas o sociales que pueda tomar el gobernante. Solo su relacion hacia los judios.'Y si este sitio no es adecuado, pues se pasa a otro. Ya dijo Herzl en su momento que el problema judio no es personal sino nacional. Solo el retorno de los judios a su Patria Historica, Israel, terminara con el exilio y con el antisemitismo.' Y asi quien quiere llevar una vida judia integra sin temores ni dicotomias vive en Israel, y por el contrario quien opta por un ilusorio progreso economico pues vivira en la diaspora, ocultando su condicion de judio y con las valijas prontas al cambio de sitio
Muchas gracias estimado Rafael Shore, tu reflexión es muy acertada y si agregamos que el Número 70 marca un ciclo cumplido, puede que nada sea casualidad. Todo es gracias a HaKadosh Baruj Hu.