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Mañana lo hago

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03/04/2008 | por Rav Yaakov Salomon

Me tomó más de diez años encontrar esos diez minutos.

Ellos me miraban cada mañana. Los gemelos me miraban.

Realmente no tenían nada en especial. No eran de oro de 24 kilates, ni de platino, y definitivamente no tienen un valor sentimental. Los había comprado en una tienda hace 15 años, y probablemente pagué menos de 12 dólares por ellos.

Eran bañados en oro con un hexagrama negro en el borde de cada uno, que se veía bastante ordinario. ¿Y saben qué? Me gustaban. Ellos estaban en mi armario, cerca de mis calcetines, en una vieja caja rectangular a la que ellos llamaban "casa". Los compañeros de habitación de los gemelos incluían varios sujetadores plásticos de cuello de camisa, un par de monedas canadienses, un viejo bolígrafo sin tapa y que no funcionaba y otros dos pares de gemelos baratos – sus primos supongo.

Uno de ellos estaba roto. La cosa con forma de hexagrama se había despegado de su base. No recuerdo exactamente cuando ocurrió, pero de seguro fue hace más de diez años. Y prácticamente cada mañana, por más de diez años, cuando estaba eligiendo mis calcetines o tomando un sujetador de cuello de camisa, el gemelo roto me hablaba.

"¿Cuándo vas a arreglarme?".

"¿Por qué no estás arreglándome?".

"¿Ya no te gusto?".

Las preguntas eran válidas. Y yo no tenía respuestas. Todavía me gustaban mis gemelos con forma de hexagrama tanto como me gustaban el día que los compré. También deseaba que estuvieran aptos para el uso, realmente sí. Pero nunca lograba encontrar el tiempo necesario para localizar el pegamento y repararlos. Y no es que uso gemelos todos los días, razoné, sólo de vez en cuando. Así que se quedaron en la lista de "accesorios discapacitados".

Un Desafío Vertical

Todas mis ventanas del primer piso están vestidas con persianas verticales. Las compramos apenas nos mudamos hace 13 años. Digo "vestidas" y no "cubiertas", porque "cubiertas" puede ser considerado un poco exagerado. Las ventanas solían estar cubiertas por persianas verticales, pero con el correr de los años, cuando nuestro salón, comedor y cocina fueron transformados por nuestros hijos y nietos en una pista de skate, cancha de bolos y estadio de béisbol, los espacios entre las persianas se volvieron un poco...eh...pronunciados.

Siendo unos dueños de casa preocupados y responsables, mi esposa y yo declaramos un día, nuestra clara intención de remediar la situación de las ventanas. Incluso llegamos a guardar las tablillas caídas...casi todas. Algunas de ellas fueron a un armario, otras se acumularon en el fracturado borde de la ventana, mientras que otras cuantas fueron mantenidas en su lugar de origen...como si nadie se diera cuenta que estaban despegadas del riel y bastante más abajo que las otras tablillas. Como saben, este es el tipo de cosas en las que uno se fija el primer o segundo día, pero muy pronto te acostumbras tanto a ellas que ya no parecen raras.

Un día, un amigo me mostró una extraordinaria invención. Hacen pequeñas piezas de plástico que se deslizan por la parte de arriba de las tablillas, y que remplazan la ranura de la tablilla rota por una nueva y funcional.

"¿Cuánto cuestan?", pregunté.

"Como un dólar", me dijo. "Y puedes comprarlas en cualquier parte".

Eso sonaba como una fabulosa solución a nuestro pequeño problema, así que hice una nota mental de comprar unas cuantas lo antes posible. Mientras tanto, las persianas permanecieron dañadas y en la decorativa lista de "accesorios discapacitados".

Mis Parlantes

Yo soy un amante de la música. Si tan sólo tuviera más tiempo, de seguro me sentaría a escuchar más música. Pero estoy limitado a los pequeños momentos que tengo en el auto y a los "acordes ambientales" que llenan mi hogar mientras me ocupo de otros asuntos importantes.

No tengo un sistema de sonido sofisticado, de alta tecnología, de alta fidelidad, con transductor electro acústico, 20.000 watts y sub woofer. Tengo un AIWA. Costó unos cuantos cientos de dólares, tiene unas cuantas funciones diferentes, se ve brillante, y funciona...más o menos.

Hace un tiempo atrás, me di cuenta de que algo no sonaba bien. La música sonaba débil y metálica. Si subía el volumen lo suficientemente alto, ayudaba un poco. Y me molestaba cada vez que ponía un CD.

Un día, me subí en una silla y descubrí que la música sólo estaba saliendo de los dos pequeños parlantes secundarios, y no de los principales.

El cable conector aparentemente se había desconectado de la parte de atrás de la unidad cuando moví los muebles para buscar algo. Solamente tenía insertarlos nuevamente.

Eso fue hace cuatro años.

Así que ahí estaba, caminando por la Avenida 16 hace sólo unas semanas, cuando me encontré frente a una tienda de cortinas y persianas. De la nada, se me apareció la imagen de mis dañadas persianas verticales. Entré.

"¿Tienen ustedes esas pequeñas cosas plásticas que se ponen en la parte de arriba...?".

"Cuestan un dólar cada una. ¿Cuántas quiere?", me interrumpió, alcanzando un gran montón de ellos.

"Me llevaré una docena", dije emocionado.

Nunca en la vida me había apurado tanto para llegar a casa. Crucé la puerta como si hubiéramos ganado la lotería. La familia se reunió a mí alrededor.

"¡Miren!" dije, sacando las cositas de la bolsa. "¡Puedo arreglar las persianas!".

Puede ser que se hayan decepcionado un poco.

Tomé la escalera y me fui a trabajar. Menos de cinco minutos después las ventanas estaban totalmente transformadas de penosas a perfectas, y pasaron de la lista de "accesorios discapacitados" al equipo campeón. Caminé por la casa, radiante. La sensación de orgullo y satisfacción que sentía en ese momento era enorme...bueno... es patético, pero se sintió como un logro increíble.

Emocionado con este ridículo sentido de realización y animado por mi reciente vitalidad, me puse en acción. Como un gladiador transportado desde la era romana, galopé al comedor y me paré frente a frente con la tarea que me esperaba – el mueble de 90 kilos que hospedaba mi AIWA. No hay problema. Un par de respiros hondos y un hombro un poco dislocado después, descubrí los cables desconectados, los reinserté, puse nuevamente el equipo en su lugar, y metí un viejo CD. Nunca había sonado mejor. ¿Tiempo total de inversión? Como dos minutos.

Pero la carrera aún no había terminado. Aún me esperaba una empresa final – el gemelo roto. No los voy a dejar en suspenso. El pegamento me estaba esperando pacientemente en mi caja de herramientas. Le puse como cuatro gotas del ultra potente líquido en el largamente humillado hexagrama y segundos después ¡VOILA! ¡Y se volvieron una sola carne!

Fue un impredecible y, para mí, monumental resultado de los sucesos.

Es difícil describir adecuadamente el alivio, la alegría, y el sentido de realización que sentí por resolver estas insignificantes, indistinguibles y triviales tonterías. Más aún, los efectos de este lapso temporal de responsabilidad no se han acabado, y han pasado semanas desde la transformación. Ahora, cada CD que escucho me hace sentir en un teatro de opera y, por coincidencia, estoy usando esas camisas que necesitan gemelos un poco más a menudo que antes.

¿No podemos invertir un segundo en decirle buenos días al vecino?

Pero de vez en cuando, sí vuelvo a la realidad y reconozco cuán absurda fue toda la experiencia. ¿De eso estoy orgulloso? Los tres esfuerzos combinados me tomaron en total ¡menos de diez minutos! ¿No pude encontrar diez miserables minutos en diez años para arreglar esas cosas?

Las ramificaciones son dolorosamente obvias.

¿No podemos encontrar tan sólo un par de minutos extras para hacer una llamada telefónica, a la abuela o a los tíos Norma y Samy, que seguramente les arreglará el día?

¿No podemos hacernos el tiempo para escribir "te amo" en una nota para nuestra pareja e hijos de vez en cuando? ¿Cuánto tiempo nos tomaría?

Cuanto tiempo más necesitamos para enviar un correo electrónico a un amigo que está solo, o a un profesor para agradecerle por la atención extra que le dio a Sara o a un anfitrión sólo para decir que la comida estuvo exquisita.

E incluso si estamos muy ocupados para eso, ¿no podemos solamente invertir un segundo en decirle buenos días al vecino, al cartero o al hombre de la limpieza?

Casi todos nosotros postergamos las cosas. Y cuando lo hacemos, privamos no sólo a los otros, sino también a nosotros mismos de cantidades inmensas de placer y satisfacción. ¡Que desperdicio!

Tú conoces muy bien tu lista personal de pequeñas cosas que pueden hacer una diferencia grande.

¿Qué estás esperando?

Sólo abre tus oídos.

Tus gemelos pueden estar hablándote.




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