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Manicuras para Israel

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03/12/2012 | por Emuna Braverman

No es tan tonto como piensan.

Si bien Los Ángeles es famosa por las estrellas de cine y los vagos de las playas, puedes vivir una vida completa y productiva aquí sin encontrarte con ninguna de estas dos especies, al menos no intencionalmente. Pero una cosa que no puedes evitar, un fenómeno generalizado que llena cada cuadra ¡es el salón de uñas! No estoy exagerando cuando digo que incluso en mi barrio (mayormente judío y a menudo observante), frecuentemente hay dos por cuadra, cuatro si cuentas ambos lados de la calle. Y, a diferencia de los restaurantes casher que parecen abrir y cerrar con dolorosa rapidez, estos establecimientos de manicura-pedicura parecen estar aquí para quedarse.

Durante mi niñez en una pequeña ciudad en Canadá, una manicura era algo reservado para una ocasión muy especial. De hecho, ni siquiera recuerdo haberme hecho una. Pero aquí en LA, no es poco común ver a madres e hijas (muy) jóvenes ¡pintándose las uñas en colores que combinan!

Niñas de primaria y secundaria son clientas regulares y constantes. Yo parece que estoy fuera de onda porque soy una infrecuente participante en este ritual. No porque no me gusta como se ve – sí lo aprecio, especialmente algunos de los colores más brillantes (fucsia siendo uno de mis favoritos). Sino que, apenas regreso a casa y entro a la cocina (lo cual es usualmente lo primero que hago al entrar por la puerta), se salta el esmalte fresco (los peladores y ralladores son particularmente traicioneros) y todo ese tiempo y dinero es malgastado (y que cosa más tonta por la cual irritarse).

Lo que me lleva a otras dos razones para dudar. No puedo soportar sentarme ahí, haciendo nada. Algunas mujeres lo encuentran relajante; yo solamente me siento ansiosa y lista para ir a hacer algo. Reconozco que, con cierta planificación, este problema podría resolverse fácilmente. Podría ir con una amiga y tendría la oportunidad de ponernos al día. Podría ir con una de mis hijas y sería una oportunidad para fortalecer lazos (esperen; ¿no es así como me convencen de que vaya de compras con ellas?). O podría hacer como una inteligente amiga hace y grabar clases en mi iPod (si tuviera uno) y escucharlas mientras mis dedos son pintados, trabajando así en la belleza interna y externa simultáneamente (¡eso si que es eficiente!).

Y luego está el dinero. Dado que hay tantos salones, el precio se mantiene bastante bajo (a menos que quieras una manicura francesa, que te raspen tus callos o un masaje extra). Pero aún así suma. Aún es un lujo que encuentro difícil de justificar.

Y aunque ciertamente me tienta. De hecho esta semana cuando mi hija sugirió que fuéramos juntas casi me rendí. Miré mis quebradas uñas y mis desastrosas cutículas y estuve a punto de hacer una cita. Podía sacar el dinero de alguna forma, de algún lado.

Y entonces pensé sobre la situación en Israel (de lo mundano a lo sublime) y decidí que preferiría donar esa cantidad (por más pequeña que fuera) a caridad, como mérito por los soldados y civiles enfrentando los serios desafíos de hoy en día. No podía soportar sentarme y relajarme en la silla de la manicurista mientras llueven misiles sobre casas y escuelas.

Y luego tuve una idea genial (yo creo). Si las mujeres de todo el mundo renunciaran a una manicura y donaran el dinero para ayudar a familias en Israel, los resultados probablemente serían sorprendentes. Muchos dólares van a los emprendedores inmigrantes quienes han abierto estos establecimientos y trabajan duro por ellos. Pero, mientras tanto, hay una necesidad de ayuda y de apoyo en Eretz Israel, una necesidad de que los judíos en Israel sepan que estamos apoyándolos.

Yo sé que suena tonto hacer una campaña de donar tu "manicura" a Israel y no tengo un slogan pegajoso, pero realmente pienso que tiene potencial y podría ayudar a hacer una diferencia. Podría hacer que las mujeres de todas partes se sintan involucradas, que sintan como que están contribuyendo, y aumentando su preocupación. Es un pequeño "sacrificio" con recompensas exponenciales. Necesitamos un lema, una frase memorable, una gran línea – yo no la tengo todavía, pero quizás esos fabricantes de esmalte de uñas que piensan en nombres como Barra de Mi Alma, No es Eso Precioso, Pienso en Rosado, y (mi favorita) En Realidad No Soy una Camarera, podrían ayudarnos…

Yo estoy donando mi manicura (¡y agregando la pedicura también!) a Yad Eliezer. ¿A dónde vas a donar tú la tuya?




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