La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina
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¿Por qué Dios nos castiga? Esta pregunta acosa tanto a creyentes como a escépticos. Se nos enseña que Dios es bondadoso, amoroso y compasivo. Sin embargo la Torá habla de consecuencias severas por desobedecer la voluntad divina.
Esta aparente contradicción alcanza su punto máximo en la porción de la Torá de esta semana, donde encontramos un castigo severo que oculta un regalo precioso. Dentro de esta misteriosa paradoja se encuentra una verdad profunda sobre la relación de Dios con Su pueblo, una que transforma no solo cómo entendemos la justicia divina, sino también cómo abordamos la disciplina y la educación.
En la porción de esta semana aprendemos que la tzaraat, la dolencia espiritual, no solo afecta el cuerpo y la ropa de una persona, sino también las paredes de su casa. Como vimos en la parashá Tazría, la tzaraat afecta principalmente a quienes hablan lashón hará (habla negativa o difamatoria), funcionando como una consecuencia medida por medida: así como la persona creó divisiones entre otros, ahora experimenta una clase de exilio cuidadosamente calibrado.
La progresión va de afuera hacia adentro: primero afecta la casa, obligando a la persona a abandonarla; luego se extiende a la ropa, obligándola a dejar su vestimenta; y finalmente, si el comportamiento persiste, afecta su propia piel. Entonces debe salir a las afueras de la comunidad, donde permanece hasta corregir la mentalidad que lo llevó a hablar mal de los demás.
Sin embargo, dentro de este duro decreto hay algo extraordinario. La Torá usa un lenguaje sorprendente al presentar este castigo: “Cuando entren en la tierra de Canaán que les doy como posesión, pondré tzaraat en una casa en la tierra que poseen”. ¿“Les daré tzaraat”? ¿Desde cuándo un castigo se describe como un regalo?
El Midrash(1) revela: los canaanitas, al enterarse de la llegada de Israel, escondieron sus tesoros dentro de las paredes de sus casas. El “castigo” de la tzaraat garantizaba el cumplimiento de la promesa Divina de darles “casas llenas de toda cosa buena”.(2)
Esto nos obliga a enfrentar una pregunta más profunda: ¿por qué Dios recompensaría a alguien que pecó con un tesoro oculto?
De acuerdo con el Ramjal, todo el propósito de Dios al crear el mundo fue otorgarnos el mayor bien posible.(3) Incluso el castigo, sorprendentemente, forma parte de este plan de bien. ¿Cómo? Porque inherente dentro del regalo del libre albedrío está la posibilidad de equivocarnos. Y cuando lo hacemos, nos alejamos del bien que Dios tiene preparado para nosotros. En esos momentos, como un padre que corrige el comportamiento de su hijo, Dios aplica el castigo para mantenernos en el camino correcto. La Torá lo enseña explícitamente: “Reconocerás en tu corazón que así como un hombre disciplina a su hijo, así Hashem tu Dios te disciplina” (Deuteronomio 8:5). Al comparar nuestra relación con Dios con la de padre e hijo, se nos enseña que toda corrección divina, incluso cuando duele, proviene del amor y del deseo de nuestro crecimiento.(4)
El rey Salomón enseña: “Hijo mío, no desprecies la disciplina de Dios ni aborrezcas Su corrección, porque Dios corrige a quien ama, como un padre apacigua a su hijo”.(5) Cuando experimentamos contratiempos o desafíos, nuestra reacción natural es ver solo el dolor superficial. Pero así como el dueño de la casa afectada por tzaraat descubre un tesoro debajo de las paredes dañadas, cada corrección divina contiene una oportunidad oculta para el crecimiento y la elevación.(6)
El Or HaJaim(7) añade otra dimensión profunda a nuestro entendimiento de los tesoros ocultos detrás del castigo. Más allá de los tesoros físicos que podían estar ocultos en las paredes, él sugiere que el verdadero tesoro es el método mismo de corrección divina: comenzar por la casa, luego la ropa y finalmente la persona. Esta progresión gradual representa el mayor regalo posible: la oportunidad de teshuvá (retorno espiritual). Al comenzar con los bienes externos y avanzar lentamente hacia el interior, Dios nos ofrece múltiples oportunidades para reconocer errores y corregir nuestro camino.
El verdadero tesoro, entonces, no es solo el oro físico ni siquiera el crecimiento espiritual, sino la oportunidad misma que Dios nos da de regresar a Él antes de que sean necesarias consecuencias más severas.(8)
Esta comprensión transforma no solo cómo vemos el castigo divino, sino también cómo abordamos la educación, tanto la propia como la de otros. Cuando necesitamos corregir nuestros hábitos o el comportamiento de nuestros hijos, podemos imitar el método amoroso de Dios:
Recordemos: la verdadera educación, al igual que el castigo divino, proviene del amor y apunta al crecimiento. Cuando abordamos la corrección con esta mentalidad, la disciplina se convierte en una de las mayores expresiones de amor.
Que tengamos el mérito de imitar la guía amorosa de Dios en todas nuestras relaciones, especialmente con nosotros mismos y con quienes están bajo nuestro cuidado.
Levítico Rabá 17:6
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