La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


6 min de lectura
¿Símbolo de esclavitud o de libertad? Exploramos los significados aparentemente contradictorios de este antiguo pan.
En enero de 1946, el Comité Anglo-Americano de Investigación celebró una audiencia en Jerusalem. Su primer testigo fue David Ben-Gurión, quien entonces era el principal líder de la comunidad judía en Palestina.
La tarea del comité era informar sobre las condiciones políticas y sociales en Palestina, que en marzo de 1946 todavía estaba bajo dominio británico. El futuro de Palestina era un tema en el que los dos aliados no coincidían. La opinión pública estadounidense apoyaba las aspiraciones judías de cierta soberanía en la Tierra Santa, y el presidente Truman presionaba al gobierno británico para que permitiera que 100.000 sobrevivientes del recién terminado Holocausto inmigraran a Palestina.
Pero Gran Bretaña se oponía a la inmigración judía. La hostilidad hacia los judíos era generalizada en todo el mundo árabe, donde el Imperio Británico tenía amplios intereses comerciales y diplomáticos, y Whitehall no estaba dispuesto a enfrentarse a la opinión árabe. Aunque la histórica Declaración Balfour de 1917 había apoyado “el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”, el gobierno cambió de postura en 1939, prohibiendo la entrada de la mayoría de los judíos y cerrando así una vía de escape de Europa justo cuando comenzaba el genocidio nazi.
Hoy el Comité Anglo-Americano en gran parte ha sido olvidado. Sus conclusiones quedaron sin efecto en noviembre de 1947, cuando las Naciones Unidas recomendaron dividir Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe. Sin embargo, el emotivo testimonio de Ben-Gurión a favor de la soberanía judía en su tierra ancestral todavía merece leerse.
En un pasaje memorable, el hombre que dos años después se convertiría en el primer primer ministro de Israel habló de la asombrosa longevidad del amor del pueblo judío por Sión.
“Hace más de 300 años un barco llamado Mayflower salió de Plymouth hacia el Nuevo Mundo”, dijo Ben-Gurión al comité. “Fue un gran acontecimiento en la historia estadounidense e inglesa. Me pregunto cuántos ingleses o estadounidenses saben exactamente la fecha en que ese barco partió, cuántas personas iban a bordo y qué clase de pan comían cuando salieron de Plymouth”.
Pocos estadounidenses, por supuesto, conocen esos detalles. Pero, continuó diciendo Ben-Gurión, innumerables judíos conocen los detalles de un viaje mucho más antiguo.
“Hace más de 3.300 años los judíos salieron de Egipto. Han pasado más de 3.000 años, y sin embargo cada judío en el mundo sabe exactamente la fecha en que salimos. Fue el 15 de Nisán. El pan que comieron fue matzot. Hasta hoy los judíos de todo el mundo, el 15 de Nisán, comen las mismas matzot —en América, en Rusia— y cuentan la historia de la salida de Egipto. Cuentan todo lo que ocurrió, todos los sufrimientos que padecieron los judíos desde que fueron al exilio. Y terminan [el relato] con estas dos frases: ‘Este año somos esclavos; el próximo año seremos libres. Este año estamos aquí; el próximo año estaremos en Sión, en la tierra de Israel’”.
El 15 de Nisán llega nuevamente. Y, como lo han hecho durante 33 siglos, los judíos de todo el mundo volverán a sentarse en la mesa del Séder de Pésaj, la comida ritual y el relato que marca el inicio de la festividad, y volverán a comer matzá (plural: matzot), el pan plano sin levadura del antiguo Medio Oriente. Por supuesto, el Séder es mucho más que comer matzá. La comida ceremonial está llena de costumbres y rituales: las hierbas amargas, las cuatro copas de vino, el relato del Éxodo, las Cuatro Preguntas formuladas por el más joven de la mesa, el agua salada que recuerda las lágrimas, el afikomán escondido, la copa de Elías y el gesto de reclinarse como símbolo de libertad. Pero no hay duda de que la matzá es el símbolo más representativo de Pésaj, tanto que la Biblia hebrea se refiere a la fiesta no solo como “Pésaj”, sino como Jag HaMatzot, la Fiesta de los Panes sin Levadura.
La matzá es uno de los alimentos preparados más simples: se hace solo con harina y agua y se hornea antes de que tenga tiempo de fermentar. Sin embargo, sus significados son ricos y aparentemente contradictorios.
Por un lado, es el “pan de aflicción”. Así se la describe en Deuteronomio, y así se menciona al comienzo del Séder, cuando se descubre la matzá y quienes están alrededor de la mesa declaran: “Este es el pan de aflicción que nuestros padres comieron en la tierra de Egipto. Que todo el que tenga hambre venga y coma”. De niño me enseñaron (y así se enseñó a innumerables generaciones de niños judíos) que comemos matzá en Pésaj para recordar las raciones de los esclavos. La matzá es dura, escasa y lenta de digerir. Si no sabe muy bien, al menos no se estropea. Durante los años de esclavitud en Egipto, la matzá era el recordatorio diario para los israelitas de su condición humilde: una corteza que simbolizaba la degradación y la miseria de su existencia.
Así comienza el Séder: recordando el “pan de aflicción”. Pero antes de que alguien tenga oportunidad de comer matzá (y mucho menos el abundante banquete que vendrá después) su significado cambia. En un pasaje clave, la Hagadá (el texto que se lee durante el Séder) cita otro texto bíblico para explicar el significado del pan sin levadura que hay en la mesa:
“Esta matzá que comemos, ¿qué significa? Significa que la masa de nuestros antepasados no tuvo tiempo de fermentar antes de que Dios los redimiera. Como dice (Éxodo 12:39): ‘Cocieron la masa que habían sacado de Egipto en tortas de matzá, porque no había fermentado; pues habían sido expulsados de Egipto y no pudieron demorarse, ni prepararon provisiones para sí mismos’”.
De repente, la matzá deja de ser el pan de la aflicción y se convierte en el pan de la libertad. Ya no es el alimento mínimo que sostuvo a los israelitas durante los años de duro trabajo, sino el alimento sencillo que prepararon cuando estaban a punto de alcanzar la libertad. Durante toda su vida habían comido matzá bajo las restricciones de la servidumbre, sin siquiera el tiempo para hornear un verdadero pan. Ahora, al apresurarse para salir de Egipto y dejar atrás su crueldad, nuevamente tenían demasiada prisa para hornear un pan con levadura. Prepararon otra vez el pan plano duro y seco que conocían tan bien. Pero esta vez no representaba la miseria de los oprimidos, sino la esperanza y la expectativa de un pueblo cuya vida estaba llena de nuevas posibilidades.
“La libertad está en la mente, no en el pan”, escribió Irving Greenberg en The Jewish Way, su fascinante libro sobre el judaísmo y el calendario judío.
La diferencia entre esclavitud y libertad no es que los esclavos sufran condiciones duras mientras que los libres disfrutan de comodidad. El pan seguía siendo igual de duro en ambos casos, pero la psicología de los israelitas cambió completamente. Cuando la corteza dura les era dada por amos tiránicos, la matzá que comían pasivamente era el pan de la esclavitud. Pero cuando los judíos abandonaron voluntariamente las fértiles tierras del delta para entrar en el desierto decididos a ser libres, cuando prefirieron comer pan sin levadura en lugar de esperar a que fermentara, la corteza dura se convirtió en el pan de la libertad. El esclavo, por miedo y falta de responsabilidad, se adapta al maltrato. El individuo libre, por dignidad y determinación, está dispuesto a cargar cualquier peso.
Pero ese no es el único mensaje de la matzá en el Séder.
La comida tradicional de Pésaj es la ceremonia más ampliamente observada de la vida judía. Aunque la Hagadá es larga y los rituales pueden parecer arcaicos, y aunque la preparación previa al Séder puede ser agotadora, se estima que alrededor del 70 % de los judíos estadounidenses asisten a un Séder cada año. En todos ellos habrá matzá y una invitación a compartirla: “Este es el pan de aflicción… Que todo el que tenga hambre venga y coma.”
¿No parece extraño que esta expresión tradicional de hospitalidad se pronuncie no cuando la elaborada comida del Séder está en la mesa, sino mucho antes, cuando lo único que hay para ofrecer es matzá seca? Rav Jonathan Sacks zt"l, reconocido intelectual público y miembro de la Cámara de los Lores británica, escribió que alguna vez se preguntó sobre esta aparente incongruencia. ¿Qué clase de hospitalidad es invitar a otros a compartir tu “pan de aflicción”? Encontró la respuesta en el gran libro de Primo Levi, Si esto es un hombre, uno de los primeros testimonios publicados por un sobreviviente del más infame campo de exterminio nazi.
Hacia el final del libro, Levi recuerda los terribles días de enero de 1945, cuando los alemanes huyeron del campo y el Ejército Rojo avanzaba. La mayoría de los prisioneros que aún podían caminar fueron evacuados en brutales marchas de la muerte hacia el oeste. Solo quedaron los que estaban demasiado enfermos para moverse. Durante diez días lucharon por sobrevivir con cualquier resto de comida que pudieran encontrar. Levi, que había conseguido algo de madera y carbón, encendió una estufa para dar calor a sus compañeros desesperados. Él escribe:
Cuando se reparó la ventana rota y la estufa comenzó a esparcir su calor, algo pareció relajarse en todos, y en ese momento Towarowski (un franco-polaco de 23 años con tifus) propuso que cada uno ofreciera una rebanada de pan a nosotros tres que habíamos estado trabajando. Y así se acordó.
Solo un día antes algo así habría sido inconcebible. La ley del campo de concentración era: “Come tu propio pan y, si puedes, el de tu vecino”.
La oferta de compartir el pan “fue el primer gesto humano que ocurrió entre nosotros”, observó Levi. “Creo que ese momento puede fecharse como el comienzo del cambio mediante el cual nosotros, que no habíamos muerto, empezamos lentamente a pasar de ser Häftlinge [prisioneros] a ser nuevamente hombres.”
Las palabras de Levi, escribió Rav Sacks, proporcionan la explicación que él había estado buscando: compartir la comida es el primer acto mediante el cual los esclavos se convierten en seres humanos libres.
Quien teme al mañana no ofrece su pan a otros. Pero quien está dispuesto a dividir su comida con un extraño ya ha demostrado ser capaz de fraternidad y fe, las dos cosas de las que nace la esperanza. Por eso comenzamos el Séder invitando a otros a unirse.
El pan de la aflicción y el pan de la liberación son indistinguibles. No es la matzá la que cambia. Somos nosotros.
Foto del título: Todd Rosenblatt
Nuestro newsletter está repleto de ideas interesantes y relevantes sobre historia judía, recetas judías, filosofía, actualidad, festividades y más.