La base de todas las relaciones es respeto, no amor


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El preciado Libro de Salmos de mi Bobe es más que un libro viejo. Es una máquina del tiempo.
En mi estante se encuentra un tesoro precioso. Aunque sus páginas empiezan a amarillear y sus letras comienzan a desvanecerse, sus palabras aún saltan de las páginas y llenan mi corazón cada vez que atrapan mi mirada. Porque es más que un libro viejo y usado. Es una máquina del tiempo.
Mi Bobe (abuela), Jaia Ester Bruckstein, nació el 15 de agosto de 1913. Creció en una casa hermosa, espaciosa y ornamentada en Bustina, Hungría (ahora Ucrania). Más tarde en su vida, nos contaría con nostalgia: "Éramos muy ricos". Su familia era prestigiosa y próspera, y la infancia de Bobe estuvo llena de abundancia: los platos y la decoración más hermosos, sirvientes que se encargaban de todo, e incluso una casa de huéspedes separada en su gran propiedad.
Era también un hogar hospitalario y cálido, rico en valores de Torá y actos de bondad, que atraía a toda clase de huéspedes. Algunos se recuperaban de enfermedades, mientras que otros eran Rabinos que llegaban de visita de toda Europa. Su familia, que incluía seis hermanos y más de 60 primos hermanos, era afectuosa y unida, una familia robusta y hermosa, impregnada de tradición judía. Fue durante aquellos primeros años, y luego en 1938 cuando ella y su esposo tuvieron su primer hijo, que mi Bobe abría su Libro de Salmos y recitaba las palabras de Halel y agradecía por todo lo bueno que le habían dado y por las bendiciones en su vida.
Como ocurrió con tantas otras personas, un día su cálida y placentera vida se hizo añicos. Ella, su esposo y su hija de cinco años, toda su familia y su comunidad, fueron llevados a Auschwitz.
De pie en la plataforma, un hombre con uniforme de prisionero se le acercó y le ordenó: "Ahora mismo dale tu hija a la anciana que está a tu lado".
Cuando estaba de pie en la plataforma, esperando que le dijeran en qué fila debía pararse, un hombre desconocido con uniforme de prisionero se le acercó y le ordenó: "Ahora mismo dale tu hija a la anciana que está a tu lado".
Mi Bobe, desorientada por el largo y arduo viaje en tren, siguió sus órdenes y entregó a su hija a su suegra, para nunca volver a verla. Con el paso de los días, hambrienta y agotada, Bobe encontraría reservas internas de fortaleza que nunca supo que tenía. Fue allí, en Auschwitz, donde vio a su padre por última vez, al otro lado de una cerca en el campo de hombres, sin reconocerlo hasta que él le llamó con voz débil, diciendo: "¿No me reconoces, Hajnal? Soy yo, tu Opa".
Un poco más tarde, en Ravensbrück, su hermana y su prima le encomendaban cada día dividir las escasas raciones de comida que recibían, porque era la mayor, la más sabia y tenía una profunda compasión e integridad. Fue allí donde su hermana menor, sintiéndose indefensa y desesperada, le confesó su plan de lanzarse contra el alambre de púas electrificado para acabar con su agonía. Mi Bobe fue quien, a pesar de estar igualmente abatida y agotada, le suplicó a su hermana, infundiéndole esperanza, fe y voluntad de sobrevivir. Fue allí donde clamó a Dios, desde lo más profundo de su sufrimiento, citando los mismos Salmos que antes cantaba con el corazón rebosante: "Mimaamakim karatija Hashem – Desde las profundidades te llamo, Dios".
Tras ser liberada y reunirse con los pocos miembros dispersos de su familia, la magnitud de la pérdida fue abrumadora. Entre los vivos estaba su primo hermano, un hombre maravilloso por quien había sentido interés años atrás y con quien había querido casarse, pero en ese momento sus padres no lo permitieron. Ambos se reencontraron en la casa de un primo en común en Rumania y decidieron casarse.
Juntos lloraron la vida que habían tenido, pues él también había perdido a su esposa e hijo en Auschwitz.
Juntos lloraron la vida que habían tenido, pues él también había perdido a su esposa e hijo en Auschwitz. Allí fue cuando se comprometieron a seguir adelante, paso a paso, mirando hacia el futuro. No quedaba nada para ellos en sus pueblos natales y era hora de seguir adelante.
Tuvieron un bebé, mi padre, obtuvieron visas y emigraron a los Estados Unidos para comenzar una nueva vida, pero las dificultades continuaron. Llegaron a la Isla Ellis con cicatrices de batalla, los bolsillos vacíos y sin conocer el idioma. Lograron conseguir trabajos en una fábrica de confección, cosiendo ropa. Mi abuelo no tenía idea de lo que estaba haciendo. Era un hombre brillante, pero sus talentos y habilidades no estaban en la costura y los tejidos. Trabajaba lenta y dolorosamente, luchando por terminar su parte. Mi abuela no permitió que lo despidieran. Pasaba los días trabajando rápida y arduamente para hacer el trabajo de mi abuelo, además del de ella, para que él pudiera conservar su empleo y su dignidad.
Fue allí, trasplantada a un nuevo mundo, con nada más que esperanza en el futuro, que clamó las mismas plegarias que la habían acompañado hasta ese momento, los Salmos del rey David: "Ezri meim Hashem – Mi ayuda viene de Dios".

A medida que pasaban los años, Bobe reconstruyó lentamente su vida. Crió a su hijo y apoyó a su esposo con dedicación y desinterés. Valoraba profundamente el estudio de la Torá en una época en la que no era tan común preocuparse por el estudio diario. En los fríos meses de invierno, se despertaba temprano para calentar la ropa en la estufa para que "sus hombres" pudieran estudiar juntos cada mañana con comodidad antes de irse al trabajo y a la ieshivá.
Con bondad y gracia, se entregó a su hermana Gizi, quien nunca tuvo el mérito de tener hijos propios, incluyéndola en cada aspecto de su vida para que tuviera una familia a la cual llamar suya. Fue en su apartamento en Washington Heights donde tuvo que decirle a su querido hijo de 13 años que no necesitaba ayunar como primogénito antes de Pesaj, porque hubo otro niño que llegó al mundo antes que él.
Y fue allí donde se reunió con el hombre que le arrebató a ese niño de los brazos en Auschwitz y, al comprender ahora que le había salvado la vida, mantuvo el contacto con él e incluso lo invitó a participar en todas las celebraciones de su familia.
A pesar de intentar seguir adelante, nunca pudo desprenderse por completo de su pasado. ¿Dónde más podía acudir sino a su Libro de Salmos para encontrar las palabras adecuadas que expresaran su anhelo de transitar hacia una vida de bondad y sin más tristeza? Hafajta mispedi lemajol li – "Transformaste mi dolor en danza".
En sus últimos años, nos transmitió lecciones de vida a nosotros, sus nietos, a quienes jamás imaginó llegar a conocer, a través de su actitud y sus acciones cotidianas. Aprendimos que cada miga de pan era valiosa y nunca debía desperdiciarse. Que cada nieto y bisnieto era un milagro, un regalo que jamás debía darse por sentado. Y que cada hito era una ocasión trascendental para participar y celebrar. No hubo una sola graduación, un día de visitas en los campamentos o una fiesta de Jumash que se perdiera. En cada una de estas ocasiones, su corazón se llenaba de najats y alegría al presenciar el renacimiento de su familia. Se deleitaba con el estudio de la Torá y la erudición de su esposo, con el éxito de su hijo en la medicina y con el hermoso hogar que él construyó junto a su maravillosa esposa, su preciada nuera.
Ella agradecía a Dios por todas las bendiciones y riquezas que tenía, con su amado Libro de Salmos en la mano.
Se sentía plena en su pequeño apartamento en Rego Park, Queens, sin sirvientes ni vajillas lujosas. Agradecía a Dios por todas las bendiciones y riquezas que tenía y, con su querido Libro de Salmos en la mano, cantaba: Kos ieshuot esá uveshem HaShem ekrá – "Alzaré la copa de la salvación e invocaré el Nombre de Dios".
En 1993 partí al seminario en Israel. En mi viaje de regreso para Pésaj quise comprarle algo a mi Bobei. Sabía que su viejo Libro de Salmos estaba desgastado y rasgado, y que había llegado el momento de darle uno nuevo. Mandé a grabar su nombre en la cubierta y, cuando se lo entregué, la sonrisa en su rostro y el brillo en sus ojos me confirmaron que había elegido el regalo correcto. En ese instante, ella supo que yo comprendía lo que era más importante para ella y la herencia que estaba transmitiendo.
El Libro de Salmos de mi Bobe
Tengo recuerdos vívidos de mi Bobe leyendo de ese Libro de Salmos, día y noche, incluso bien entrada en sus noventa años. Su conexión con Dios era inquebrantable, su amor por Él, palpable: Lehaguid Baboker Jasdeja, Veemunatja Baleiot – "Para proclamar Tu bondad por la mañana y Tu fidelidad por las noches".
Y así, durante los últimos 18 años desde su fallecimiento, el preciado Libro de Salmos de mi Bobe, aquel que le regalé hace 30 años, ha permanecido en mi estante. Es un símbolo de su tenacidad, valentía, fortaleza, perseverancia, fe profunda y amor inmenso. Y ahora, dado que sus páginas comienzan a amarillear y sus letras a desvanecerse, lo guardo enmarcado sobre mi estante para preservarlo por más tiempo y protegerlo por muchos años más. Cada vez que paso por el estante y lo veo de reojo, me sirve de inspiración. Me recuerda que, si bien, gracias a Dios, mis propios altibajos no se comparan en absoluto con lo que vivió mi Bobe, yo también, como todos, tengo días buenos y días más difíciles. Y que sin importar lo que ocurra en mi vida o en la de mis seres queridos, siempre puedo encontrar expresión, como ella lo hacía, en el Libro de Salmos.
Ahora que tengo la bendición de tener nietos que me llaman Bobe, miro esa máquina del tiempo en mi estante y siento la responsabilidad no sólo de transmitir el libro físico a mis hijos y nietos, sino también todas las lecciones, plegarias y lágrimas que ha absorbido. Intento con todas mis fuerzas transmitir los valores y mensajes que tuve el privilegio de recibir de las generaciones anteriores, y ser el siguiente eslabón en la cadena inquebrantable: Dor lador ishabajh maaseja – "Generación tras generación alabará Tus obras".
Una versión de este artículo apareció originalmente en la revista Mishpacha en Pésaj del 2023.
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Muchas gracias por este bello post. Mi alma lloro y gozo leyendo. Baruj Hashem!!
Exelente gracias por compartir!