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Mi doloroso camino hacia la felicidad

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14/11/2022 | por Devora Mozes

Yo era un verdadero monstruo y tenía que cambiar, rápido.

Cuando tenía diez años, me hospitalizaron por una extraña enfermedad que no terminaba. Para determinar su causa, no me permitieron comer. Naturalmente, eso me enojó mucho. Estaba enojada con todos los que me rodeaban, enojada con el mundo, enojada con una amargura que no pertenecía a una niña tan pequeña. Y constantemente me preguntaba a mí misma: ¿Por qué yo? ¿Qué es lo que hice mal? Estaba sufriendo y quería que todos lo supieran y lo sintieran.

Yo era un verdadero monstruo. Si alguien me preguntaba cómo me sentía, le respondía rugiendo: "¡Hambrienta!" "¡Horrible!" "¿Cómno piensas que puedo sentirme?". Si alguien llegaba a visitarme, me enfurruñaba y respondía con monosílabos breves y furiosos. Lloraba amargamente ante cualquier procedimiento. Las enfermeras tampoco salieron ilesas. A los 10 años, ya era suficientemente amargada como para superar a una mujer de 80 años. Todos los días pensaba en morirme y deseaba no haber nacido.

Entonces un día, todo cambió. Yo estaba en uno de mis humores más beligerantes, cuando llegó Cindy, la jefa de las enfermeras. Ella era rubia, bonita y extrovertida. Yo me quejé de estar muy hambrienta, y cuando ella me preguntó cómo me sentía con su tono animado y amistoso, yo le grité: "¡Terrible!".

Entonces, ella me detuvo en seco y me dijo:

"Todos los niños que están aquí están sufriendo. No eres la única. Ninguno vino aquí para divertirse. Puedes continuar por este camino, pero lo estás haciendo muy difícil para todos los que te rodean. Muy pronto nadie va a querer venir a visitarte, nadie querrá estar contigo y no tendrás amigos ni enfermeras que deseen ayudarte. Puede que sea difícil para ti, pero tienes que aprender a cambiar tu actitud y ser una mejor paciente. De lo contrario, todo sólo empeorará. Te estás provocando más sufrimiento del que realmente necesitas".

Me sentí avergonzada y muy herida. En un primer momento no quise escuchar lo que ella me dijo. ¿Qué sabe ella sobre el sufrimiento? ¡Ella es sana y hermosa! Pero después de pensarlo, tuve que admitir que tenía razón. Tenía que cambiar, y rápido. Odiaba en lo que me había convertido.

Comencé al día siguiente. La madre de una de mis compañeras estaba preocupada de que no tuviera una vida social si ninguna de las niñas me venía a visitar. No sé cómo logró convencerlas, pero consiguió que la escuela le diera permiso a dos niñas de mi clase para que cada día me visitaran durante las horas de escuela. Yo no lo entendí en ese momento, pero eso marcó una gran diferencia para mí. Estaba sola, dolorida y sufriendo, y mi autoestima cayó en picada.

Las niñas me temían; hasta ese momento, yo había reaccionado con mucha amargura y era insoportable. Pero las palabras de Cindy la enfermera hacían eco en mis oídos.

LLegaron dos niñas de mi clase, Melisa y Esti. Cuando ellas se asomaron vacilantes a mi habitación, yo levanté la vista y las vi. Antes de que pudieran decir algo (¡o salir corriendo!), las saludé amablemente, les convidé unos caramelos (lo único que me permitían ponerme en la boca, además de agua) y las invité a sentarse. Les dije que estaba feliz de que hubieran llegado y el tiempo pasó volando.

Al final de la visita, Melisa, con quien yo no estaba particularmente cerca en la escuela, se despidió y en un momento de completa honestidad, me dijo: "Esta vez fue mucho más fácil estar contigo. Has cambiado mucho. Yo temía venir por lo que pasó la última vez, pero fuiste mucho más amistosa y estabas más alegre. Gracias por ser tan agradable con nosotras".

Las acompañé hasta los ascensores al final del corredor y nos despedimos. Regresé a mi habitación, a mi pequeño televisor en la mesita junto a la cama, a mis tareas de la escuela, mi suero y mi dolor. Pero por dentro sabía que Melisa tenía razón. Y sabía que tenía que mantener esa nueva actitud.

Lentamente, a medida que pasaban los días y el dolor, traté de ser un "soldado", como me decía mi médico. Soporté todo con una sonrisa y comencé a agradecer a las personas que me rodeaban. Fue refrescante, vigorizante y, en cierto modo, incluso liberador.

A una edad muy temprana descubrí lo que significa ser fuerte, cambiar, sonreír a pesar del dolor, perseverar. Aprendí que tener dolor no significa que puedes imponer ese dolor a quienes te rodean. Puedes sonreír a pesar del dolor. Aprendí que ser feliz no tiene nada que ver con las circunstancias exteriores, sino con la motivación interior.

En síntesis, crecí.

 



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