Tras el terremoto en Venezuela, la comunidad judía responde con solidaridad


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Una voz interior silenciosa pero poderosa me repetía: “No te rindas”.
Mi historia es una de profundo dolor, esperanza inquebrantable y una fe que se negó a dejarme rendir.
Nací en una familia ortodoxa moderna en Brooklyn a mediados de los años 80. Exteriormente, guardábamos el kashrut, observábamos el Shabat y celebrábamos las festividades judías. Pero bajo la superficie, mi mundo era muy distinto.
De bebé, sufrí dos derrames cerebrales que me dejaron paralizada del lado izquierdo. Los médicos dijeron que nunca caminaría ni hablaría. Pero Dios tenía otros planes. A los 14 meses ya hablaba con oraciones completas. Caminé a los dos años. A los cuatro, me diagnosticaron pérdida auditiva completa en un oído, pero para octavo grado estaba avanzada académicamente en casi todas las materias.
A pesar de estos pequeños milagros, mi infancia estuvo marcada por la inestabilidad. Al cumplir 18 años ya había vivido en más de 20 lugares diferentes entre Nueva York y Florida. Enfrenté pobreza, abuso y el impacto emocional del deterioro de salud y la eventual adicción de mi madre. Vivía en modo supervivencia.
Aún así, había destellos de luz. Maestras amables. Mentores solidarios. Una voz interior silenciosa pero poderosa que me repetía: “No te rindas”.
En trabajo social hablamos de resiliencia: la capacidad de recuperarse de la adversidad. Pero el judaísmo enseña algo más profundo. La resiliencia no es sólo sobrevivir a la dificultad, sino crecer a partir de ella, transformar el dolor en kedushá (santidad).
La resiliencia no es sólo sobrevivir a la dificultad, sino crecer a partir de ella, transformar el dolor en santidad.
El Baal Shem Tov, el fundador del jasidismo, enseñó: “Cada descenso es para un ascenso.” Me aferré a esta enseñanza, especialmente en mis momentos más oscuros.
A los 21 años, empecé a salir en citas en serio, con la esperanza de formar un hogar basado en la Torá con alguien amable y equilibrado. Pero el mundo de las citas a menudo se sentía brutal. Experimenté rechazo, humillación y a veces crueldad. Hubo momentos en que dudé de mi valor. Pero en el fondo sabía que fui creada con un propósito, tal como soy.
En trabajo social enfatizamos la autodeterminación: el derecho a definir tu propio camino. Dejé de escuchar las voces que me decían cómo “debería” verme o vivir. En cambio, volví la mirada hacia dentro. Pregunté no qué querían los demás de mí, sino qué quería Dios para mí.
Estudié para ser profesora de estudios judaicos y luego trabajadora social clínica. Trabajé duro, apoyé a mi familia y protegí a mi hermano menor en tiempos difíciles. Cuando mi madre falleció repentinamente a los 32 años, caí en una profunda depresión funcional. Pero a través de terapia alineada con mis valores judíos y trabajo espiritual, comencé a sanar.
Comprendí que no quería salir con alguien por miedo o presión. Quería salir desde un lugar de verdad. Recé por alguien real: emocionalmente sano, espiritualmente abierto, de buen corazón y comprometido con una vida de Torá.
Muchos me dijeron que me conformara. Pero me negué. Conocí hombres que me juzgaron duramente. Algunos se burlaron de mis miedos, otros despreciaron mis valores. Un hombre me llamó “gorda y fea” mientras tomábamos un café. Otro esperaba que ignorara señales de alerta porque él venía de una familia adinerada.
Dios no me pedía que bajara mis estándares. Me pedía que los sostuviera con amor y paciencia hasta encontrar a alguien que realmente me viera.
Pero yo había crecido demasiado para traicionar mis valores. Comencé a entenderme no como alguien desesperada por amor, sino como una bat Melej, una hija del Rey. Mi dignidad no era negociable.
Dios no me pedía que bajara mis estándares. Me pedía que los sostuviera con amor y paciencia hasta encontrar a alguien que realmente me viera.
Y un día, apareció.
No era ostentoso ni perfecto, pero era amable, respetuoso, comprometido con el crecimiento y la Torá, y emocionalmente equilibrado. No veía mi pasado como una carga; lo veía como valentía. Valoraba mi fe, no a pesar de mis luchas, sino debido a ellas.
Si todavía estás esperando (amor, sanación, tu próximo capítulo), por favor recuerda: tu historia no ha terminado. No estás rota. Estás en proceso de ser.
Cada lágrima cuenta. Cada paso es una victoria. Dios no llega tarde. Te está preparando para la bendición que ha estado preparando todo el tiempo.
Como escribió el Rey David en los Salmos: “Min hametzar karati Ka — Desde los lugares angostos clamé a Dios”. El crecimiento no viene de la comodidad. Viene de los lugares estrechos y dolorosos. El sufrimiento, la enfermedad, los tropiezos… no son desvíos. Son el camino.
Tu valor no depende de tu estado civil, de tu capacidad física o de lo que la sociedad dice que deberías haber logrado. Eres valiosa porque fuiste creada a imagen de Dios.
Me casé a los 38 años, pero lo más importante es que me convertí en la mujer que debía ser. Fuerte. Compasiva. Enraizada en la Torá y la psicología. Aún creciendo.
Tu historia puede ser diferente, pero si te aferras a tu emuná (fe), tu bitajón (confianza en Dios) y tu verdad, también puede ser una historia de resiliencia y redención.
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Gracias Esperaba está lectura.