La Hagadá predijo lo que pasaría después del 7 de octubre


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Seymour Goldberg fue como uno de los tantos hombres y mujeres anónimos que heroicamente protegen nuestro país.
Era el primer Día de Acción de Gracias desde que mamá había enviudado. En lugar de la comida tradicional con pavo, terminamos frente a un bufé en un restaurante olvidable en un suburbio del noroeste de Chicago. Comimos callados, el silencio interrumpido sólo por el rugido de los aviones que despegaban y aterrizaban en el cercano aeropuerto O’Hare.
"Bueno, al menos este año no hay que lavar platos, mamá", dije con valentía al final de la comida, rechazando una flácida porción de tarta de calabaza como postre.
Mamá levantó la vista con lágrimas en los ojos, buscó en su bolso y me entregó un sobre manila grande. "Quiero que tengas esto. Eres escritor. Tal vez puedas usarlo".
Dentro del sobre estaban las semillas de una historia sobre un soldado raso de Chicago que sirvió valientemente durante la Segunda Guerra Mundial.

El nombre del soldado era Seymour Goldberg, número de serie del Ejército 36666036. Era uno de los tantos hombres —y ahora también mujeres— anónimos que heroicamente protegen nuestro país, aquí y alrededor de este mundo atribulado.
Seymour también era mi difunto padrastro, el que faltaba en nuestra cena de Acción de Gracias.
Seymour sirvió en la 23ª Compañía de Tropas Especiales, cuya existencia no fue reconocida oficialmente hasta 1996. Llamado el Ejército Fantasma, o el Ejército Fantasma de Patton, el 23º estaba compuesto por mil cien hombres seleccionados (con un CI promedio de 119), entre ellos Douglas Fairbanks, Jr., el diseñador de moda Bill Blass y el artista Ellsworth Kelly, algunos de los cuales se volverían famosos en la posguerra.
De acuerdo con la Asociación Nacional de Seguridad del Ejército, los talentos artísticos del batallón lo convirtieron en la unidad de engaño más inusual en la historia militar hasta ese momento. Jack M. Kneece, autor de Ghost Army of World War II, los llamó una “compañía teatral itinerante” que confundía al enemigo con tanques inflables, efectos de sonido e información falsa. Kneece escribió que el 23º salvó al menos 40.000 vidas.
Por qué Seymour Goldberg fue elegido para el Ejército Fantasma sigue siendo uno de los grandes misterios de mi familia. Sospecho que tuvo algo que ver con su increíble habilidad para las matemáticas. Nunca se graduó de la Secundaria Técnica Crane, pero podías lanzarle una serie de números, pedirle que sumara, dividiera o restara, y siempre te daba la respuesta correcta.

Sus documentos del ejército no revelan nada de su experiencia artística. Su ocupación civil era descrita como: “cocinero de pedidos rápidos. Asaba filetes y hamburguesas. Hacía carne a la barbacoa. Preparaba papas fritas. Compraba carne y otros suministros”.
Seymour trabajaba en Sally’s Bar-B-Q, conocido por tener las mejores costillas de Chicago. Su salsa barbacoa especial era legendaria, y él se llevó la receta secreta a la tumba. Un anuncio en la edición del 17 de agosto de 1957 de Chicago Welcome decía: “Encuéntrame en el original Sally’s para el sabor barbacoa más emocionante de tu vida.” Unas páginas después, aparecía una foto de un joven Seymour, la dueña Sally Reitman y una pila de costillas.

Seymour era judío, uno de los 500.000 soldados de esta religión que sirvieron en la Segunda Guerra Mundial. A menudo estuvo detrás de las líneas enemigas y una vez estuvo a punto de ser capturado mientras robaba huevos de una granja. Podemos imaginar el deleite de los nazis de haber capturado a un soldado aliado judío.
Mi padrastro no era un hombre particularmente afectuoso, pero hay decenas de fotos en blanco y negro descoloridas de Seymour con otros soldados, a veces con los brazos alrededor de los hombros. En una de las fotografías está escrito: “Tu amigo, Mike LaRocca,” sobre la imagen de un apuesto soldado de cabello oscuro.
Después de dos años, cuatro meses y seis días, el soldado de primera clase Seymour Goldberg regresó a casa cerca del Día de Acción de Gracias de 1945, con 156,25 dólares y una baja honorable. Por su servicio con el 23º, Seymour recibió cinco Estrellas de Servicio de Bronce, la Medalla de Campaña Europeo-africana-Medio Oriente, y una Medalla de Buena Conducta.
Cuando volvió no hubo ningún desfile en su honor. Ni canastas de regalo ni vacaciones pagadas en Florida. Como tantos de la “Generación Grandiosa”, simplemente apareció sin previo aviso en el apartamento de tres pisos de sus padres en el oeste de Chicago. Poco después comenzó otros 30 años asando costillas en Sally’s Bar-B-Q.
Veintisiete años después, Seymour se casó con mi madre y se convirtió en mi padrastro. Yo estaba en séptimo grado, corriendo por los callejones del sur de Chicago, y necesitaba una figura paterna firme. Seymour tomó las riendas de mi joven vida, imponiéndome una disciplina al estilo militar con un ladrido que advertía de una mordida que no quería conocer. No siempre fue fácil.
Seymour rara vez hablaba de sus experiencias en combate, y nunca dijo ni una palabra sobre el Ejército Fantasma, manteniendo el código de secreto que rodeaba al 23º.
Pero había recompensas por seguir el camino correcto. Cariñosamente me llamaba “Chief” (jefe) y me llevó a mis primeros partidos de los White Sox en el Comiskey Park, donde una vez quedamos asombrados por un colosal jonrón de Harmon Killebrew de los Twins, y a un partido de los Blackhawks en el Stadium, donde nos pusimos de pie y aclamamos cuando Bobby Hull anotó dos goles en un mismo período con tiros desde detrás de la línea azul.
A pesar de todo el tiempo que pasábamos juntos, Seymour rara vez hablaba de sus experiencias en combate, y nunca dijo ni una palabra sobre el Ejército Fantasma, manteniendo el código de secreto que rodeaba al 23º.
Cuando Seymour fue enviado a Europa, la Junta Nacional de Bienestar Judío del Ejército le entregó dos libros de bolsillo. Uno de ellos se titulaba Las Sagradas Escrituras Judías e incluía una breve introducción firmada por el presidente Franklin D. Roosevelt.
El segundo libro se titulaba Libro de Oraciones –abreviado– para judíos en las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. El prefacio decía: “Que este libro de oraciones, lo suficientemente pequeño como para llevarse sobre el corazón, transmita el mensaje espiritual de las antiguas plegarias de Israel al corazón de los miembros judíos de las fuerzas armadas que sirven a su país”.
Incluidas en las oraciones que Seymour llevaba sobre el corazón había una plegaria por la fortaleza moral; una por ser librado del peligro; una por los enfermos y heridos; e incluso una confesión para el lecho de muerte.
Puedo imaginar a Seymour recurriendo a estas oraciones en Renania, las Ardenas, Europa Central, Normandía y el norte de Francia, a la luz de la luna en las trincheras, donde dicen que no hay ateos.
A juzgar por los restos de arena y tierra del campo de batalla europeo atrapados en el lomo del libro, puedo imaginar a Seymour leyendo esas plegarias en Renania, las Ardenas, Europa Central, Normandía y el norte de Francia, a la luz de la luna en las trincheras, donde dicen que no hay ateos.
Dos pasajes están marcados con dobleces en las páginas. Uno es el “Servicio matutino para días de semana”, oraciones breves para dar gracias por un nuevo día. El otro es la “Oración por el hogar”.
“Lejos del hogar y de aquellos a quienes amo, encuentro que mis pensamientos se dirigen hacia ellos con un anhelo afectuoso… Que mi memoria los abrace con tanto amor que me sienta animado por su presencia imaginada. Mantenme bajo la influencia de los lazos que me unen a ellos, para que incluso en entornos extraños me conduzca de manera que los honre. Haz que esté agradecido por la bendición de su amor y no me rinda a la soledad ni al desaliento. Ayúdame a llevar alegría a mis compañeros, que como yo están separados de sus seres amados”.
Cuando leí esta plegaria finalmente se rompió el dique emocional de las lágrimas que había estado conteniendo desde la muerte de Seymour. Llamé a mamá y lloramos juntos. "Ahora entiendes lo que hemos perdido", me dijo ella.
Y doy gracias por el servicio de Seymour a nuestro país, y por su servicio a un mocoso de Chicago que todavía intenta hacer sentir orgulloso a su padrastro.
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