La hipocresía de Lamine Yamal ondeando una bandera palestina


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En 1944, un adolescente llegó a Auschwitz y vio cómo su madre y sus hermanos eran enviados a las cámaras de gas. Esta es la historia de cómo sobrevivió Leibish Gottesman y lo que construyó a partir de las cenizas.
Era 1944. Un adolescente, Aryeh Leibish Gottesman, había sido capturado por los nazis junto con su madre y sus siete hermanos. Fueron introducidos en vagones de ganado llenos de miles de prisioneros judíos. ¿Su destino? Auschwitz-Birkenau, en Polonia.
Aryeh, que usaba su segundo nombre, Leibish, y los demás prisioneros sufrieron durante el viaje en tren. Solo había un pequeño baño y una diminuta ventana que ofrecía un poco de aire fresco. No había lugar para sentarse. Los ancianos permanecían de pie todo el tiempo. Los niños se sentaban en el suelo bajo las piernas de los adultos y lloraban desconsoladamente. Les daban un poco de agua, pero nada de comida.
El tren se detuvo varias veces por breves intervalos. Una de esas veces fue en Budapest. Personas que iban en el mismo vagón que Leibish lo alentaron a escapar. “¡No sean tontos!”, gritaban. “Ya ven a dónde nos llevan. ¡Salven sus vidas y salten del tren!”
La madre de Leibish se había enfermado durante el viaje, y él no quería abandonarla. “No puedo saltar porque no puedo dejar a mi madre sola”.
Después de tres días horrendos, finalmente llegaron a su destino en Auschwitz el 11 de junio de 1944, el 20 de Siván, un día en el que ocurrieron muchas tragedias en la historia judía. Era domingo y, por alguna razón desconocida, se les prohibió salir del tren durante todo el día. Cuando cayó la noche, los pasajeros fueron sacados brutalmente del tren y obligados a dejar todas sus pertenencias.
El autor, a la derecha, con su padre
De inmediato, Leibish y los demás vieron que salía humo del crematorio. En sus peores pesadillas, nunca hubieran podido imaginar qué era ese humo, ni que muchos de sus familiares ya habían sido incinerados en esos hornos. Leibish pensó que el humo venía de una panadería.
Leibish y los demás pasaron frente al infame “ángel de la muerte”, el Dr. Josef Mengele, quien con el movimiento de su dedo podía condenarte a muerte. A la derecha significaba vida, a la izquierda, las cámaras de gas. Él decidía el destino de millones de personas. Solo podías tener una posibilidad de vivir si tenías 18 años o más y podías trabajar.
Leibish, que era alto y llevaba dos abrigos, parecía un adulto fuerte. Fue enviado a la derecha. Su madre y seis de sus hermanos (excepto uno) fueron enviados a la izquierda.
Esa fue la última vez que Leibish los vio. Días después, supo la terrible verdad: habían sido enviados a las cámaras de gas.
Su mundo entero quedó destruido. Pero de algún modo, él se había salvado.
Todos los que sobrevivieron las filas fueron rapados de pies a cabeza. Fueron frotados con un cepillo metálico, lo cual era extremadamente doloroso.
Cuando terminó este brutal proceso, los prisioneros fueron llevados a las duchas. Los nazis manipulaban el agua para que saliera hirviendo o helada, con el fin de torturarlos y quitarles la dignidad.
Leibish fue llevado a un barracón vacío, esperando el próximo transporte a Alemania. Durante un mes durmió en el suelo helado y solo recibía un cuarto de rebanada de pan al día.
El 11 de julio fue trasladado a un campo de concentración llamado Allach, en Alemania, desde donde fue enviado como trabajador esclavo a Mühldorf, una subdivisión de Dachau. Tras dos semanas de trabajo extenuante, se desmayó y fue llevado a una clínica. El médico le diagnosticó neumonía potencialmente mortal.

Decidieron enviarlo a la "gran clínica" (la cámara de gas) del campo principal de Dachau. Lo subieron a un camión junto a otras dos personas. Una estaba muerta y la otra también tenía neumonía.
El conductor se equivocó de ruta y los llevó a una clínica destinada a prisioneros de guerra. Este error salvó la vida de Leibish.
En la clínica, un médico holandés lo examinó y notó inmediatamente que había un error: aquel hombre, débil y esquelético, no era un prisionero de guerra. Le preguntó: “¿Qué haces aquí?”
Leibish respondió: “Ich bin Jude — soy judío”. El médico tomó sus documentos y le dijo: “No te preocupes. Yo te cuidaré y te curaré”.
Como a todos los judíos en territorio nazi, su documento tenía la letra “J”, que indicaba que era judío. El médico la cambió rápidamente por una “S”, que significaba “eslovaco”. Esto era cierto, ya que Leibish era originario de Eslovaquia. De esta forma, ahora el médico podía mantenerlo "legalmente" bajo su cuidado.
Comenzó a recuperarse. Aunque enfermó varias veces en Dachau, pero sobrevivió gracias a otro “ángel guardián”: el señor Springer, un sastre y zapatero del campo, que le dio trabajo reparando zapatos. Con ese trabajo Leibish obtuvo su ración de pan, lo que lo mantuvo con vida hasta la liberación.
Finalmente, en marzo de 1945, se escucharon fuertes explosiones en Dachau. Para los prisioneros, esos sonidos aterradores eran los mejores sonidos posibles: anunciaban la liberación inminente. Las fuerzas aliadas se acercaban.
Los nazis asustados organizaron un traslado final de los prisioneros hacia un campo abierto en Seiwald, en los Alpes austríacos, para su eliminación definitiva. Sin embargo, pocas horas después los nazis se escaparon, temiendo caer ante las fuerzas aliadas.
En julio de 1945, Leibish fue finalmente liberado. Medía 1,88 m y pesaba apenas 45 kg. Había sobrevivido, pero por poco.
Regresó a su ciudad natal solo para descubrir las devastadoras noticias: todo había sido destruido. Su vida anterior había desaparecido. Solo su hermano Kalman había sobrevivido.
Leibish sabía que tenía que abandonar Europa, por lo que emigró a los Estados Unidos para estudiar en una ieshivá y dedicar su vida al estudio de la Torá. Estudiaba 18 horas al día en la ieshivá y se convirtió en el alumno más destacado. En 1956, se casó con Rikel, también sobreviviente del Holocausto, quien perdió a ambos padres a los seis años. Juntos tuvieron siete hijos: cuatro varones y tres mujeres.

En el 2016, a los 88 años, Leibish falleció, dejando a su esposa, hijos y nietos. Su legado continúa con cinco generaciones vivas y más de 600 descendientes, todos judíos practicantes y orgullosos. Ellos llevan adelante el nombre y el recuerdo de la familia.
Con el aumento del antisemitismo en el mundo, la historia de Leibish y de muchos otros sobrevivientes nos da esperanza e inspiración, mostrando que los milagros existen.
Este Iom HaShoá (Día de Conmemoración del Holocausto), debemos hacer más que lamentar. Debemos contar estas historias en nuestros hogares, en nuestras aulas, a judíos y no judíos por igual. Los sobrevivientes nos están dejando. Pronto, los testimonios directos desaparecerán. Las historias que quedan no son solo historia. Son un salvavidas.
La historia de Leibish es prueba de que los milagros ocurren. Y de que el acto más poderoso de desafío contra el genocidio es simplemente vivir y seguir adelante.
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