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Mi pequeño adicto

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13/05/2015 | por Riva Pomerantz

La obsesión de mi bebé con la computadora se volvió nociva.

Al principio era adorable.

¡Pe-liiii!”, gritaba mi hijo de dos años mientras volvíamos a casa desde la guardería. Nuestra familia no tiene ni DVD ni televisión; “pe-liiis” eran simplemente videos familiares que había grabado mi hija en el trascurso de los años y nuestro pequeñito adoraba verlos. Una y otra vez.

Es la edad”, me decía a mí misma mientras observaba a otro pequeño mirando pelis en el teléfono de su mamá en los pasillos del supermercado. “Así son los chicos de hoy en día. Nacen con un microchip en su boca”.

“¡Quiero pe-liiis!”, lloraba mi bebé a la hora de dormir. Y al enfrentarme con la posibilidad de un berrinche, no me quedaba otra opción que aceptar. Después de todo, no hay nada de malo en mirar videos familiares, ¿verdad?

Al poco tiempo pedía pelis apenas se levantaba en la mañana, pelis cuando se levantaba de la siesta y pelis a la hora de cenar.

En el camino, nuestro pequeño también se fue volviendo más sofisticado. En lugar de simplemente ver videos, comenzó a hojearlos: avanzando, rebobinando y cambiando constantemente en el medio. Al principio, eso también parecía dulce; la verdad, era algo bastante sofisticado.

“¡El niño es un genio!”, decíamos llenos de orgullo. “Estará listo para comenzar una carrera en edición de video a los tres años”.

Hasta que un día advertí algo preocupante.

Mientras sus hermanos corrían por toda la casa personificando astronautas y soldados, el bebé jugaba con la computadora.

Mi bebé no estaba comiendo, no estaba durmiendo mucho y rara vez jugaba. Mientras sus hermanos mayores corrían por toda la casa personificando astronautas, colectiveros y soldados, el bebé jugaba con la computadora. Sus juguetes, que se amontonaban, pasaban inadvertidos; nadie leía sus libros. Después de todo, ¿quién tiene tiempo para hacer otra cosa cuando hay algo tan consumidor e importante esperándote?

Y fue entonces que me di cuenta de la sorprendente verdad: mi bebé tenía una adicción.

Al principio parecía imposible. Las adicciones son tan… extremas, ¿verdad? Es decir, ¿qué posibilidades hay de que un inocente niño de dos años sea un verdadero adicto? Sin embargo, los hechos eran tan claros como el agua. Y mientras sentía el golpe de la realidad, la segunda estocada no se demoró mucho en llegar. Si mi niño era realmente adicto a la computadora, entonces probablemente seguiría siendo adicto en el futuro y la única forma de detenerlo sería un proceso doloroso y lleno de lágrimas.

¿Quería que mi bebé fuera un adicto a la tecnología? De repente, la fantasía del niño adorable se derrumbó. Mi bebé sólo tenía una oportunidad para ser niño. ¿Sería yo capaz de permitirle conscientemente continuar con esta obsesiva travesía? Pero por otro lado, ¿podría resistir la angustia de cortarle el suministro? Tenía que detenerme a pensar.

A menos que me dedicara por completo a transformar el estilo de vida de mi bebé, no tendría la energía necesaria para tolerar la transición. Entonces, me forcé a sopesar los pros y los contras. El pro más obvio de la adicción de mi bebé era el entretenimiento gratis y casi siempre disponible. Salvo Shabat y las festividades judías, cuando la computadora estaba más allá de los límites (resultando inevitablemente en un colapso absoluto), la pantalla era la mejor amiga de mi bebé, una amable cuidadora y una agradable compañera de juegos.

Sin embargo, los contras avergonzaron claramente a los irresponsables pros: este pequeño jamás aprovecharía las incontables oportunidades para aprender, desarrollarse y enriquecerse que lo rodeaban, pues se encontraba encadenado a una pantalla. Si a los dos años era adicto a los videos familiares, quién sabe qué pasaría cuando tuviera seis o diez años. ¿Qué pasaría con sus habilidades sociales? ¿Cómo aprendería a jugar honestamente? ¿Cuándo aprendería a dejar el mouse y comer un sándwich? No había forma de escapar.

Fue una pesadilla.

Hay dos formas de abandonar un hábito: lenta y gradualmente, o de golpe. Por un par de razones, decidimos lo segundo. La consecuencia fue que nuestra primera mañana fue algo así:

Mi pequeño abrió sus ojos de par en par y dijo automáticamente: “¡Quiero pe-liiis!”.

Yo (sonriendo esperanzada): “No hay pelis ahora. ¡Vamos a ir a la guardería!”.

El bebé (viéndose confundido): “¿Pe-liiis después?”.

Yo (vagamente): “Quizás”.

Pero esa tarde, en la que toda la caminata desde la guardería hasta casa estuvo llena de pedidos de ver pelis, tuve que enfrentar la situación y explicarle la nueva regla, lo cual llevó inmediatamente a un amotinamiento. Pataleó y gritó; mi pequeño adicto necesitaba su dosis y yo no se la estaba suministrando. Se me partía el corazón al verlo sufrir, y también digerí una buena cantidad de culpa al saber que yo había permitido que este hábito se desarrollara en lugar de enterrarlo desde un inicio. Logré salir airosa, ofreciendo mucho apoyo y alternativas. El primer día los dos nos fuimos a dormir llorando.

La computadora está más allá de lo permitido para mi bebé y él dejó de pedirla.

El segundo día, mi bebé continuaba esperanzado de que lo que había ocurrido el día anterior hubiese sido una casualidad. Yo, gentilmente, le reiteré las noticias: ya no habrán más pelis. En su lugar le ofrecí una plétora de libros, juegos y juguetes. Atravesamos la esperada tormenta, pero parecía que una luz de esperanza comenzaba a asomarse. Mi pequeño estaba comenzando a darse cuenta de que mami estaba hablando en serio y que no era el fin del mundo.

Hoy, unos meses después, la computadora está más allá de lo permitido para mi bebé y él dejó de pedirla. En cambio, hace todas las cosas saludables y maravillosas que todo niño de dos años debería hacer. Juega, corre, baila y canta. Tiene mucho apetito (es sorprendente lo que puedes hacer cuando tienes las manos desocupadas). Mi bebé ya no es un niño obsesionado y adicto a la tecnología.

Hace poco me enteré de que la Asociación Americana de Pediatría publicó una declaración oficial alentando a los padres a limitar seriamente el tiempo que pasan los niños pequeños frente a las pantallas de cualquier tipo, y que para los niños menores de dos años debiesen ser evitadas por completo (sí, incluso aquellos videos que “desarrollan la mente”).

No puedo evitar preguntarme cuántos padres estarán tomando en serio este consejo.



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