Milei apoya a Israel, mientras Sánchez retira a su embajadora de Tel Aviv

12/03/2026

3 min de lectura

Milei y Sánchez, dos posturas opuestas frente al mismo conflicto.

El decreto llevaba la firma del rey Felipe VI y la del canciller José Manuel Albares y con él, España formalizó la retirada permanente de su embajadora en Tel Aviv. Ana María Salomón Pérez llevaba en consultas desde septiembre pasado tras un intercambio de acusaciones entre Madrid y Jerusalem que incluyó la palabra "antisemitismo" de boca de un ministro israelí. La medida coronaba meses de deterioro acelerado en una relación que había funcionado, con tensiones, durante décadas.

El origen inmediato de la crisis fue la ofensiva iniciada el 28 de febrero contra instalaciones vinculadas al régimen iraní, operación en la que participaron fuerzas israelíes y estadounidenses. España se opuso públicamente. El canciller Gideon Saar respondió acusando a Madrid de "ponerse del lado de los tiranos". Pero la ruptura venía de antes. En 2024, el gobierno de Pedro Sánchez reconoció unilateralmente al Estado palestino, decisión que llevó a Israel a retirar temporalmente a su propio embajador en Madrid. Después vinieron las restricciones al tránsito de armamento con destino israelí por puertos y espacio aéreo españoles, medida que Jerusalem denunció como discriminatoria. Cada episodio añadió una capa de distancia hasta que la embajada quedó, de facto, sin titular.

El gobierno español ha enmarcado todo esto en términos de derecho internacional y proporcionalidad. Sus funcionarios hablan de "distancia crítica", de la necesidad de preservar canales diplomáticos y de no sumarse a una escalada cuyas consecuencias regionales se consideran impredecibles. Es una postura que tiene respaldo en varios gobiernos europeos y que, presentada en abstracto, suena razonable.

Lo que esa postura no termina de responder es una pregunta más concreta: ¿distancia crítica respecto de quién? Porque el conflicto en curso no enfrenta a dos partes con responsabilidades equivalentes. El régimen iraní financia a Hezbolá, a Hamás y a una red de milicias distribuidas en varios frentes. Es el principal patrocinador estatal del terrorismo en Medio Oriente según la clasificación del Departamento de Estado estadounidense y de varios organismos europeos. Ejecutó ataques directos sobre territorio israelí. Reprime con violencia a su propia población, ahorca disidentes y persigue a periodistas. Que un gobierno democrático europeo opte por la equidistancia frente a ese adversario específico no es neutralidad, es una decisión con contenido político propio.

Milei apoya a Israel

A miles de kilómetros de distancia, Javier Milei subió al estrado de Yeshiva University en Nueva York y dijo, sin rodeos, que se sentía "orgulloso de ser el presidente más sionista del mundo". El auditorio lo aplaudió. La frase fue cubierta por medios de todo el mundo con esa mezcla de fascinación e incomodidad que suele acompañar las declaraciones del presidente argentino. Pero detrás de la provocación hay una posición articulada, no solo un gesto.

Milei ha visitado Israel en varias ocasiones desde su elección. Rezó en el Kotel. Prometió trasladar la embajada argentina a Jerusalem. En Nueva York desarrolló el argumento filosófico que subyace a esas decisiones: los principios fundacionales de Occidente —vida, libertad, propiedad— tienen raíz en la tradición bíblica y en los Diez Mandamientos. Defender a Israel, sostiene, es defender esa herencia. No como un acto de política exterior calculada sino como una consecuencia lógica de los valores que dice representar.

Recordó también el atentado del 18 de julio de 1994 contra la sede de la AMIA en Buenos Aires. Ochenta y cinco muertos. El ataque antisemita más grave en la historia de América Latina, perpetrado por operativos cuya conexión con el régimen iraní fue establecida por la justicia argentina y reconocida por organismos internacionales.

Para Argentina, el nombre de Irán no es una abstracción geopolítica. Está inscrito en una causa judicial que lleva tres décadas abierta y en el expediente de un fiscal, Alberto Nisman, que murió en circunstancias que nunca fueron del todo esclarecidas.

Esa historia no determina automáticamente la política exterior de un país, pero la informa. Y explica, al menos en parte, por qué el alineamiento de Milei con Israel no es solo ideológico, sino que tiene una dimensión de memoria nacional.

Madrid y Buenos Aires

La distancia entre Madrid y Buenos Aires, entonces, no es simplemente la distancia entre dos temperamentos políticos distintos. Es la distancia entre dos lecturas del mismo conflicto. Una que supuestamente ve en la ofensiva contra Irán un riesgo de desestabilización regional que conviene frenar. Otra que ve en el régimen iraní una amenaza estructural que Occidente postergó demasiado tiempo.

Ambas posiciones pueden defenderse. Pero la primera exige, para ser coherente, una respuesta clara a lo que propone en su lugar. Si no es la presión militar, ¿qué mecanismo detiene a un régimen que ha ignorado sistemáticamente la diplomacia, violado acuerdos nucleares y financiado guerras por delegación durante cuarenta años? La respuesta española, hasta ahora, ha sido más elocuente en lo que rechaza que en lo que propone. Y esto ha generado, tácitamente, su apoyo a regímenes totalitarios. Es muy lindo proponer “el diálogo”, pero cuando del otro lado hay extremistas que valoran más la muerte que la vida, se hace muy complicado. Queda lindo en los estrados internacionales y en los títulos de la prensa, pero es inaplicable.

Milei, con toda su estridencia, al menos tiene una respuesta. Y en política exterior, la claridad —aunque incómoda— suele ser más honesta que la equidistancia.

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