Mujeres judías en un tren

30/08/2026

4 min de lectura

Una escalofriante historia real.

El siguiente relato le ocurrió a mi abuela poco después de ser liberada de un campo de concentración. Está escrito tal como ella me lo contó.

Aire.

Un viento, un respiro… mis pulmones… ¡al fin! Inhalo, calmada por el chasquido rítmico del tren que rueda bajo mí, inclino mi rostro hacia la ventana. Está levemente entreabierta y la belleza del campo checoslovaco está envuelta en un manto de medianoche. Cierro los ojos. Solo… por un momento. Un poco de paz, ojos cerrados, respiración, viento en las mejillas.

"Ssh, Zelda, intenta dormir un poco". Sheindel entrelaza sus dedos con los míos. Mi dulce hermana, Sheindel, autoproclamada como mi cuidadora. Tiene solo cinco años más que yo, pero gracias a ella estoy viva. Ahora tengo 15, pero tenía solo 12 cuando salí de casa la última vez. La miro y le sonrío.

"¿A dónde crees que nos llevan?", susurra.

Me encojo de hombros. "Escuché a Malka hablar con algunos de los oficiales en la cabina delantera. Vamos a algún lugar en Alemania. Desde allí, quizá, podamos volver a casa". Y encontrar a Tate y Mame. Y a Iosef Jaim y Rujel y Arele. No lo digo en voz alta, pero las palabras cuelgan pesadas y flácidas entre nosotras, esperando.

Guardamos silencio, y el aire se llena del martilleo del tren rechinando y golpeando sobre las vías. Tum-clac-bang-tum-clac-bang-tum-clac...

Mis ojos se cierran y Mame aparece en el interior de mis párpados, radiante como siempre. Pienso en Arele, esos ojos de carbón, lo asustado que estaba aquel día, cuando nos separaron, cuando caímos de los vagones en Auschwitz…

Trago saliva. Sangre, el silbido de balas y pesadillas llenan mi garganta. Abro los ojos rápido. La paz se ha ido. Inspiro hondo, temblando, y Sheindel aprieta mi mano.

Un grito atraviesa el silencio. Me incorporo bruscamente.

Gritos y alaridos. Nos congelamos. El terror trepa por mi garganta. Gritos. ¿De dónde?

"¡¿Qué está pasando?!", exige Breina en voz alta. Es la chica más alta del vagón. Se abre paso a codazos al frente y pega su oído a la pared de la cabina. Incluso con la luz tenue puedo ver cómo sus ojos se agrandan, fríos de horror.

Guardamos silencio. Todas miramos a Breina.

Los llantos del vagón vecino desgarran el silencio pesado. No puedo respirar.

"Son las chicas", dice, temblando. "En el otro vagón. Hay soldados ahí. Quizá rusos. Deben estar haciéndoles daño".

Nos quedamos inmóviles, todas. Los llantos del otro vagón desgarrando el silencio.

Sheindel me mira, con tristeza, y lo entiendo. Están lastimando a las chicas, despojándolas de su dignidad. Lentamente mi mano sube hasta cubrir mi boca. No puedo respirar.

Los gritos del otro coche son agudos, pero a nuestro alrededor hay un cementerio.

La desesperación me aprieta los pulmones y apenas puedo respirar. Debemos escapar. Miro por la ventana; colinas checoslovacas pasan a toda velocidad. No hay modo de saltar. El tren vuela.

No puedo contener las lágrimas. ¿Ahora? ¿Por qué ahora? Después de todo esto, después de ver el mundo desgarrarse, desangrarse y colapsar, después… después de todo, y aún seguir viva, aferrándome a los últimos jirones sangrantes de santidad, después de todo esto…

No. Esto no puede estar pasando.

Me inclino y apoyo mi mejilla sudada en el cristal frío, intentando atrapar puñados de aire y empujarlos a través del fuego de mis pulmones. Mame, por favor.

Me quedo rígida. Mame. Mame sonriendo, suaves arrugas alrededor de sus ojos, su rostro pequeño envuelto en seda de Shabat. Mame cantando los cánticos de una mujer judía, de una princesa sagrada, de amor y fuego y devoción tan feroz que desafía la lógica. La encarnación de la dignidad y la modestia.

Los llantos son más histéricos ahora y escucho a Sheindel respirar con dificultad. Vuelvo a mirar afuera. Colinas oscuras giran y brillan en el humo expulsado por el tren, desaparecen, huyen y se funden en otras más. Mi pelo vuela en el viento. No, no puedo saltar. Esto no es salvarme; es suicidio.

¡No debes dejar que los soldados te alcancen!, grita Mame. ¡Eres una princesa de Dios!

Grito, el miedo enroscado tan fuerte en mi garganta que cedo. Soy una mujer judía y enfrentaré mi destino. Enderezo los hombros y miro a Sheindel. Sus ojos están muy abiertos y sé que, como siempre, sabe lo que voy a decir.

Antes de que pueda hablar, niega con la cabeza. No.

Inhalo temblando. "Sheindel, tenemos que hacerlo. Tenemos que saltar. Los soldados estarán en nuestro vagón en unos momentos".

"¡No! ¡Zelda, te vas a matar! ¡No podemos saltar de un tren en marcha!".

"¡No!", grita Sheindel. "¡No! ¡Zelda, te vas a matar! ¡No podemos saltar de un tren en marcha!".

Tiemblo tanto que apenas puedo hablar. "Sheindel, también quedarnos aquí es matarnos. Voy a saltar".

"¡Zelda!", gritaa Sheindel, ella también está llorando. Me agarra del brazo. "¡No lo harás! ¡Te quedas aquí!".

Las chicas se reúnen. Breina me sujeta la muñeca.

Libero mi mano y empujo la ventana hasta abrirla por completo. Sheindel grita. Todas estallan en caos a nuestro alrededor.

No me importa.

Me inclino afuera, respirando agitadamente. Dios, soy Tuya. Soy judía. Sé que esto es lo que debo hacer. Por favor.

Me quito los zapatos. Subo al banco, me tambaleo en el alféizar. La madera firme bajo mí y…

No puedo.

No puedo soltarme.

Por el rabillo del ojo, veo cómo Sheindel se quita los zapatos. Y Breina. Y Malka y Raizel… y más chicas.

El tren ruge y yo sigo allí, aferrada al marco, la ropa azotada por el viento. El viento ruge y los ojos me arden. Espero, respirando con cuidado, obligándome a… simplemente a hacerlo.

De pronto, Sheindel también está sobre el alféizar.

Nos miramos y ella asiente. Con eso, inhalo y salto, al aire helado y la nada. Oh, Dios, ¿qué hice?

Y caigo en la tierra… y ruedo. Vuelo, giro, ruedo hacia abajo, abajo… No puedo respirar…

Y me detengo. Boca arriba, la hierba suave haciéndome cosquillas en la nuca, el cielo estrellado arriba.

Por un momento, solo respiro. Luego flexiono los dedos. Los doblo y los abro. Doblar, abrir. Doblar, abrir. Llevo la mano a mi mejilla. Tierra y pasto llenan mi nariz, mi boca. Esto no es el cielo. Estoy viva.

A lo lejos veo casitas de ladrillo, puertas que se abren, gente corriendo hacia mí. Escucho una tos a mi derecha. Giro la cabeza.

Sheindel.

Su piel está blanca, está arañada y sangrando. Sheindel se lame los labios y sonríe.

Un anciano aparece de pronto. "¡Niñas!", exclama "¡Qué…!"

Intento incorporarme, pero me detiene. "¡No se muevan!", dice tajante. Se agacha y veo calidez en sus ojos. "Voy a buscar una manta y ayuda. No se muevan mientras tanto".

Me dejo caer de nuevo y espero, saboreando el dolor de mis articulaciones y el latido acelerado. Estoy viva.

"Zelda", me dice Sheindel. "Hazle caso. Mejor no moverse hasta que traiga ayuda".

"Sí", murmuro ronca. La quiero, a Sheindel.

Oigo gente alrededor, pero mis ojos se cierran solos. Estoy tan… floja. Lágrimas me queman las mejillas. Oh, Dios.

Estoy tendida en el suelo, dolorida, llorando, y tan pero tan feliz.

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