Ninguna etiqueta nos define por completo

25/09/2026

3 min de lectura

Lo que nos enseñan las cuatro especies sobre cómo juzgamos a los demás.

Hay una antigua enseñanza rabínica que compara cada una de las cuatro especies que tomamos en Sucot con un tipo distinto de judío. Es una enseñanza que nunca he logrado entender del todo.

El etrog, que tiene tanto sabor como fragancia, representa a quienes tienen conocimientos de Torá y realizan buenas acciones. La rama de palmera (lulav), que tiene sabor pero no fragancia, representa a quienes tienen conocimientos de Torá, pero no realizan buenas acciones. El mirto (hadás), que tiene fragancia pero no sabor, representa a quienes realizan buenas acciones, pero no tienen conocimientos de Torá. Y el sauce (aravá), que no tiene ni sabor ni fragancia, representa a quienes no tienen ni lo uno ni lo otro (Vaikrá Rabá 30:12-14).

El midrash nos dice luego que Dios nos ordena unir las cuatro especies en un solo manojo.

El mensaje parece hermoso: la unidad entre todos los tipos de judíos. Pero este midrash me incomoda desde la primera vez que lo estudié.

Nunca me he sentido a gusto con la idea de etiquetar a las personas, encasillarlas o incluso tratar de determinar en qué categoría encajo yo.

Cuando mi familia hizo aliá, con hijos de distintas edades, empecé a pensar aún más en esto mientras intentábamos encontrar nuestro lugar en la sociedad israelí. ¿Por qué nos etiquetamos unos a otros? ¿Por qué no podemos ser todos simplemente judíos? ¿Y quiénes somos nosotros para decidir quién tiene Torá o buenas acciones y quién no? ¿Qué se supone que debemos aprender exactamente de este midrash?

Tal vez no nos esté pidiendo simplemente que reconozcamos distintos tipos de judíos. Quizás nos esté desafiando a reconocer los límites de nuestra propia mirada.

Otra fuente sobre las cuatro especies (Midrash Tanjuma, Emor 28:1) me ofreció una manera diferente de entenderlo. Esta compara las cuatro especies con distintas partes del cuerpo humano: el lulav, alto y recto, se asemeja a la columna vertebral; el mirto, al ojo; el sauce, a la boca; y el etrog, al corazón. Cada una de estas partes del cuerpo sirve a Dios a su manera.

Pero la comparación del mirto con el ojo me llamó la atención. ¿Qué significa servir a Dios con nuestros ojos? Quizás signifique aprender a mirar a los demás con buenos ojos, a buscar y ver lo bueno que hay en las personas.

Esa idea cambió mi manera de entender el primer midrash.

¿Y si las cuatro categorías no describieran la verdadera esencia de las personas? La persona que tiene Torá y buenas acciones, la que tiene Torá pero no buenas acciones, la que tiene buenas acciones pero no Torá y la que no tiene ninguna de las dos cosas podrían reflejar, en cambio, la manera en que nosotros vemos y clasificamos a las personas.

Por naturaleza, nos fijamos en lo que está a la vista. Vemos las acciones de alguien, sus decisiones, su comunidad, su grado de observancia, su forma de vestir, y lo encasillamos. A veces incluso lo hacemos con nosotros mismos.

Pero esa categoría nunca puede decirnos quién es realmente una persona.

Ninguna categoría es lo suficientemente amplia como para abarcar la esencia de un alma judía.

El rabino Kook lleva esta idea un paso más allá. Ver lo bueno que hay en alguien no significa cerrar los ojos ante lo que está mal. Amarnos unos a otros no significa ignorar los defectos y las limitaciones. Más bien, aun reconociendo esos defectos, podemos seguir viendo que la esencia de una persona es buena y pura (Orot Israel 4:3).

Una de mis enseñanzas favoritas de Ética de los Padres es que los seres humanos somos amados porque fuimos creados a imagen de Dios (3:14). ¿Cómo no amarnos unos a otros? ¿Cómo no amarnos a nosotros mismos una vez que comprendemos esto?

Lo más probable es que sigamos encasillándonos a nosotros mismos y a los demás. Como inmigrante reciente, todavía estoy tratando de entender en qué consisten esas categorías.

Pero quizás el objetivo no sea fingir que las categorías no existen. Tal vez se trate de recordar que son nuestras, no de Dios.

Sin importar en qué categoría parezca encajar, ese judío es alguien a quien se nos ha ordenado amar. Y ninguna categoría es lo suficientemente amplia como para abarcar la esencia de un alma judía.

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