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Mi lucha personal para superar la adicción a la pornografía

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04/04/2022 | por Anónimo

Un relato franco y personal de adicción, lucha y recuperación. Se recomienda la discreción del lector.

"La lucha de mi esposo para superar la adicción a la pornografía" es el título que le dio mi esposa a su artículo en AishLatino.com.

Sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre mi adicción. Ella notó una gran necesidad de llegar a otras personas que también sufren solas, sin tener ningún apoyo. Quería reconocer el dolor, el desafío y la esperanza al final del túnel.

Pero a mí me resultó difícil leer su artículo. Ser calificado como un "adicto a la pornografía" no transmite el duro esfuerzo y el compromiso que dediqué a la recuperación durante los últimos 14 años. Este es mi intento para compartir mi lado de la historia, con un enfoque en la libertad y la esperanza que se halla en el proceso de recuperación.

Cómo comenzó

Crecí en un hogar estricto y asistí a una escuela judía, donde algunos de los maestros eran emocionalmente abusivos. Sufriendo de trastorno por déficit de atención no diagnosticado, rara vez seguía las instrucciones y en la escuela me fue realmente mal. Recuerdo lo mucho que se frustraba el director por la frecuencia con que era enviado a su oficina. Con el objetivo de escapar al dolor emocional y la presión, pasaba horas andando en bicicleta, leyendo historietas y finalmente perdido en mi propio mundo imaginario.

A medida que fui creciendo, cumplir con las exigencias del hogar y de la escuela se me fue haciendo más difícil. La vergüenza del fracaso y saber que no cumplía con las expectativas me generaba mucho dolor, por lo que busqué formas más efectivas para hacerle frente a la realidad. La curiosidad me llevó a ver pornografía y a buscar alivio mediante la autosatisfacción. Ese hábito pasó a ser un mecanismo para lidiar con la vida, con los temores y con las situaciones incómodas. Si bien la capacidad de fantasear me brindaba algo de alivio, yo siempre quedaba con una sensación de vacío y una profunda tristeza.

Cuando mis hábitos se convirtieron en una adicción, hice lo mejor que pude para mantener todo en secreto.

Que me haya graduado de la escuela secundaria fue un milagro. Estoy bastante seguro de que la única razón por la que el director permitió que me graduara fue porque no quería tenerme más con él. Al igual que muchos estudiantes judíos de mi edad, fui a Israel a continuar con mi educación. Mi padre habló con algunos conocidos para conseguirme lugar en una muy buena yeshivá, donde crecí inmensamente en conocimiento y fe. Sin embargo, a pesar de que en muchas áreas estaba sobresaliendo, mi oscuro secreto seguía conmigo. No había ninguna persona en la que confiara lo suficiente como para hablar abiertamente con ella, y lentamente la obsesión fue creciendo. Mis comportamientos habituales se convirtieron en toda una adicción. Hice lo mejor que pude para mantener todo en secreto.

Mis amigos comenzaron a tener citas, a comprometerse y a casarse. En mi desesperación me preguntaba si, quizás, al encontrar a la persona indicada mi obsesión desaparecería. Pensaba que, si encontraba una mujer atractiva y feliz, todos mis problemas se solucionarían. Por supuesto, en esa situación podría ser honesto y transparente, y este horrible impulso, esta terrible obsesión hacia la lujuria, se desvanecería.

Gracias a Dios, tuve la bendición de encontrar una joven hermosa. Estaba agradecido de que ella viera tantas cosas buenas en mí y que me amara profundamente. Nuestra boda estuvo llena de felicidad y celebración. Disfrutamos viajando juntos y nos asentamos en un pequeño y cálido departamento en Jerusalem. Me encantaría decirte que nuestro amor conquistó todos los desafíos y que mi problema desapareció como había deseado. Pero, en realidad, mi adicción sólo empeoró. La única persona con la que creí que podría ser completamente abierto se convirtió en otra persona de la que debía ocultarme.

Secretos expuestos

Cuando vives tan cerca de alguien es difícil guardar secretos. Tarde o temprano lo descubrirá. Sin embargo, nunca creí que eso realmente ocurriría. Habíamos ido a visitar unos amigos fuera de Israel y, en una noche, me quedé hasta tarde en la oficina para terminar unos trabajos. Estaba solo, era tarde en la noche, y tenía una cantidad ilimitada de internet sin filtro. En poco tiempo mi navegador pasó de un sitio de pornografía a otro, buscando la próxima satisfacción. Busqué comportamientos cada vez más extremos para estimular mi mente. Hasta vi actos sorprendentemente abusivos, en un intento desesperado para encontrar algo que finalmente llenara el vacío de mi interior y me hiciera sentir libre.

De repente, mi computadora se apagó. Eran las 3 AM y la batería se había agotado. El cargador estaba en la casa donde me hospedaba, por lo que no tuve otra opción que ir a dormir.

Mi esposa enchufó la computadora y la encendió. Comenzó a gritar fuera de control, como si alguien hubiera sido asesinado.

A la mañana siguiente, mi esposa enchufó la computadora y la encendió. Vio realmente lo peor de lo que había estado mirando la noche anterior. Comenzó a gritar fuera de control, como si alguien hubiera sido asesinado. Yo estaba medio dormido y negaba absolutamente todo, pero la evidencia estaba a la vista de todos.

Si bien mi esposa estaba dispuesta a dejarme en ese momento, un amigo cercano y rabino la alentó a darle una oportunidad a nuestro matrimonio. De todos modos, su dolor y enojo, y su amenaza a abandonarme llevándose a nuestros dos hijos, me atemorizaba mucho. Sabía que o abandonaba este ridículo comportamiento o… debía ser mucho más cuidadoso. Mirando hacia atrás, me resulta increíble lo enfermo que debo haber estado para que todo eso pasara por mi mente. Las raíces de la adicción habían penetrado profundamente en mí y ni siquiera valoraba ni mi futuro ni mi matrimonio. Sólo quería mi propio placer, ¡en este mismísimo momento!

Junto a esta obsesión astuta, frustrante y poderosa, vino el dolor intolerable de ver mi vida consumiéndose en un vacío. Con cada mirada, cada acción hacia la lujuria, sentía que mi alma se extinguía. Comencé a ansiar ser libre de las ataduras de esta enfermedad. La abrumadora carga era tan pesada sobre mí que, eventualmente, llegué a un punto en el que deseaba tanto hacer lo que fuera necesario para ser libre de la esclavitud de esta obsesión. Quería vivir una vida que no tuviera más secretos ni mentiras.

Entonces, intenté tener el control con filtros de internet y personas a las que estaba obligado a rendir cuentas, incluso alrededor de mi computadora. Pero, sin terapia constante, los impulsos poderosos resurgían nuevamente y me superaban. El fugaz deseo de cambio y de apoyarme en mi propia voluntad estaba perdiendo la batalla.

El rabino me alentó a acercarme a un grupo de ayuda para adictos al sexo.

Después de un día particularmente frustrante, me encontré con un rabino y le conté todo. Tuve la bendición de poder confiar en este sabio y educado rabino, que me dijo: "Tienes una adicción". Sentí un gran alivio en mi interior: ¡Mi problema tenía un nombre! Mi obsesión fue identificada y recibió un título, y no sólo eso: había otras personas que habían luchado con el mismo problema en el pasado y creado un programa para recuperarse. El rabino me explicó el programa de 12 pasos y me alentó a acercarme a un grupo de ayuda para adictos al sexo.

Recuperación

Existe un grupo de adictos al sexo conformado por hombres y mujeres que comparten sus experiencias, fortalezas y esperanzas en el progreso hacia la victoria en contra de la lujuria. El grupo sigue el mismo exitoso programa de 12 pasos de Alcohólicos Anónimos (AA).

Me llevó tiempo, pero finalmente le envié un email a una sede de una organización para recuperación de la adicción a la pornografía contando mis desafíos e implorando que alguien me ayudara. Después de escuchar mi dificultad, un representante de la organización me llamó y me contó su historia y cómo había logrado más de cuatro años de sobriedad un día a la vez. Me alentó a asistir a una reunión del grupo en una iglesia local esa misma noche.

Cuando llegué a la iglesia donde se llevaría a cabo la reunión, me resultó difícil atravesar la puerta. Nunca antes había entrado a una iglesia, y temí que alguien me reconociera. Pero mi desesperación me dio el coraje que necesitaba para entrar. Desde entonces, entré a iglesias miles de veces para asistir a reuniones de adictos al sexo o al alcohol.

Esa primera noche me recibieron y compartí un poco de mi historia. Muchos hombres me ofrecieron sus números de teléfono y uno me invitó a tomar un café en un Starbucks local. Me contó sobre su lucha, sus desafíos y su recuperación. No podía creer lo similares que eran nuestras obsesiones, y tampoco que él acabara de celebrar tres años de sobriedad. ¿Tres años sin hacerlo? ¡Yo apenas podía durar tres días! Me alentó diciéndome que, si quería lograr el mismo éxito, debía asistir a las reuniones con regularidad, encontrar quien me ayude y comenzar el proceso de 12 pasos.

Lo que aprendí sobre adicciones es que algunas personas abusamos de nuestro poder de elegir a tal grado que ya no somos capaces de tomar una decisión equilibrada. Sometemos nuestra humanidad a nuestro ego. El adicto promedio es egocéntrico, egoísta y está lleno de autocompasión. A pesar de los intentos desesperados del adicto para controlar su vida y la vida de los demás, claramente no le funciona. El programa de 12 pasos deja al descubierto la masacre de nuestros esfuerzos y nos alienta a reconocer que someternos a un Poder Superior puede devolvernos la cordura.

Luego se nos pide que hagamos un audaz recuento moral y un recuento de cada acción equivocada, haciendo las pases siempre que sea posible. El programa se enfoca más en vivir cada día con una postura mental espiritual que en recuperarse de la lujuria.

Después de varias ocasiones en que casi pierdo la sobriedad, busqué un consejero y comencé a trabajar en los pasos. El programa nos alienta a reescribir la historia de nuestra vida. Aprendemos a dejar de tomar las decisiones de forma egocéntrica, haciéndolo en cambio en base a lo que un Poder Superior quisiera que hiciéramos. Comenzamos a enfrentar nuestros temores y a aceptarlos, sabiendo que Dios está de nuestro lado. Mi consejero fue muy paciente, amable y cariñoso conmigo. No sólo me ayudó a superar mi obsesión con la lujuria, sino también a forzar una conexión más profunda con Dios.

El crecimiento en la actualidad

Con la ayuda de un terapeuta excelente, nuestro matrimonio está en una situación donde tanto yo como mi esposa nos sentimos cómodos compartiendo nuestros desafíos emocionales más profundos. Hablamos don dolor y arrepentimiento sobre los años de deshonestidad, pero también reconocemos los esfuerzos que hice para recuperarme.

Estoy comprometido a buscar el crecimiento espiritual, no la perfección.

¿Sigo el programa al pie de la letra? Quizás no, pero estoy comprometido a buscar el crecimiento espiritual, no la perfección. Siguiendo la guía de mi consejero, asistiendo a reuniones con regularidad y respetando el programa un día a la vez, llevo 990 días desde mi último desliz. Antes de eso había logrado cinco años de sobriedad. ¡El programa funciona!

Después de mi primera reincidencia me reuní con Rav Dr. Abraham Twerski, zt"l, el gran sicólogo, quien me contó una alegoría sobre un hombre que iba caminando hacia la oficina de correo en un día helado. Si patinara en el hielo a mitad de camino, no se daría vuelta y volvería a casa, sino que se levantaría y continuaría camino a su destino, quizás con un poco más de cuidado. Que haya tenido una recaída después de dos años de sobriedad no significa que deba renunciar a mi objetivo.

Entonces, sí, soy un adicto a la pornografía, pero mi identidad no se encuentra en mi enfermedad. Soy un padre que trabaja duro y un esposo que ama mucho a su mujer. Agradezco que cada uno de mis hijos se sienta cercano a mí, así como también mi esposa. Escucho de cerca la guía de mi Poder Superior, de mi consejero y de mi esposa. Tengo muy buenos amigos, de los que algunos saben sobre mi programa y otros no. Pero tengo la bendición de vivir mi vida con integridad, honestidad y transparencia. Ya no tener que proteger mis mentiras me libera. En cambio, elijo decir la verdad y lidiar con las repercusiones de mis acciones.

Me gusta vivir la vida al máximo, por lo que redirigí mi enfoque para disfrutar la vida de una forma kasher. Hago ejercicio con regularidad y dedico tiempo a actividades y aventuras divertidas, ya que creo que son aspectos importantes de mi recuperación. Mi trabajo me da la oportunidad de conectarme con otras personas, algo que le suma valor y sentido a mi vida. El humillante proceso de recuperación también me permitió ser capaz de brindar un profundo apoyo emocional, especialmente a quienes atraviesan tiempos difíciles.

Cuando se planta una semilla, primero necesita podrirse y descomponerse en la oscuridad del suelo para desarrollar raíces y, recién después, comenzar a crecer y finalmente dar un fruto. Veo mi vida de forma similar: primero necesité destruirme en la oscuridad para alcanzar la belleza del crecimiento como Dios quería que sea.

 





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