3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año


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Mientras el antisemitismo sigue creciendo, recuperar el significado de "ser elegidos", sin arrogancia ni disculpas, puede ser la clave para la unidad judía y la claridad moral.
Para muchos judíos, la idea del pueblo judío como el “pueblo elegido” resulta profundamente incómoda. Suena a superioridad, exclusión o arrogancia moral.
Por eso, cuando el tema surge, a menudo se desvía de inmediato: “No significa que seamos mejores que los demás”. “En realidad no significa elegidos”. “Solo significa que Abraham eligió a Dios”.
Sin embargo, la idea persiste, no solo en los textos judíos, sino también en la historia judía.
Cada vez que los judíos recitan una bendición por la Torá, agradecen a Dios por haberlos elegido entre las naciones. No como un eslogan ni como una jactancia, sino como la descripción de una relación: un pacto que dio forma a un pueblo y le otorgó una manera distintiva de vivir en el mundo.
¿Qué significa realmente esta idea de "ser elegido"?
Ser elegido nunca significó comodidad ni privilegio. Significó responsabilidad y obligación. Significó vivir dentro de un exigente marco moral y legal que regulaba cada aspecto de la vida: desde el comercio y la familia hasta la justicia y el tiempo mismo. La singularidad judía no fue teórica; fue practicada, asumida, debatida y, a menudo, pagada a un alto precio.
Esta identidad sobrevivió al exilio, la persecución, la dispersión y la falta de poder porque era portátil. Un pueblo puede perder tierras, reyes y ejércitos, y aun así permanecer intacto si su identidad está anclada en la ley, la memoria y la misión.
La ruptura llegó con la Ilustración.
Cuando los judíos ingresaron en la sociedad europea, la emancipación tuvo un precio: para ser aceptados, los judíos debían dejar de verse como una nación distinta con una misión única y comenzar a pensarse como un subgrupo religioso dentro de la civilización de otros.
"Ser elegidos" se volvió una vergüenza. La condición nacional se volvió peligrosa. El particularismo pasó a ser sospechoso.
Entonces los judíos comenzaron a explicarse ante los demás y, finalmente, ante sí mismos.
Mientras muchos judíos dejaron de creer en ser los elegidos, el mundo nunca lo hizo.
El cristianismo y el islam, las dos religiones más grandes del mundo, se basan en la premisa de que Dios eligió al pueblo judío. Estas religiones discrepan sobre lo que ocurrió después, pero comparten el punto de partida: Abraham y sus descendientes fueron elegidos para entrar en un pacto eterno con Dios.
Los antisemitas tampoco dudaron nunca de la singularidad judía. Nadie persigue a un pueblo por ser ordinario.
El pueblo judío, pequeño en número y disperso por todo el mundo, ha permanecido inusualmente visible, influyente y controvertido. Nadie se obsesiona con un pueblo que no importa. La atención, la admiración, el resentimiento y la hostilidad hacia los judíos siempre han superado con creces su tamaño. Esa obsesión es el lado oscuro del significado.
La historia sigue enviando el mismo mensaje, incluso cuando los judíos se niegan a leerlo: ustedes no son solo otro pueblo más.
El malentendido central sobre el hecho de ser elegidos es la creencia de que esto significa ser mejor que los demás.
Nunca fue así.
Ser elegidos significa ser encargados de una tarea.
Significa recibir un rol en el desarrollo moral de la humanidad: introducir ideas que alguna vez fueron revolucionarias y que hoy se dan por sentadas, como la santidad de la vida humana, la dignidad del individuo, la idea de que el poder debe tener responsabilidad moral, que el tiempo mismo puede ser santificado, y que la ley está por encima de los reyes.
Estas ideas no surgieron espontáneamente. Fueron transmitidas, defendidas, vividas y, a menudo, pagadas a un alto precio por un pueblo que creía que su existencia nacional tenía un significado que iba más allá de la mera supervivencia.
Vivimos un momento en el que el antisemitismo ya no se susurra, sino que se grita. En el que los judíos son asesinados por reunirse como judíos. En el que Israel es señalado de manera obsesiva. Una vez más, se les recuerda a los judíos que ser invisibles no es una opción.
En momentos como estos, la asimilación no nos protege. El silencio no nos protege. La disculpa no nos protege.
Lo que siempre ha protegido al pueblo judío es la claridad de identidad. La fortaleza no proviene de negar quiénes somos. Proviene de asumirlo plenamente.
Volver a comprometerse con la idea de ser elegidos no exige una fe instantánea ni una transformación religiosa inmediata. Comienza con algo más silencioso: la disposición a tomar en serio nuevamente la identidad judía, no como una fuente de vergüenza, sino como una fuente de responsabilidad.
Hoy, es necesario que los judíos se mantengan más erguidos, que hablen con más fuerza y se unan más plenamente como judíos. Tomar el judaísmo en serio significa avanzar, a través del estudio o de la acción, hacia la responsabilidad que siempre ha definido a la nación judía.
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