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Obscenidad

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03/07/2013 | por Emuna Braverman

Elevar nuestra forma de hablar no es una batalla perdida.

En el pueblo de Middleborough, Massachussets, un grupo de ciudadanos está intentando imponer una multa a aquellos que "abordan o se dirigen a otra persona con lenguaje profano u obsceno en la calle". Estoy contenta de ver que alguien está resistiéndose, que no todo el mundo asume que la baja en el civismo, el vocabulario y la conversación educada es algo inevitable.

Pero es una batalla ardua – y no solamente por la Primera Enmienda. El lenguaje en las calles definitivamente no es lo que solía ser. Y a nadie (fuera de Middleborough) parece importarle.

Mi amiga me dijo que cambió a su hija de preescolar después de que la maestra de gimnasia les dijo que "movieran sus traseros" (me avergüenza incluso escribir la palabra). Pero ella fue la única madre de la clase que cambió a su hija. Ella fue la única a la que le molestó.

Las conversaciones diarias están saturadas con vulgaridad, constantes referencias a funciones corporales y absoluta grosería. ¡Sin mencionar mala gramática! Y es difícil combatirlo.

Sin embargo el judaísmo sugiere un estándar incluso más alto que solamente no decir groserías – debemos utilizar un "lashón nakí", literalmente un lenguaje limpio – en otras palabras, un lenguaje elevado. En la sociedad moderna, ¡eso es casi como hablar inglés de Shakespeare!

Yo intento enseñarle a mis hijos a decir "ella está esperando" en lugar de "ella está embarazada" y ellos me miran como si yo viniera de Júpiter. Quiero que ellos sean sensibles a los matices y a la delicada naturaleza de las palabras. Es un arte perdido pero ciertamente no irrelevante.

Y a pesar de que los mensajes de texto y, hasta cierto punto, los correos electrónicos han destruido nuestra habilidad de deletrear y han eliminado la noción de estructurar una frase, aún es posible ser considerados al escoger las palabras. Aún es posible ser sensibles y cariñosos – sensibles no solamente a cómo nuestras palabras impactan a otros, sino a cómo nos afectan a nosotros también.

Tanto el respeto por nosotros mismos como el respeto por la creación de Dios dictan que hablemos de una forma que sea digna de los hijos del Rey. Cualquier otra forma es impropia; está por debajo de nuestra noble estatura.

Me rehúso a aceptar que hemos perdido la batalla. Pero si queremos cambiar de dirección, debemos comenzar a ejemplificar la forma correcta de hablar. Debemos "educar bien a nuestros hijos". Mayormente a través del ejemplo. Debemos motivar a nuestras amigas, a los amigos de nuestros hijos y a sus maestras, a hablar de la misma forma elevada.

Debemos intentarlo. De otra forma, estoy considerando mudarme a Middleborough.




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