3 desafíos urgentes que los judíos debemos enfrentar este año
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¿Alguna vez te pusiste nervioso por perder el teléfono, solo para darte cuenta de que lo estás sosteniendo en la mano? ¿Cómo es posible que pasemos por alto algo que está oculto a plena vista?
En la porción de la Torá de esta semana, los hijos de Iaakov se sorprenden cuando Iosef, ahora Virrey de Egipto, se revela ante ellos como su hermano perdido hace mucho tiempo. ¡Lo más impactante es cuánto tiempo logró engañarlos!
Pongamos un poco de contexto para enmarcar esta puesta en escena desconcertante. Los hermanos crecieron con Iosef y lo vendieron como esclavo a los 17 años. Sin embargo, en todas sus interacciones con él en Egipto nunca lo reconocen. Ni sus rasgos faciales, ni sus modales, ni siquiera su color de piel… ¿Por qué no lo reconocieron?
¿La respuesta de Rashi? Iosef se dejó crecer la barba. ¿En serio? ¿Conoces esa escena clásica comedia en la que alguien va “de incógnito” poniéndose un bigote falso? ¡Ese es Iosef con barba!
Pero espera, hay más. Rashi también nos dice que los rasgos faciales de Iosef a los 17 años se parecían notablemente a los de su padre Iaakov, quien sin duda tenía barba. Y ahora Iosef tiene barba, así que sin dudas se parece aún más a Iaakov.
Quizá podríamos concederles a los hermanos el beneficio de la duda y decir que su vista estaba nublada en el palacio egipcio por todo el incienso encendido… Pero ¿cómo explicarías esto? Cuando Biniamín baja a Egipto, Iosef organiza un banquete para todos los hermanos, colocándolos de mayor a menor. Rashi incluso añade que los separó en mesas según sus madres de nacimiento (los seis hijos de Leá en una mesa, etc.). La Torá nos dice que, al ver que Iosef los había ordenado perfectamente por edad, se miraron unos a otros con asombro.
¿Asombro? ¡Hola! ¡Tal vez sea su hermano perdido al que vendieron como esclavo y por eso conoce sus edades!
Aquí está el punto decisivo: Rashi nos dice que los hermanos fueron a Egipto CON EL FIN DE BUSCAR A IOSEF. Imagina que estás buscando un diamante perdido. Cada piedra que encuentres que se parezca mínimamente a un diamante la recogerás y la examinarás cuatro veces. Sin embargo, ni siquiera lo piensan dos veces respecto a este misterioso Virrey… que se parece exactamente a su padre… y conoce sus edades…
¿Qué está pasando aquí? Nuestros patriarcas eran increíblemente sabios y perspicaces. ¿Cómo pudieron ser engañados tan fácilmente por su hermano, oculto a plena vista?
La respuesta es a la vez simple y profunda: ¡Dios NO QUERÍA que reconocieran a Iosef! Dios necesitaba su ceguera para llevar a cabo Su plan Divino. Dios necesitaba que Iosef los pusiera a prueba, los desafiara, para ver si realmente habían expiado su pecado de vender a Iosef. Por más obvio que fuera, si Dios no les abría los ojos a la verdad que tenían delante de la cara, no podían verla.
Hay una lección profunda para nosotros en esta historia, algo que aparece en la primera bendición que decimos cada mañana: “Bendito eres Tú, Hashem, Rey del Universo, que da entendimiento al corazón para discernir entre el día y la noche”. A primera vista, esta bendición parece casi absurda: ¿por qué agradecer a Dios por algo tan básico? Claro, podemos agradecer cuando logramos comprender un pasaje talmúdico difícil o una teoría científica, pero ¿día y noche? ¡Cualquier animal distingue la luz de la oscuridad!
Pero justamente de eso se trata. Así como los hermanos no pudieron ver lo que tenían frente a ellos, también nosotros debemos aprender a apreciar que incluso nuestras capacidades más fundamentales son dones divinos, no algo garantizado.
Y ese es el punto de nuestras bendiciones matutinas diarias. Cada día comenzamos agradeciendo a Dios por nuestra capacidad de distinguir el día de la noche, por la vista, por la ropa, y así sucesivamente. ¿Por qué? Porque cuando aprecias los dones simples de la vida, no necesitas perseguir lo extravagante. Cuando estás agradecido por lo que tienes, vives una vida plena.
Esta semana, tómate un tiempo (idealmente mientras dices esta primera bendición de la mañana) para apreciar el don de tu mente pensante, perceptiva y capaz de discernir. Reconoce cuánto de tu vida depende de esta capacidad básica.
Si deseas llevar esta práctica al siguiente nivel, prueba el ejercicio de gratitud de Rav Nóaj Weinberg: haz una lista de todo aquello por lo que estás agradecido, ordenada de lo más a lo menos importante. Revísala con regularidad. Cada vez que pierdas algo, observa en qué lugar encaja en tu lista (su valor relativo) y cuánto te queda aún por agradecer.
Cuando podemos ver el milagro, el regalo, incluso en las funciones humanas más básicas, adquirimos una profunda sensación de satisfacción con la vida que se nos ha dado, sin importar las circunstancias en las que nos encontremos.
Basado en las enseñanzas de Rav Jaim Berman, Rosh Ieshivá de la Ieshivá de Ponovitz, transmitidas por Rav Lazer Goldstein en la Ieshivá Mir.
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