¿Se puede odiar a Dios?

10/12/2025

6 min de lectura

La furiosa carta de un joven a Dios parecía rechazo, pero resultó ser uno de los actos de fe más honestos que he presenciado.

Para los que no saben, yo soy rabino de una congregación. Hace un par de meses atrás, apareció en mi correo electrónico un mensaje sin nombre, solo un grito crudo y sin filtro dirigido a Dios: “Me has lastimado. Me has abusado y torturado. Me has burlado y juzgado… Me has abandonado. Así que yo también te abandono a Ti”.

Cada línea sangraba angustia, desafío y la honesta crudeza de un corazón roto.

Este email me golpeó en el estómago. A primera vista, parece blasfemia, pero al mirarlo más de cerca se percibe como una carta de amor escrita en el lenguaje de la pérdida.

Con permiso, aquí está el mensaje, seguido de lo que le respondí:

Dios, escribo esto porque llegó a su fin el tiempo de la apologética.

Lo expresaré sin rodeos. Me has lastimado. Me has abusado y torturado. Me has burlado y juzgado. En mi hora de necesidad, me abandonaste. Me has condenado a la soledad y a la envidia. Eliges en todo momento seguir sometiéndome a un dolor que agota la poca esperanza que aún tengo de que las cosas mejoren en mi vida. He sido consciente de todo esto durante un tiempo, pero ha llegado el momento de decirlo.

Te atreves a llamarte un padre misericordioso. Un padre que trata a sus hijos como tú lo haces no merece más que la condena más firme. Sometes voluntariamente a la humanidad a horrores inimaginables y afirmas ser un Dios de bondad y compasión. Si eres como dicen que eres (omnipotente, omnisciente, omnipresente) entonces está en tu poder revertir la creación sádica que has forjado. Sin embargo, continuamente eliges mantenerla. Esto es lo que tengo que decirte.

Casi una década de dedicación a Ti. Tus leyes. Lo que pensé que era tu voluntad. Adelante. Me gustaría que pensaras en las miles de veces que he rezado. Me he puesto tefilín. He guardado el Shabat. He apartado de mi mente en desarrollo pensamientos normales sobre chicas y me has castigado cuando me desviaba. Me esclavicé estudiando Talmud durante años, aburrido hasta las lágrimas y presionado por cumplir con estándares sociales tóxicos, porque pensé que eso te haría amarme. Bueno, que así sea. Me has lastimado, y esta vez lo recordaré.

Por supuesto, lo que me gustaría decir es que también voy a lastimarte a Ti. Pero, si eres como dicen que eres, eso no es algo que yo o cualquier otro pueda hacer. Está bien. Acepto que lastimarte está fuera de mi control. Afortunadamente para mí, decidiste darme libre albedrío, y vaya que estoy ansioso por usarlo. Esta boca nunca pronunciará otra palabra de alabanza o agradecimiento hacia Ti, fuente de mi dolor y desdicha. Dedicaré mis brazos, piernas y oídos a ayudar a los necesitados porque Tú también los has abandonado. Siempre lamentaré el día en que tu cruel masoquismo decidió plantarme en este mundo traumático para sufrir y gritar. ¿Cuántas veces (¡cuántas veces!) te he rezado para que me sanes? ¿Para que me consueles y me confortes? ¿Para que me muestres el propósito de mi dolor? Me has dejado sin respuesta. Me has dejado plantado. Me has abandonado.

Así que yo también te abandono.

Que conozcas el dolor de un padre que ve a su hijo darse vuelta y alejarse. Que sientas la pena hirviente que oscurece mis días y me corta por dentro. Que tus ojos se inunden de lágrimas por la pérdida de tu hijo para siempre.

No quiero que expliques nada más. No quiero oír nada de Ti. He terminado de hacer preguntas y he terminado de tratar de acercarme. Supongo que la próxima vez que te vea será cuando decidas sacarme de este mundo y ponerme ante tu tribunal para juzgarme como un hombre malvado por defenderme de un abusador. Hasta entonces, por favor no me hables. No te comuniques conmigo. Nunca olvidaré lo que me has hecho, y sé que Tú tampoco lo olvidarás.

Espero que haya valido la pena.

Mi respuesta:

He leído y releído tu email muchas veces y cada vez me rompe el corazón y me llena los ojos de lágrimas. Lamento profundamente tu dolor y tus experiencias. Encontré tus palabras muy reales, crudas, auténticas y profundas.

Aunque están escritas para “despedir” a Dios, las veo como una de las mayores expresiones de Emuná, fe en Dios, que he leído en mi vida. Si no creyeras que Él es real, no te molestarías en estar enojado o decepcionado con Él ni en alejarte. Tu alejamiento es, de hecho, una enorme demostración de acercamiento. Tal vez en la sinagoga, si no quieres abrir un sidur, imprime tu carta y léela frente a Él. Grítale tus palabras.

Si quieres comunicarte más y puedo ayudarte de alguna manera, por favor házmelo saber. Me siento honrado y agradecido de que compartieras tu carta conmigo.

El autor terminó revelándose ante mí y, a pesar de su carta de rechazo a Dios, no solo asistió a la sinagoga, sino que desde entonces no ha dejado de rezar un solo día.

Poner a Dios a juicio

Aunque su carta rechazaba a Dios, el hecho de que continuara buscándolo me recordó una imagen compartida por el ganador del Premio Nobel, Elie Wiesel.

Cuando terminó el juicio a Dios con un veredicto de culpabilidad, las mismas personas que actuaron como fiscales organizaron un minián y rezaron el servicio de Minjá.

Wiesel dijo que estuvo presente cuando un grupo de prisioneros, sufriendo más allá de lo imaginable en Auschwitz, puso a Dios a juicio. Wiesel describió que el Todopoderoso fue hallado culpable por los males del Holocausto. Más tarde escribió una obra sobre este tema llamada El Juicio de Dios. Lo que Wiesel dijo que sucedió después es verdaderamente notable. Cuando terminó el juicio a Dios con un veredicto de culpabilidad, al notar que el sol se estaba poniendo, las mismas personas que actuaron como fiscales organizaron un minián y rezaron Minjá, el servicio de plegarias de la tarde.

Comparto esto contigo no como un modelo o estándar a seguir. El enojo con Dios no es un objetivo ideal, pero tampoco es un fracaso de fe ni una expresión de herejía. Hay quienes realizan todos los movimientos de cumplir los mandamientos y estudian Torá, rezan diligentemente y dicen hablar con Dios tres veces al día, pero ¿alguna vez han tenido una conversación real y honesta con Él?

Asociar lo que sucede en nuestras vidas como proveniente de nuestro Creador no es herejía, es fe. La decepción y el descontento no son necesariamente indicios de falta de fe; a menudo son evidencia de creencia genuina en Dios. Uno no se enoja con alguien que no es real. Uno no se siente decepcionado por una creación de su imaginación.

Discutir con Dios

De hecho, aunque nuestros grandes maestros y líderes no eran personas ordinarias y sus palabras deben estudiarse, analizarse y apreciarse por su significado más profundo, tenemos precedentes para dirigir nuestra insatisfacción y desafíos hacia Dios, comenzando con nuestro padre fundador, Abraham.

Cuando Dios le informó que Sodoma iba a ser destruida, Abraham no aceptó pasivamente la voluntad de Hashem. Lo desafió audazmente: “¿Destruirás también al justo con el impío? … ¿No hará justicia el Juez de toda la tierra?”

Generaciones después, sintiéndose abrumado, molesto e incluso algo abandonado, Moshé lo desafió: “¿Por qué has maltratado a tu siervo? … ¿Acaso engendré yo a todo este pueblo? … No puedo llevar yo solo a todo este pueblo… si así me trataras, mátame, te ruego, de inmediato.”

Este tema continúa con los profetas. Después de que Dios perdonara al pueblo de Nínive, Ioná (Jonás), sintiendo que su misión se veía socavada, se enojó: “Pero esto desagradó en gran manera a Jonás, y se enojó. Y rezó y dijo: ‘Señor, ¿no es esto lo que dije cuando aún estaba en mi país? … Por tanto, ahora, oh Dios, te ruego, quítame la vida’”.

Sufriendo miseria, dolor y aflicción, Job expresó su enojo tras sentir un sufrimiento injusto: “Diré a Dios: No me condenes; muéstrame por qué contiendes conmigo”.

El enojo, la decepción o la traición hacia Dios pueden acercarnos, profundizar nuestras plegarias y revelar la honesta crudeza de nuestra fe.

Para ser claros, nuestros grandes líderes usaron estos momentos para acercarse, no para alejarse. Ellos creían en Dios y le eran devotos más allá de lo que podemos comprender. Sus palabras merecen ser estudiadas de cerca. Pero es innegable que la Torá comunica sus palabras de una manera que nos da permiso para confrontar y protestar ante Dios. Después de todo, esa es la base de toda plegaria: una invitación a desafiar el statu quo y apelar a Dios para que actúe de manera diferente.

Acercarse más 

No aspires a estar enojado con Dios. Pero si así te sientes, no lo niegues, no te castigues, no te humilles ni sientas culpa o vergüenza. Está bien sentir enojo, decepción o traición hacia Dios. Estas emociones no tienen que alejarnos; pueden acercarnos, profundizar nuestras plegarias y revelar la honesta crudeza de nuestra fe.

Al igual que el autor de la carta, podemos confrontar a Dios y aun así continuar rezando, sabiendo que nuestras preguntas y lágrimas son en sí mismas una profunda expresión de fe.

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ALBERTO DUTCHMAN
ALBERTO DUTCHMAN
1 mes hace

MARAVILLOSO Y HERMOSO MENSAJE. ESCRIBO LLORANDO POR EL CONTENIDO DE LA CARTA Y LA RESPUESTA.

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