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Oír la voz

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Vaikrá (Levítico 1-5 )

por Rav Isajar Frand

Moshé oyó la voz de Dios. El resto del pueblo judío no estaba sintonizado a esa frecuencia.

Dios "le habló a Moshé desde la Tienda de la Cita". Rashi explica que la voz de Hashem llegaba a los oídos de Moshé, pero el pueblo judío no la oía. La voz se detenía dentro de las murallas de la Tienda. Podríamos pensar que no se oía afuera porque era una voz suave y débil, pero Rashi asegura que no fue así. Era una voz poderosa, una voz que "quebraba cedros". Sin embargo, esa poderosa voz se detenía repentinamente y no la oían fuera de la Tienda de la Cita. Si alguien hubiera apoyado su oído contra las paredes de la Tienda, también hubiera oído la voz de Hashem.

¿Cómo es posible? ¿Era un milagro?

No necesariamente, responde Rav Iaakov Neiman en su "Darkei Musar". Es posible que sólo Moshé oyera la voz de Hashem porque sólo él estaba sintonizado con ella. Para los demás la voz pasaba de largo sin que la captaran.

Sabemos que hay diferentes oídos que captan diferentes frecuencias de audio y que hay sonidos que oye una especie y que no siempre los oye otra especie. Para poder oír la voz de Hashem, los oídos de la persona tienen que estar sintonizados a una elevada frecuencia espiritual. De lo contrario no escuchará nada. Moshé estaba sintonizado a esa frecuencia y él oía la voz de Hashem. El resto del pueblo judío no estaba sintonizado.

La Mishná (Avot 6:2) nos dice en nombre de Rabí Iehoshúa ben Levi: "Cada día sale una Voz Celestial (bat kol) del Monte Jorev y proclama: 'Desafortunada es la humanidad por el desprecio de la Torá'". ¿Acaso alguno de nosotros escuchó alguna vez esa Voz Celestial? No me parece. Pero eso no contradice la declaración de Rabí Iehoshúa ben Levi. Sin lugar a dudas él oyó esa Voz, al igual que otras personas de su nivel en su época, personas sintonizadas con la frecuencia espiritual en la cual viajan las Voces Celestiales. Pero nosotros, que no estamos sintonizados a esa frecuencia, no podemos oír la Voz Celestial.

Tener la facultad de oír no garantiza que realmente oigamos. Tener la facultad de ver no garantiza que realmente veamos. Los sonidos y las imágenes pueden llegarnos, pero eso no significa que dejen una impresión en nuestro cerebro y en nuestro corazón. Simplemente languidecen en la superficie.

Para ilustrar esto, me gustaría recordar un evento que muchos recordamos claramente y con dolor: la Guerra del Golfo Pérsico de 1990. Todos recordamos nuestro terror y ansiedad al esperar que Irak cumpliera con su amenaza de atacar Israel con misiles Scud. De pronto ocurrió. Treinta y nueve misiles Scud aterrizaron en Israel, pero milagrosamente sólo murieron tres personas.

Al decir "milagrosamente" no lo hago sólo como una forma de expresión, sino como una descripción reconocida internacionalmente de lo que ocurrió. Fue más que increíble que treinta y nueve misiles Scud provocaran tan pocas víctimas. Si tenemos alguna duda, un misil Scud cayó en una barraca norteamericana en Arabia Saudita y mató a muchísimos soldados. No se trataba de fuegos artificiales. Pero prácticamente no hicieron nada en Israel.

Todos sabíamos que éramos testigos de un gran milagro, pero… ¿acaso eso penetró a nuestras mentes y a nuestros corazones? ¿Nuestro agradecimiento fue sólo superficial o provocó profundos cambios en nuestras vidas, en la manera que pensamos y sentimos, en la esencia de lo que somos? ¿Realmente "vimos" el milagro o pasó de largo por el borde de nuestra conciencia superficial?

Rav Eliahu Lopian dijo que la emuná, la fe, no se manifiesta en la intensidad de las plegarias que decimos durante una crisis, sino en la intensidad de las plegarias que ofrecemos a Hashem cuando la crisis fue superada. Rezar al estar en peligro es una reacción natural. Como suelen decir: no hay ateos en las trincheras. Pero la fe llega mucho más profundo. La fe refleja una profunda relación con Hashem que a veces se forja bajo el fuego de la experiencia. Pero cuando el fuego pasa, ¿la relación sigue siendo igual de intensa? Esta es la verdadera prueba de fe. Podemos haber visto milagros, ¿pero acaso ellos penetraron más allá de la superficie y efectuaron cambios en lo que somos? Esta es la pregunta que debemos formularnos. ¿Realmente "vimos" los milagros?




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